ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

A ella la adulteraron. Por la fuerza la convirtieron en cómplice, aprovechando su inanimada existencia. Y, aunque los dolientes insisten en saber si los timan o no, ella, obligada por él, no muestra una cara franca.

Son dos protagonistas, uno hierático: la pesa. El otro, su manipulador, perro huevero descreído de que le quemarán el hocico.

Mi vecina regresó de un breve andar por el barrio con el rojo subido en los cachetes, porque supuestamente le había comprado a un cuentapropista cuatro libras de hígado de cerdo a 25 cup cada una. Confiesa no ser hábil en calcular cualquier peso con solo tenerlo entre las manos, por lo que dio la vuelta a la manzana y le pidió al bodeguero que se lo pesara.

¡Tres libras!, le dijo el hombre, quien al darse cuenta de qué trataba de probar la dueña del paquete, le rogó que no «lo echara pa´lante con el carnicero, porque no quería lío». El silencio cómplice, siempre dañino.

Con la mecha encendida, la doliente completó la vuelta en redondo y protagonizó un aterrizaje forzoso en la tienda del vendedor, preparada para ripostarle la segura disculpa de aquel vividor, pretendiendo hacerle creer que «no me di cuenta, es que esta pesa tiene los numeritos un poco borrosos y por eso me equivoco».

Balas, y no de salva, cargó en su mirada la estafada, a lo que aquel, sorprendido in fraganti, sacó a la velocidad de un suspiro otro pedazo de hígado para entregar el faltante. Sin recato saltó la reprimenda de mi vecina, con pura intención de prevenir a quienes pretendían comprar en el mismo lugar.

El cuentapropismo no tiene vuelta atrás, sus actores constituyen una importante figura en la economía interna, razón para que asuman sus funciones con la debida ética y respeto al público, pues a la honestidad reclamada por la población no han faltado espacios dedicados a instruirlos en su nuevo quehacer.

Ante hechos similares, quedas como carnero o te rebelas cual miura en plaza pública. Esas son las disyuntivas. La primera es sinónimo de claudicar frente al arrebatador de lo que es tuyo, y nada resolverá marchar a casa con cara de carnero degollado.

La segunda opción –sin necesidad de irse a las manos– implica la impostergable exigencia por lo pagado para recibir lo que corresponde, en justa manera de proteger al consumidor.

Pasar por carnero, y verse degollado, es como no tener sangre en el cuerpo.

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