ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Atrapado en la modernidad, bajo temores de no rebasar los retos que imponen los códigos y herramientas actuales de la comunicación, pienso en los narradores orales que animaron mi ya distante infancia.

Uno fue Aquino, mulato fornido que en esa época frisaba los 60 años. Hablaba rítmicamente, como genuino oriental. También seguía con la mirada los rostros de los oyentes, para determinar el impacto que causaba en ellos.

Su especialidad eran las leyendas locales, aprendidas de familiares y amigos, decía. Con los años discerní que en ellas había mucho de fabulación propia, lo que tal vez afectaba la verosimilitud de los hechos, pero no les restaba encanto.

Así conocí una versión del origen de El Brujo, finca donde residía con mis padres en las cercanías de la ciudad de Santiago de Cuba. Aseveraba Aquino que el nombre de la estancia se debía a un esclavo africano escapado de la dotación que mucho tiempo atrás existió en el lugar.

En los cotejos que daba a los supuestos hechos, el rebelde abandonaba de vez en vez el monte que lo amparaba, visitaba la hacienda y buscaba recursos necesarios para su subsistencia, casi siempre herramientas. Como los perros no lo detectaban, bien porque en algún momento fue cuidador de ellos o porque los adormecía con trozos de carne untadas con raras hierbas, la desaparición de los objetos que cargaba se atribuía a un ser místico, poseedor del don de la invisibilidad.

De acuerdo con aquel relato, el negro irredento nunca fue atrapado. Murió viejo, precisaba, en el interior de una ceiba gigantesca, escogida como frecuente refugio por el espacioso hueco que había en el tronco del árbol que tanto le recordaba a «unas matas muy grandes que hay en África». Se refería a los baobab, que mucho tiempo después pude fotografiar y palpar en el transcurso de mi incursión como corresponsal de guerra en Angola, durante la gesta internacionalista que llevó allí a los cubanos.

Hablaba de campos y montes; describía singularidades de insectos, aves, reptiles y especies vegetales. Así supe de los «abrazos» del Jagüey, que lanza tentáculos a los congéneres, piedras o cualquier otro cuerpo cercano, razón por la que la creencia popular le ha tejido una leyenda de árbol traicionero, que ahoga a lo que le da apoyo; aunque no siempre es así, porque en La Demajagua, donde Carlos Manuel de Céspedes inició la lucha por la independencia de la nación, los extraños vigores de la naturaleza hicieron que uno de esos árboles se entrelazara con elementos de la maquinaria del ingenio azucarero destruido por el fuego de cañones de buques españoles y se convirtiera en parte esencial del conjunto monumental que perpetúa el épico suceso.

Un día Aquino habló sobre un pariente mambí. Lo exaltó por su bravura y picardía en el combate. Contaba anécdotas en las que aquel hombre atacaba, según la táctica de las fuerzas insurrectas, de la misma forma rápida en que se retiraba. Eso volvía locos a los soldados y oficiales españoles.

En esa ocasión uno de los adultos presentes puso en duda las descripciones del narrador. Este le ripostó airado, herido porque nunca antes habían cuestionado su credibilidad. Así puso fin a la tertulia y se marchó sobre el caballo que montaba con destreza.

Algunos creyeron que no volvería. Pero al siguiente día regresó con un objeto largo, envuelto en un saco. Y apenas creó condiciones para reanudar sus historias, saboreando una segura sorpresa, mostró el machete que, según vehemente afirmación, usó el bravo pariente en la manigua.

Era un arma robusta, de acero oscurecido por el tiempo. La toqué con asombro e intenté levantarla, lo que me resultó imposible. Fue la primera vez que vi un instrumento de aquel tipo, usado para tajar cuerpos en las inaplazables y necesarias contiendas por la libertad de Cuba.

Ahora, cuando visito un museo sobre esa temática, encuentro armas similares y otros objetos que inevitablemente me remontan a las narraciones de aquel hombre, imprescindibles para que sus oyentes, chicos y adultos, se conectaran desde lo sencillo con la amplia madeja histórica de la nación.

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ADRIAN IRAIZOS LOPEZ dijo:

1

25 de mayo de 2019

15:09:08


Interesantes y amenos relatos, alguna parte de realidad y otra parte seguramente de su imaginación, exaltar hechos, virtudes o habilidades inexistentes de los protagonistas de las historias, saludos desde Oaxaca Mexico