ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Una cuchara que simula un avión vuela hasta llegar a su boca. Tiene el pelo blanquísimo. En su rostro las huellas de una vida difícil. Los ojos pequeños quedan casi escondidos por unos párpados que ya se quieren rendir.

Trae una bata de flores, las medias en sus piernas delgadas cuelgan como dos hilos de la cama. Hace un tiempo comenzó por olvidarlo todo. Guardó la cartera en el congelador y cuando ya la daban por perdida apareció pegada a un paquetico de carne.

Unos años atrás tenía una fuerza arrasadora. La vitalidad le corría por las venas. Sacaba la máquina de coser y pedaleaba hasta garantizar una ropa linda para su nieta.

A esa niña la recibió como si fuera su propia hija. Desde entonces dejó de trabajar. Cambió los ajetreos de la oficina por los de la casa. Asomarse a su cuna era la felicidad. La cargaba con soltura, se la ponía en las piernas y la contemplaba con tanto cariño que podía pasarse varios minutos en ese acto de amor.

Cuando se vio las primeras arrugas supo que le habían pasado los años mozos. Empezó a valorar de forma diferente la existencia. Quiso experimentar más y desterrar el miedo.

Hasta ese entonces no había tenido tiempo de pensar mucho. Cursó por segunda vez la universidad junto a su pequeña que ya era una mujer. Mientras estuvo en el preuniversitario, nunca faltó a una visita. Aprendió las más creativas artes de la alquimia culinaria. Sacaba un flan de la nada, con la mitad de los ingredientes, era la mismísima encarnación de Nitza Villapol.

Al primer novio lo recibió con recelo, pero al final también fue una especie de hijo para ella. A los dos los quiso, los aconsejó, pero sin cortarles las alas.

La noche de los 15 pensó que explotaba de alegría. Verla con su traje, tan hermosa, deslumbrante, la llenaba de orgullo. Había crecido en nada. Hace solo unos meses iba con su uniforme amarillo para la secundaria.

La mañana que le pusieron la pañoleta lloró como una boba. Quería enseñarle cada uno de los principios que aprendió de su mamá. Al primer día de clases casi llegan tarde. Peinar aquel pelo era más difícil que las tareas de Hércules.

Pero había adquirido mucha experiencia. Cuando empezó a caminar tuvo que caerle atrás por toda la casa. Ya tenía más entrenamiento que el propio Juantorena.

Mientras estuvo en el corral todo fue maravilla. La ponía en la silla, una cuchara, como un avión, volaba por el aire hasta llegar a su boca. Antes la acomodaba en su pecho, le acariciaba su cabeza redonda, la disfrutaba.

La primera vez que la tuvo en sus manos no sabía qué hacer. Parecía una muñeca rosada. Apenas la vio y olvidó el dolor.

«Puja, puja», le decía el médico. Las contracciones la doblegaban. Sudaba. Se retorcía. Estaba muy nerviosa cuando un hilo de agua le anunció que había roto la fuente.

Hacía semanas que no podía verse los pies. No paraba de comer. También había aprovechado para probar los platillos más ricos escudada tras eso que llaman antojos.

Al principio fueron muchos los vómitos, el sueño, la incertidumbre.

El médico llenó de gel su barriga. En el ultrasonido se veía muy bien. Le latía una vida. Su madre la besó en la frente justo cuando le anunciaron que iba a ser mamá.
 

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MASM dijo:

1

15 de mayo de 2019

15:52:38


Hermoso Leslie, nada más hermoso que eso que has escrito, gracias por tus palabras!!!