ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

La cercanía de Bejucal, actualmente perteneciente a la provincia de Mayabeque, al municipio de San Antonio de los Baños, me hizo vivir en 1961 una inolvidable experiencia. El 15 de abril aviones estadounidenses con el emblema de la aviación cubana atacaron la base aérea militar de San Antonio, como preámbulo de lo que después sería la invasión por Playa Girón.

Yo tenía por entonces cinco años, pero me acuerdo perfectamente de lo acaecido, del sonido de las bombas primero y luego de las trazadoras atravesando el cielo oscuro como respuesta de nuestras tropas, una vez recuperadas del primer momento de la sorpresa; respondiendo valientemente a la vil agresión, que también se repitió en los aeropuertos de Ciudad Libertad y Santiago de Cuba.

Mi memoria guarda ese día porque varias familias se congregaron en la casa de mis tíos Héctor y Olga, ya que él, así como los hombres de las demás familias, todos milicianos, estaban acuartelados ante la inminencia de lo que pudiese tramar el Gobierno de Estados Unidos. A los niños nos metieron debajo de la mesa y nos dieron a morder pan duro, para que el ruido de las bombas nos afectara menos; algunos, los más pequeños, ingenuamente se lo comieron.

Ellos, los imperialistas, no podían soportar que a tan solo 90 millas, Cuba, una pequeña isla del Caribe, se proclamara en 1959 libre e independiente. Pasó el tiempo, y después, mientras estudiaba para hacerme profesor de Historia, como integrante del segundo destacamento pedagógico Manuel Ascunce Domenech, en Quivicán, influenciado por aquella experiencia y toda la historia de la primera gran derrota del imperialismo en América, compuse mi primera y única guaracha.

De la música se encargó el hoy doctor en Ciencias Ricardo Roberto Oropesa, productor del Septeto Nacional Ignacio Piñeiro, y autor de los libros La Habana tiene su son (que recoge la historia del Septeto Ignacio Piñeiro desde su fundación y hasta el año 2012) y de Las oscuras leyendas de Chano Pozo. Oropesa era el director del Septeto Cuba Nueva, el que integré en su fundación y en el que toqué por algún tiempo el bongó. El septeto lo integrábamos compañeros del destacamento pedagógico y uno de nuestros profesores.

Yo vine de cocinero, se llamaba la guaracha, la que por alguna razón cuando la interpretábamos en los festivales de la FEU, codo con codo junto a Moncada y Manguaré –o cuando la tocábamos lo mismo en el parque de Quivicán que en el de Bejucal, o en el Campamento de la FEU en Cayo Francés, en Varadero– provocaba en los rostros juveniles la sonrisa y el orgullo de ser cubanos.

La guaracha dice así: Corrían los años por el sesenta/ cuando los americanos/ preparaban la invasión / hacia los campos cubanos. / Alistaban a traidores, / vendepatrias y gusanos/ Pero ¡ay! qué les pasó/ la invasión jamás triunfó. / Coro: Ay sí, ay no, yo vine de cocinero, a mí me engañaron y me trajeron, yo vine de cocinero. Fíjense si eran valientes/ que corrieron como ratas/ los atrapamos en un cerco/ los cambiamos por las latas/ y tuvieron que marcharse/ como el perro/ como el perro/ cómo/ con el rabo entre las patas. Bis: Ay sí, ay no, yo vine de cocinero, a mi me engañaron y me trajeron, yo vine de cocinero.

Grande fue el coraje que derrocharon los milicianos cubanos en Girón. Ahí está el ejemplo de aquellos niños artilleros que no tuvieron miedo y con sus cuatrobocas, que apenas dominaban, hicieron trizas a la aviación enemiga. Hoy seguimos preparados para enfrentar cualquier amenaza de nuestros enemigos, vengan disfrazados de lo que sea.

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