ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

En mi adolescencia no había karaoque, de lo cual hasta me alegro, porque tenía dos o tres amigos y hasta una prima que, si se llegan a empatar con ese inventico, habrían tenido grandes posibilidades de creerse ciertas cosas, con respecto a la música y la interpretación vocal, poniendo en riesgo la salud auditiva de más de un coetáneo y hasta de parte del vecindario.

En lugar de esto, teníamos unos cancioneros que se vendían en los estanquillos de prensa y que compilaban las letras de los temas más populares del momento. Nos sentábamos en un sillón -columpio, largo y de finas tablitas pintadas de azul-  que nuestros tíos anclaron en los largueros de madera que sujetaban el techo de un portal. Junto al rítmico balanceo del mueble, entonábamos a coro aquellas canciones, predominantemente románticas, mientras que por la mente de cada uno pasaban sueños, rostros amados o planes de futuro.

De los que cantábamos entonces, ninguno saltó a la «profesionalidad» y creo que ni siquiera logramos colar algún prospecto en el mundo de los aficionados.

La cuestión es que existen cosas en la vida para las que se necesita determinado talento y muchas veces, aunque uno quiera, no es posible triunfar, lo mismo sea en el arte que en otros oficios.

Yo le repetía a Gustavo, el amigo más soñador que teníamos en aquellos años: «Compadre, deje eso de la cosmonáutica que yo a usted le veo mejores perspectivas en la soldadura y la pailería», y para que no se sintiera mal, pensando que la cosa era de «capacidad intelectual», yo le recalcaba que el problema era que podía darle un mareo y hasta vomitar en el piso de la nave cósmica, y con eso quedó más conforme; le regalé un afiche de Yuri Gagarin y fue feliz.

Con el pasar de los años y los pantalones largos -como la canción Mi Árbol y Yo, de Alberto Cortez- me encontré con otros que también se empeñaban en hacerle sus fuercitas al destino para irse por un camino distinto al que les había tocado y debo reconocer que algunos se impusieron a fuerza de talento; pero otros, carentes de esa virtud, optaron por el despreciable método de la simulación o el engaño.

Se camuflaron en oficios mucho más lejanos de ellos que las galaxias con las que soñaba Gustavo. Uno abandonó estas tierras, habló dos o tres porquerías de su país y de su propia gente, agarró un puñado de dólares y se proclamó periodista, otro se consideró (y hasta lo consideraron así allende los mares) un perseguido político, cuando en verdad nunca superó la categoría de ratero de barrio.

En cambio, algunos doblaron en el sentido correcto y aunque nunca abandonaron sus sueños, de no poder alcanzarlos se pusieron al servicio de buenas causas; que, aunque a veces generan menos ingresos monetarios, llenan el alma de gratitud.

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