ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Aún recuerdo el día en que supimos que una pequeña pantalla, oculta en un armario con puertecillas, se iluminaba cada tarde a las seis en una casa vecina, y que la podíamos mirar, apagando nuestra fantasía, tras las rejas de una ventana. La televisión había aparecido.

Ella nos permitió disfrutar casi todos los días del misterio del cine. Pero la algarabía era tal, que la familia no tenía otro remedio que cerrar las puertas del aparato y echarnos a la calle alguna que otra vez.

Hasta ese momento nuestro supremo entretenimiento era la tanda del domingo en los cines de barrio, con su olor peculiar, sus puestos de rositas de maíz, mariquitas de plátano y papitas fritas. El cine era una aventura. Película, noticiero y cartones se sucedían tras el mágico movimiento de la gran cortina de terciopelo. Las butacas de caoba pulimentada solían trepidar cuando el público infantil percibía el paso del vendedor de refrescos por las sendas del gran salón.

Íbamos en pequeñas bandas bajo la consigna de no separarnos, y en el intermedio pedíamos permiso al señor que partía los tickets de la entrada para salir a tomar un guarapo o un granizado.

Pienso, ahora que asistimos a la increíble revolución de la tecnología, en el día en que provistos de unos espejuelos de cartón y celuloide presenciamos el cine en tercera dimensión; o en la insuperable fantasía de escuchar la radio, con las luces apagadas, mientras se trasmitían los episodios más sensacionales de entonces.

Las horas de asueto o las vacaciones las aprovechábamos jugando en las calles menos transitadas o en los placeres, donde se edificaban reductos y castillos defendidos tesoneramente por las pequeñas pandillas de cada barrio.

Algunas veces caminábamos largas jornadas para llegar finalmente al parque Maceo, donde podíamos hallar, entre otros atractivos, unos enormes cañones de la antigua batería de la Reina, ideales para jugar a los escondidos.

Frente al monumento al Titán de Bronce se adentraba en el mar, desde el arrecife, un puentecillo de madera al que se ataban los botes y las barcas de los pescadores; había allí una capillita de la virgen de la Caridad, y era precisamente sobre ese puente donde pasábamos horas tratando de atrapar un ronco, sueño frustrado por las pitas rotas, los anzuelos, carnadas y plomadas perdidos o partidos por el oleaje.

A la caída de la tarde trasponíamos el umbral del parque Colón. Nunca he podido explicarme, al volver a este sitio, cómo en tan poco espacio podían estar una estrella, los botecitos en el agua, el diminuto teatro de guiñol, un tiro al blanco, las jaulas de los monos y la cotorra, un laguito para los patos y una ciudadela de curieles. Me asombra que el buen comportamiento de los niños permitiese subsistir al parque, a cuya entrada se abonaba el disfrute de cada uno de los juegos.

Divididos por las jerarquías y estamentos de la sociedad, jugábamos a empinar papalotes; los más modestos, una chiringa hecha con la portada de alguna revista, que lucía un rabo de tela multicolor. Seguíanle los papalotes, en un duelo con los corsarios del aire armados con navajitas de afeitar y «tarabillas»; los más pudientes elevaban los majestuosos papaguapos y coroneles, emblemas de la burguesía infantil.

Igual espectáculo podía verse entre los patinadores. Los niños afortunados cruzaban en una u otra dirección sobre el cemento pulido y el granito, con sus «rawlings» de municiones. Un grupo más numeroso hacía proezas con un solo patín, y los victoriosos centauros de la plebe aprovechaban los patines viejos y destartalados en las carriolas, armadas con cajas de leche y de cerveza, de peras y manzanas, y provistas además de un asientico para mayor disfrute del infante.

Así era en todo, en las ropas, en los zapatos y en lo más sensible, en los juguetes. Las mejores pelotas no se compraban en ninguna tienda: se humedecía el cartucho o el papel periódico para hacer la bola y después se cortaban las anillas de las cajas azules o rojas de los cigarros. Los mejores peloteros cubanos nacieron en aquellos parques y plazas, con espléndidas pelotas de Regalías el Cuño y Competidora Gaditana.

Las niñas jugaban al pon, a la suiza, a las prendas o a la tacha cantando «a mambrú cható / matandile en dilen don», mientras las mayorcitas exhibían sus sayas de paraderas planchadas y almidonadas, interpretación criolla del vestuario de las primeras bailarinas de rock and roll.

Los jóvenes lectores se arrastrarán de la risa con estas memorias. Me consuela pensar que muchos escribirán mañana las suyas. Espero que se percaten de que en estas ingenuas narraciones late el deseo de rescatar la memoria social de una generación de niños y adolescentes que asistimos a la victoria de la Revolución, y que entregados a la vorágine de nuestro tiempo, no nos dimos cuenta de haber encanecido, hasta que fuimos asaltados por los recuerdos.

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Rene Julio dijo:

1

27 de marzo de 2019

01:56:53


Su verbo hace que suenen las palabras. Que lástima no poder trabajar a su lado.

M.Montero dijo:

2

27 de marzo de 2019

13:48:59


Pues yo quiero mas. Sus narraciones solo se limitan a estos artículos y nos quedamos con deseos de seguir leyéndolo. Usted logra el poder de la atención no solo cuando comunica verbalmente sus ideas, usted logra fascinar con estos escritos. Muéstrenos esos recuerdos a través de un cine hecho por usted mismo. Quiero ser capaz de imaginar esa época que usted vivió. Los jóvenes tienen sed de conocimiento y de usted Leal lo queremos aprender todo. Muchas gracias.

Leslie Díaz Monserrat dijo:

3

27 de marzo de 2019

21:45:59


Genial. Gracias, maestro.

ANGEL ELOY dijo:

4

28 de marzo de 2019

07:23:54


GRACIAS EUSEBIO SIEMPRE TAN COMPROMETIDO CON LA HISTORIA Y LEAL A TU REVOLUCION ESA POR LA QUE QUE UN DIA APOSTASTE E HICISTES TU VERDADERO MAGISTERIO COMO VOCACION . LOS AGRADECIDOS TE ESTAREMOS EN DEUDA SIEMPRE . POR LA HABANA TU HABANA LO MAS GRANDE EN SU 500 ANIVERSARIO .

ele dijo:

5

28 de marzo de 2019

12:18:48


Me he sentido transportado a mi infancia al leer este artículo. Ojalá algo cambie y al pasar los años, otros que hoy son niños, tengan la posibilidad de escribir bellas crónicas sobre los juegos infantiles colectivos como ha hecho usted hoy. Esa es una de las desventajas de las tecnologías, lejos de socializar, individualizan.