ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Fue un día fresco y soleado en Guanajay, cuando por primera vez hablé con Melba Hernández y Haydée Santamaría fuera de los barrotes de la cárcel o sin soldados que las custodiaran, luego del asalto al Moncada.

Ocurrió un día como hoy cuando ellas se sentaron libremente en un banco, ya fuera de las rejas de la cárcel de mujeres de Guanajay: se habían cumplido los ocho meses de condena impuestos por el Tribunal que las juzgó en el Palacio de Justicia de Santiago de Cuba. Sus abogados respectivos: Jorge Paglieri, presidente del Colegio de Abogados, que defendió a la doctora Melba Hernández por su condición de abogada, y Baudilio Castellanos, a Haydée Santamaría, como abogado de Oficio.

El «móvil noble» fue la razón por la cual la condena resultó benigna. Los abogados lograron probar que habían participado en las acciones en el Hospital –comandadas por Abel Santamaría– junto al doctor Mario Muñoz Monroy, con la misión de actuar en auxilio de heridos, en calidad de enfermeras.

Con la libertad de ellas, el doctor Fidel Castro, preso y aislado de sus demás compañeros en el presidio de Isla de Pinos, ya podía contar con dos soldados de vanguardia, incondicionales, para proseguir la lucha fuera de la prisión.

Aquel día de la excarcelación le pregunté a  Haydée en el banco de granito donde nos sentamos, qué iban a hacer ahora: «Seguir», me respondió lacónica. Y con una media sonrisa seguidamente agregó: «Si quieres saber más ve a vernos a Jovellar 107», lo cual no se hizo esperar, ocurrió aquel mismo día, a sabiendas de que esa entrevista no se iba a publicar.

En cuanto a Melba la respuesta fue: «Esperamos instrucciones de Fidel». Muy pronto ellas conocieron las instrucciones, en una carta que él les hizo llegar desde Isla de Pinos, dirigida a la doctora Melba Hernández. Fidel sabía que, desde el primer día de libertad, ellas se dedicarían a aunar fuerzas con compañeros, amigos o simplemente simpatizantes.

Las instrucciones de Fidel comenzaban así: «1ro.–No se puede abandonar un minuto la propaganda porque es el alma de toda lucha. La nuestra debe tener un estilo propio, ajustarse a las circunstancias. Hay que seguir denunciando sin cesar los asesinatos». Les hablaba también de la inmediata publicación de «un folleto de importancia decisiva por su contenido ideológico y sus tremendas acusaciones». Significaba él que le prestaran el mayor interés para conmemorar el 26 de julio, en el primer aniversario. El folleto, muy pequeño, fue publicado con gran audacia dada la persecución, que aun en libertad, había sobre ellas. Tenía en la portada un retrato de Martí.

Pero el comienzo de la gran batalla ideológica y programa de la Revolución, una vez que triunfara, no se haría esperar. Esta sería la publicación de su alegato de defensa en el juicio del Moncada, conocido mundialmente como La historia me absolverá, que el doctor Fidel Castro reconstruyera en Isla de Pinos, escribiéndolo entre líneas con jugo de limón, en cartas dirigidas a amigos que debían llegar, enseguida, a manos de Melba y Haydée.

Fue el combate más riesgoso, en las condiciones de ellas, en libertad solo aparente. Entre puntuales instrucciones Fidel las instaba a «no admitir ningún género de subestimación... no desanimarse por nada ni por nadie como hicimos en los más difíciles momentos...».
«...Es preferible marchar solos  y mantener ustedes la bandera en alto...».

«Tengo en ustedes puesta toda mi fe».

Ningún reconocimiento y confianza más altos, en aquellos momentos tan peligrosos y complejos para llevar a cabo los planes revolucionarios, que aquellos contenidos en esas palabras escritas por Fidel para Melba y Haydée. La publicación de La historia me absolverá  y el compromiso cumplido de su distribución fue la constancia primera de la fe puesta en ellas dos. No había faltado una advertencia de él para los días más difíciles: «Saber esperar –dijo Martí– es el gran secreto del éxito».

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