ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

La primera vez que escuché la palabra red fue allá en el patio trasero de mi casa, un domingo de vacaciones, cuando mi primo Robertico me pidió ayuda para tejer un artilugio de pesca que llevaba ese nombre. Cuán lejos estaba de pensar entonces que aquella palabra tendría luego un significado tan notable en la vida de todos.
Ya en esa temprana época, mis amigos y yo formábamos parte de la primera red social de nuestras vidas, un pequeño conglomerado de nueve o diez muchachos de pieles distintas e intereses comunes, sociedad peculiar que tenía todos los ingredientes de las actuales redes virtuales.
El grupo incluía juegos, intercambio de datos personales y revelación de intimidades, gracias a las cuales supimos que Rudi, alias El rudo, no lo era tanto en presencia de las ranas, o que la novia secreta de Macho Casanova era en realidad una fantasía tejida ante la imposibilidad de conquistas en el mundo real; conocíamos nuestras fechas de cumpleaños y las comidas que más nos gustaban.
Pero aquello tenía ingredientes únicos de los cuales carece, por ejemplo, Facebook, cada saludo diario contenía apretones de manos mirándose a los ojos; los juegos incluían sudor y risotadas sonoras; las caras de los amigos eran reales y únicas, sin que nadie tuviera la opción de suplantarla por un
emoticón. Aunque, en honor a la verdad, a Clodomiro, El espantasueños, le habría venido bien algo de enmascaramiento, y creo adivinar que se habría inclinado en aquellos tiempos por colgar a su favor una foto de Camilo Sesto.
La gente no te decía «me gusta», sencillamente te lo demostraba, y las solicitudes de amistad no eran un trámite formal, los nuevos se sumaban al piquete por decisión colectiva. Los secretos se guardaban mejor y los sentimientos se manipulaban menos.
Con el tiempo aquella primera red desapareció, pero vinieron otras en la adolescencia y la juventud con principios de funcionamiento bastante parecidos, unas más numerosas, otras más selectivas. Hasta que hace algunos años entré a las redes de internet y descubrí que muchos de los antiguos miembros de las primeras cofradías podíamos reagruparnos, saludarnos, contarnos sobre hijos u oficios, preguntarnos sobre viejos amigos o sobre planes de vida.
Pero también descubrí que, a diferencia de los anteriores espacios de amistad, aquí se podría sufrir la paradoja del internauta: la soledad real en un mundo de amigos virtuales. Comprendí que todos no son lo que parecen ser y que muchos se cruzarán contigo en el mercado, en la puerta del cine e incluso viajarán en tu misma guagua, sin que tal vez notemos que ahora somos amigos en Facebook.

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YANET dijo:

1

15 de febrero de 2019

14:47:11


ME ENCANTÓ SU ARTÍCULO, REFLEJA MUY BIEN LO QUE PASA ACTUALMENTE, SE DEDICA MAS TIEMPO A "CONECTARSE"QUE HA ESTABLECER O FORTALECER VINCULOS REALES,E INTERESARSE DE VERDAD POR LAS PERSONAS A SU ALREDEDOR. SIN SATANIZAR LAS REDES SOCIALES, DEBERIAMOS PONER MAS EMPEñO EN VIVIR Y EXPERIMENTAR, QUE EN APARENTAR Y DOCUMENTAR.