ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

La ciudad, como invención del hombre, llega a ser conocida y amada desde aquellos días en que, llevados de la mano por los otrora misteriosos caminos, se revelaron sus plazas y parques, sus fuentes y jardines, y el horizonte azul de la mar. Atribuyo a esto último una poderosa influencia en nosotros los isleños.

La mar demuestra de una forma expresiva e inigualable los cambios del clima, el rayo, la lluvia, que haya tempestad o bonanza. El mar lo da a conocer todo de forma inequívoca.

Los habaneros, acostumbrados en la serena quietud del atardecer y la noche, a sentarse en el muro del malecón a tomar la brisa, saben cómo tranquiliza y disipa la contemplación de lo infinito. Por eso amamos la mar.

Comprenderán ustedes la alegría de los que fuimos invitados al más inesperado paseo, en que atravesaríamos el puerto para llegar hasta Regla, en un viaje de pago de promesa al santuario de Nuestra Señora, levantado hacía siglos en aquella orilla.

Nada más festivo ni asombroso para los niños que el ambiente de los muelles. Nos habíamos bajado exactamente donde rendían viaje aquellas guaguas mitad madera, mitad metal, todas pintadas con vivísimos colores, lleno el cristal delantero de muñequitos colgados, guirnaldas de flecos multicolores y bombillitas que se encendían y apagaban continuamente.

Anunciada por el conductor la próxima parada, accionó fuertemente una especie de timbre de campanillas; descendimos con gran alboroto del pescante, viéndonos en medio de un inmenso tumulto. Se sentía próxima la llamada de aviso del gran navío español Marqués de Comillas, pronto a zarpar. Los billeteros –que eran niños, mujeres y ancianos– mostraban los números en una especie de grandes tarjetones rojos y azules; otros llevaban en el sombrero de pajilla el número que podía significar, quizá, la fortuna. Tentados se detenían los paseantes y adquirían alguna de las fracciones. Lo más desconsolador eran los ciegos y lisiados, que gritaban para ser escuchados. Había allí una señora con una caja con varios periquitos amaestrados, que por un nickel –así se identificaban las monedas de cinco centavos– los hacía salir de sus casitas ambulantes para extraer de una gavetilla el papel doblado contentivo de augurios de la salud, el matrimonio y la dicha.

Por sus atavíos singulares, la forma de peinar sus largos cabellos con moños y trenzas, la piel bronceada y los dientes de oro, sobresalían las gitanas cartománticas, todo ello en medio de un birlibirloque de tamaleros, vestidos de blanco desde la gorra hasta los tenis; de maniseros con su hornillo de carbón que atizaban con abanicos de pencas de guano para mantener caliente el producto; y de churreros cuya enorme caja de hojalata recordaba la forma de un insólito instrumento musical, plantado sobre tijeras de madera, que solían llevar al hombro en largas jornadas para ofrecer, por un medio, tres churros salpicados de azúcar blanca, dentro de un papelito mínimo.

No faltaban los dulceros, con sus cajas de cristal y de madera, llenas de coquitos blancos y prietos acaramelados en forma de sombreritos, torticas de Morón y masarreales, a los que llamaban jocosa y convencidamente «mata-hambres».

Con su pequeña nevera a cuestas, tentaba a los niños el vendedor de durofríos, mientras que en una carretilla alguien ofrecía un bidón de refresco de tamarindo y racimos de mamoncillos, esa fruta que era un deleite, y en cuadro tan complejo no podían dejarse de ver los puestos de los fiambres olorosos a manteca rancia, en la que se cocían las frituras de maíz, o de bacalao, y esa pequeña gloria de la cocina popular cubana, los bollitos de carita.

En los muelles, entrando y saliendo de los bares y bodegones, la tripulación de navíos americanos, acosados por los grupos de pilluelos que les decían versos impublicables, mientras una cordillera de grandes camiones, entre los que se destacaban los Mack de transmisión por cadena, salían lentamente de los muelles cargados de sacos de azúcar y harina, llevando sobre las montañas de fardos a los fornidos estibadores, cubiertas, generalmente, las cabezas con sacos que bajaban hasta las espaldas como sudarios. No lejos de allí, contemplando las estrellas en una noche clara, frente a los «aires libres» de El Templete y del Florida, cerca del muelle de Luz, había muerto trágicamente la bella actriz María Valero.

El muelle de Regla estaba cubierto por una amplia casa de madera sostenida sobre pilotes; una vez dentro de esta, sentíase la sensación del bamboleo, acrecentado por el golpe súbito y el crujido de las lanchas al pegarse al antiguo edificio.

Las lanchitas, como se les llama desde entonces, se hacían a la mar cargadas hasta las bordas. Las aguas eran aún transparentes y se podía ver por unos instantes resplandecer, con la última luz, los centavos americanos con el perfil de Abraham Lincoln, llamados en el argot popular kilos prietos, que se tiraban como una «limpieza» y para la buena suerte sobre las estelas de espuma que íbamos dejando tras nosotros.

Aferrados a las ventanillas, suspirábamos por ir en la parte de atrás, donde hacían piruetas algunos viajeros.

Cuando finalmente se realizaba la maniobra en el emboque, el gentío no difería del que habíamos dejado atrás. Corriendo sobre los puentecillos llegábamos al mítico y britano pueblo de Regla. Allí, ante las gradas del pequeño templo, se agolpaban ancianos y caballeros vestidos de blanco, y mujeres con trajes de fiesta que llevaban en la cabeza, con lazos en la frente, el pañuelo azul de raso, mientras al cuello y sobre la blanca guayabera lo lucían los hombres.

Solo mucho después fui introducido al misterio de la convergencia y el sincretismo de las culturas hispano-africanas. Fue también mucho después cuando un grupo de jóvenes revolucionarios hicieron cautiva, por breve lapso, la imagen de la virgen, en vísperas casi de la victoria de la Revolución a la que Regla aportó tantos mártires y precursores.

No hay impresión más intensa que aquella que se queda indeleble en los ojos de los niños.

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JORGE TAVEL dijo:

1

19 de febrero de 2019

08:33:35


Admiro con devocion a Eusebio Leal, de hecho trabaje para el , Pero de Regla soy un experto,naci alli. Regla no era un pueblo folklorico, excepto los dias de cabildo, era un pueblo europeo, racial y culturalmente, tania fama de buen vestir y lleno de actividad social y economica. Era un placer vivir en Regla y mucho de orgullo, Esa es la Regla de recuerdo.