ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Después de largos conciliábulos con la junta habanera, que los había estado conteniendo para que la insurrección no llegara al territorio aledaño a sus intereses en occidente, el 6 de febrero de 1869, los villareños, hastiados de esperar, presionados por órdenes de arrestos libradas contra sus dirigentes, acudieron al campo del honor y, al fin, se sublevaron.

Aquel día la junta revolucionaria de Villa Clara, dice Eduardo Machado en su autobiografía, se pronunció por la independencia en San Gil. Según la relación de los hechos de armas bajo el gobierno de Domingo Dulce, ese día solo se produjo un encuentro con una partida de rebeldes en las cercanías de Manicaragua con una columna volante española.

El 7, en Cafetal González, en La Moza, entre Manicaragua y el Hoyo, distante casi 40 kilómetros de Santa Clara (por tanto, el San Gil por Machado mencionado debía estar cerca de Manicaragua), la junta revolucionaria, bajo la conducción de Miguel Gerónimo Gutiérrez, redactó y firmó el acta de independencia y, desde entonces, consideraron ese como el día de la insurrección.

Poco después, los pronunciados tomaron Cumanayagua. También, el 6, Federico Fernández Cavada, antiguo teniente coronel del ejército de la Unión durante la Guerra de Secesión de Estados Unidos, se pronunció en

La Macagua, en las estribaciones de la sierra de Guamuhaya. Otros levantamientos se produjeron en las jurisdicciones de Cienfuegos, Sancti Spíritus, Remedios y Trinidad. En cuanto a la esclavitud, se acordó que se emanciparía a los esclavos que se incorporaran a las filas insurrectas.

El 7, el coronel Francisco Montaos, comandante general interino del departamento de Santa Clara, todavía repleto de incertidumbre a pesar de los numerosos elementos recibidos sobre el posible alzamiento, le informaba al general Dulce que este se acercaba.

Así se lo hacían saber de La Esperanza, al darle parte de que habían inutilizado puentes ferroviarios del enlace con Cienfuegos; de Manicaragua, donde se conocía estaban reunidos los insurrectos; de San Juan de los Yeras, desde donde se informaba que el anuncio del alzamiento había aparecido escrito en las paredes; de Santa Isabel de las Lajas, en que ya se había producido un encuentro entre voluntarios movilizados e insurrectos; y de Malezas, en las cercanías de Santa Clara, donde una partida de insurrectos había asaltado una tienda y robado las armas blancas y de fuego que el dueño tenía para su defensa.

También anunciaba que había sido interrumpido el telégrafo con la capital, y en Sagua la Grande el tren de Sancti Spíritus había recibido disparos.

CONCERTACIÓN

La insurrección en Las Villas no era resultado de una acción aislada sino de una concertación, y toda la provincia aparecía moteada de alzamientos, que de conjunto sumaban miles de insurrectos. Pero la inmensa mayoría estaba mal armada o prácticamente desarmada.

Entre los dirigentes de la hueste parecía que las definiciones de la lucha todavía no se hacían del todo diáfanas. A pesar de que finalmente se pronunciaron contra la invitación a claudicar a cambio de una promesa de conceder la autonomía hecha por el coronel Montaos, algunos todavía se inclinaban a conformarse con la conquista de reformas.

También estaban influidos por Morales Lemus en otro punto: este, que les había asegurado la entrega de armamentos, había recomendado que nunca avanzaran hacia occidente para evitar la sublevación de las grandes dotaciones de la zona. Como es obvio, velaba porque no se produjera la emancipación.

El capitán general Dulce, al informar de la situación a Madrid, el día 8, apreció que el alzamiento era un «plan combinado para toda la Isla» y que, según sus noticias, no solo se levantarían las jurisdicciones de Villa Clara, sino también Vuelta Abajo. Ante los hechos, actuó rápidamente.

El 12 de marzo, el general Carlos Roloff, de origen polaco, sufrió una dura derrota en las inmediaciones de San José de Potrerillo.  Los mambises no tenían todavía idea de cuál era la guerra que debían llevar a cabo.

Se enfrentaban con tácticas regulares a un ejército disciplinado y bien armado y no sabían todavía usar el machete. Pero ya aprenderían.

Esa misma noche comenzó un debate sobre la estrategia a seguir. La alternativa resultaba: avanzar hacia occidente a sublevar las dotaciones o seguir la recomendación de Morales Lemus de no avanzar rumbo a occidente. Contra la segunda tesis se levantaron Eduardo Machado y Roloff, quienes propusieron la marcha al poniente. Pero triunfaron las tesis de evitarlo, del horrorizado Miguel Gerónimo Gutiérrez.

Los viejos conceptos conservadores de la preservación de la propiedad y la posible insurrección de la plebe, de la horda, que había movido siempre a los esclavistas, los reformistas y los anexionistas, todavía pesaban demasiado en la cabeza del sector más conservador de la revolución. La escalofriante visión de los esclavos, torvos, amenazantes, lanzados con el tizón en la mano contra las catedrales del dinero de occidente y la posibilidad de que todo degenerara en una confrontación con la población blanca, que dibujó Gutiérrez, quien todavía no había abandonado sus tendencias anexionistas, hizo que los insurrectos retrocedieran ante tal responsabilidad.

Otro argumento expuesto, la prevención de que si la invasión fracasaba el territorio quedaría indefenso ante el consiguiente ataque de los españoles, terminó de convencer a todos. De esa suerte, y como no habían recibido las armas prometidas, concluyeron que debían llevar fuerzas desarmadas, capitaneadas por Roloff, en dirección a la zona oriental, con el objetivo de conseguir de Céspedes pertrechos y luego regresar.

PERSISTENCIA

La junta revolucionaria, con 1 200 o 1 300 hombres, echó a andar hacia la región oriental, en tanto en diferentes jurisdicciones villareñas quedaban partidas en son de guerra. Estas librarían rudos encuentros, a pesar de su inferioridad en armamentos, que a veces las haría batirse a pedradas o lanzando colmenas al adversario. Aquellas huestes, uno de cuyos refugios preferidos eran las montañas de Siguanea, donde se producirían no pocas acciones cuando las tropas españolas trataron de desalojarlas, dejarían atónitas a las autoridades al enfrentar sus tropas desde Cartagena a Ciego de Ávila y de Remedios a Trinidad, en multitud de acciones.

En las acciones  participaban no pocos esclavos emancipados, porque los jefes mambises se encargaban de liberar cuantas dotaciones podían. Para ese instante, tal acción era el resultado de una política de guerra de los insurgentes. También se incorporaban a la insurrección los culíes chinos, que al fin encontraban la forma de escapar de su semiesclavitud.

En los últimos días de julio una comunicación de Francisco Vicente Aguilera, como secretario de Estado y Guerra, estableció a los fines de la organización del ejército que el «Estado de las Villas» comprendía los distritos de «Sto. Espíritu, Villa Clara y Cienfuegos», y este último alcanzaba hasta Colón. Se designaba como general en jefe de Las Villas a Federico Fernández Cavada y de los distritos, respectivamente, a Honorato del Castillo, Salomé Hernández y Adolfo Fernández Cavada.
El levantamiento villareño convenció a Dulce, de que los «flojos cubanos» no acabarían pronto con su algarada para regresar a sus casas, cuidar del gallo fino y la potranca, y tocar el laúd a la puerta del bohío de la guajirita amada. Se trataba de una verdadera guerra, no de un conato. Esta nueva insurgencia lo llevó a pedir de inmediato el envío de 6 000 soldados más, adicionales a los 5 000 en camino, y más recursos económicos para sostener la contienda.

El 10 de abril de 1869, en el pueblo libre de Guáimaro, tomado por los mambises en noviembre del año anterior, se reunió la asamblea constituyente. Allí estuvieron presentes Miguel Gerónimo Gutiérrez, Eduardo Machado, Antonio Lorda, Tranquilino Valdés y Arcadio García, como representantes de Villa Clara, y Honorato del Castillo, por Sancti Spíritus. Comenzaba a dársele forma de Estado a la nación forjada en medio de la guerra y Las Villas era parte de la República en Armas.

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