ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

El Caribe, más allá de ser un territorio geográfico compuesto por numerosos archipiélagos  –cuyas diversas culturas integran una original civilización–  es una inviolable frontera imperial, como la proclamara el dominicano Juan Bosch en su clásico De Cristóbal Colón a Fidel Castro (1981) a lo largo de las Antillas, Mayores y Menores.
Son incontables los denominadores comunes de esta cuenca, a saber: la economía de plantación esencialmente para el cultivo del azúcar, las estructuras coloniales que datan desde el Medioevo, cuyos pilares fueron alimentados por el más despiadado sistema esclavista abolido gracias a los machetes redentores.  Estos son los principales, aunque no debemos olvidar la Torre de Babel instalada por las diferentes lenguas metropolitanas europeas, así como la creación de importantes idiomas autóctonos, forjados a lo largo de nuestra historia y conocidos como créoles.
El Caribe ha acumulado en su haber toda suerte de leyendas, entre las principales la primera Revolución de Esclavos instaurada en Haití entre 1791 y 1804.  Todo un proceso que es un emblema de nuestros héroes: Simón Bolívar inspiró a la gesta independentista que lideraba Antonio Maceo al frente de su propia familia, colegas y sus mejores compatriotas.  Los Maceo se identificaron sobremanera con la historia de Jamaica, cuyas azules montañas velaron y salvaguardaron la imagen de la emancipación de todo el Caribe anglófono. Nanny, la gran cimarrona jamaicana, sembró semillas que todavía florecen. José Martí murió con pasaporte haitiano, pues desde esas tierras inició las acciones de la guerra necesaria cubana de 1895.
En el Caribe siempre hay un palenque, o un barco que nos mueve de isla en isla hacia un futuro que hemos ido creando a expensas, incluso, de nuestras propias vidas.  Siempre también hay ciclones que forman parte de su naturaleza imprevisible.  Son los ciclones los únicos ciudadanos de la región que no necesitan visas para aparecer y establecerse en nuestras islas, cayos e islotes sin previo aviso.
Desde los tiempos del ciclón Hugo (1989) hasta los de Irma y María  –ambas, diabólicas féminas–  que, en 2017, arrasaron con San Juan de Puerto Rico, Vieques, Antigua, Barbuda y Dominica, hemos sido testigos presenciales de implacables cambios climáticos que acaban de engendrar al tornado sin nombre del pasado domingo 27 de enero.  Roseau, la capital de Dominica, rodeada por las pequeñas islas nombradas Les Saintes  –perceptibles, a vuelo de pájaro, un día claro, desde las costas sureñas de la Guadalupe–  fue deforestada salvajemente por Irma y María.  Pensábamos que no podría sobrevivir.  El trabajo forestal de especialistas cubanos y dominicos ha rescatado buena parte de sus intrincados bosques y, claro, de todo su ser, no solo el geográfico.
Hayan durado siglos, o dos días –como auguraba Nicolás Guillén en un inolvidable verso de El gran zoo (1967)–, nuestras luchas libertarias permanecen en el imaginario del Caribe desde Jamaica y Trinidad hasta la Guadalupe y, por supuesto, Dominica.  El monumento que se erigirá en breve en La Habana, como tributo a la historia de esos próceres, será asimismo un acto de fe, un testimonio a la celebración de sus primeros 500 años. Aprendemos de nuestros próceres y de nuestros ciclones. No habrá tornado que pueda exterminar la riqueza de nuestras almas y su capacidad de resistencia.

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