ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

«Es Sotomayor, sí, mija, el que salta, mira qué grande es…», le decía Elizabeth a su hija. «Corre, vamos a hacernos unas fotos con él». Y de momento, en medio de camiones, trabajadores eléctricos, escombros aún por sacar, Javier se vio rodeado de un pueblo que, después de haber perdido su casa o parte de ella,  tras el tornado, ante su presencia sonreía. Lo besaron,  lo abrazaron y él solo daba sus manos, su pecho, no sabía cómo corresponder a tanto cariño en un momento en el cual quienes lo abrazaban pasaban por circunstancias tan difíciles.

Otra expresión de la misma mujer hizo que casi toda la esquina de Manuel Pruna y Pedro Perna, en la barriada de Luyanó, estallara. Allí estaba una que también luchó por su vida y nos regaló la hazaña de convertirse dos veces en campeona del mundo. Ana Fidelia Quirot, la bien bautizada Tormenta del Caribe, no alcanzaba para repartir besos, tomarse fotos, hablar con mucha gente a la vez.

«Sabes que he vivido muchas emociones, pero cada día me doy cuenta de que sin estas personas yo no hubiera sido nadie. Si hoy ellos sonríen, es porque tienen confianza en la Revolución, en  esa obra que todos construimos. Ellos nos  hicieron campeones, tenemos que estar aquí junto a su casa o lo que fue su casa. Estoy muy emocionada,  esta es la fuerza de Cuba, por eso nadie puede con nosotros», afirmó Ana.

Los de más edad del barrio descubrieron a Jorge Hernández, el primer campeón mundial de boxeo de Cuba, en 1974. «Cómo no iba a estar, si esta es la pelea de todos, y tengo confianza en que le vamos a dar KO también», dijo, quien no ha perdido la agilidad de entonces, cuando sacaba las manos más rápido que los vientos de un tornado.

Y una de las Morenas del Caribe, Marlenis Costa, de aquel equipo que guiado por Eugenio George escribió la hazaña de las tres medallas de oro olímpicas, decía: «No tengo palabras, para expresar lo que estamos viviendo. Imagínate que la gente te invita a pasar a su casa, a la que le faltan no sé cuántos pedazos y sin poder hacer casi nada, te dicen: “espérate que vamos a hacer un café”, y de repente quiere brindarte lo poco que tiene, aunque se quede sin nada. Oye, es muy fuerte, lo menos que podemos hacer es decir: “¿qué hace falta?”».

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