ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Ya está bastante limpio, dice Ángela, y es difícil creerle mientras miras y los ojos se pierden en tanto destrozo. Aún pasarán días antes de que se terminen de apilar los escombros y recoger las grandes lomas de ramas, techos, tierra y objetos disímiles, pedazos de vida irrecuperables…

Ahora mismo la gente sigue poniendo a salvo los recuerdos, sacándolos de «debajo de todo», de la amalgama irreconocible que yace en el suelo, o en lo que quedó del techo del vecino.

A quien mire ahora mismo el pueblo de Regla, le parecerá estar viendo, por momentos, una zona bombardeada. Desde arriba casi puedes dibujar con la vista el recorrido de esa «cosa, de la bola de fuego maldita».

«Vino pa' matarnos. Sonaba zummm… zummmm… y se hacía cada vez más intenso, parecía un avión que caería, traía palos, arena, vidrios…», cuenta Ángela Arias Benítez.

«Zummm…», lo grita, lo cuenta exaltada, como si lo tuviese enfrente, y mira a lo lejos. Luego muestra las paredes de la casa, lo que queda de ellas, señala a cuántos metros lanzó la puerta, y habla de la preocupación por el agua, los alimentos, la electricidad, pero también del acompañamiento de las autoridades.

«Han venido todos, el Presidente, el Presidente fue de los primeros en llegar. Ahora están allá abajo, en Rotaria –señala la calle, una de las principales de Regla y donde el ruido de las motosierras se confunde con el sonido de las piedras al caer en las pilas de escombros–, pero vienen subiendo. Se necesita toda la ayuda».

Sus nietos la acompañan. El mayor, que no pasa de los nueve años, va de la mano de su hermana. Cuenta también el desastre, y agradece que «no le pasara nada a la chiquitica».

Se convierten en una especie de guías por los vericuetos que conforman los pasillos interiores entre las casas… Unas cuadras más arriba de donde vive Ángela encontramos a Yansai Fuentes y sus dos hijos. Tienen siete y 12 años, y vivieron ese horror, al igual que tantos y tantos niños en la fatídica noche.

Los vecinos, dice, le remendaron el cuarto con tejas y zinc de los que se cayeron de su techo y otros que volaron allí. «Esto es para burlar el sereno y el sol, está apenas superpuesto».

Yansai ha colocado cada cosa en su lugar, o le ha buscado un lugar a cada cosa. Hay cierta calma adentro, y sin embargo repite que tiene miedo.

«Disculpa el desorden, entra y ve tú misma. Yo nací de nuevo», asegura un señor canoso que me recuerda a mi abuelo. Y me siento un poco intrusa, entrando y saliendo del espacio que habitan.

A donde quiera que vayas en ese pedazo de ciudad las historias se repiten. Un hombre busca entre ruinas su santo. Se aferra a la fe, y agradece la vida.

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Erika dijo:

1

2 de febrero de 2019

18:02:19


La fe, es luz entre la oscuridad. Hay que aferrarse a la vida