ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

«Lo perdimos todo. Esto es muy grande». Silencio. Sollozos. «Ha sido demasiado fuerte. Nos quedamos sin nada». Más silencio. Un silencio que corta del otro lado del teléfono y por acá la impotencia de no poder darle un abrazo a mi gente, a mi familia querida, esa que estaba rota, sentada en lo que quedó de lo que un día fue su casa. Devastada ante el desastre.

Hace apenas una semana ellos me recibieron. Me abrieron las puertas de su casita, a la que siempre fui desde pequeña, a unos metros del materno Hijas de Galicia, justo por donde pasó el tornado que devoró una parte de La Habana, nuestra Habana, La Habana de todos.

Sé que es difícil. Difícil ver cómo vuela el techo en segundos. Difícil amontonar en una esquina, como cuando se barre la sala, los restos de cada uno de los objetos que costó una vida adquirir. Sé que es difícil recibir la mañana y
poder ver, palpar, contemplar los destrozos, la desolación…

En ese momento pudiera parecer que el cuerpo se paraliza, que se queda sin fuerzas, que hasta la esperanza naufraga en un mar de tristeza. Pero nosotros, los cubanos, estamos hechos a fuerza de resistencia.  Somos los hijos de hombres y mujeres que nunca se quedaron de rodillas ante los infortunios. Hombres y mujeres que cuando todo parecía perdido decían que sí se puede y se pudo.

Y sí, es duro, es duro perder la casa, el techo, la cama. Es duro ver cómo vuelan en segundos y pasar una noche sin tener dónde dormir, pero nosotros no nos damos por vencidos tan fácilmente. Sabemos batallar incluso hasta cuando la naturaleza nos pasa factura. Sabemos convertir en milagro el desastre, sabemos ayudar al otro, sentir su dolor como nuestro.

Por eso hoy todos somos La Habana y su gente. Porque Cuba no se dobla ante el dolor. Cuba se crece. Porque Cuba no se queda de rodillas ante la mordida de un tornado. Cuba se levanta. Cuba está de pie y así, erguida ante la vida, sigue mirando al futuro.

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