ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Los vendedores de pan, los que andan en bicicletas por los barrios, tienen carisma. Parecen gente chévere, esforzada. Trabajan todos los días. No descansan. Como hormigas laboriosas suele vérseles por todo el pueblo, incluso, algunos enfilan carretera arriba y van hasta la loma a llevar el producto.

Cada vez que hay colas en la panadería ahí están, es lógico. Hablan entre ellos, a la espera de que salga el «pan nuestro de cada día», el necesario. Incluso, por la noche, siguen estando allí los panaderos, como les llama la población. No ven el noticiero nacional de la televisión; tampoco la novela. A esa hora ya duermen para estar listos en la madrugada inmediata.

Obnubilados por el dinero, los panaderos de mi ciudad de Ciego de Ávila se han puesto de acuerdo y han tomado una determinación radical: vender el pan a dos pesos por encima del valor en que lo adquieren en la panadería.

Viviana, administradora de una de las unidades expendedoras del producto, dijo a Granma que continúan con los mismos precios: el pan boleado a dos pesos, tres el de corteza blanda y a cuatro el de corteza dura. «No hay razón para que ellos le aumenten el monto de venta», dijo con determinación.

Uno de estos sábados observé a varios de estos cuentapropistas –quién sabe si en realidad lo son– convertidos en (re)vendedores, como les llama la población.

Hacían la cola varias veces. En tiempo de escaseces de harina en las panaderías de la ciudad el pan lo han restringido a solo cinco unidades por persona y, de una sola vez, les es imposible adquirir mayor cantidad que la autorizada. Los del sábado –dicen que son los de todos los días–, marcaban en la cola y volvían a marcar, y volvían, y volvían y… de cinco en cinco unidades, llenaban las cajas.

Uno de ellos me llevó al borde del ictus isquémico, no por los dos pesos, más bien, por la insensibilidad; por el descaro, diría mi madre, experta en poner los puntos sobre las íes.

Él y yo, ambos, estábamos en la cola. Él alcanzó pan y yo no. Al doblar la esquina, justo en el teatro Iriondo, estaba apostado.

–¿Amigo, vende pan?, le pregunté, mientras disimulaba la molestia por no haber alcanzado el producto. ¿A cómo lo vende?

–A cinco pesos, porque es de corteza suave.

–¿Y qué tiene que ver lo de corteza suave? La panadería lo vende a tres pesos.

–Este pan lo compré a un particular que tiene patente y debo pagarlo a cuatro pesos, entonces tengo que venderlo a cinco para ganarme uno, si no, para qué trabajo.

–Llévame a casa del particular que te vendió la caja de pan, le dije.

–No tengo por qué hacerlo, si tú no eres policía.

–Soy periodista y quiero saber.

–¡Bah!, periodista. Los periodistas debieran de ocuparse de cosas más importantes, no de la gente que vende pan y resuelve un problema.  Ya te dije que se lo compré a un particular.

–Pero si el pan es de la panadería de la calle Maceo, entre Independencia y Joaquín de Agüero. Usted lo acaba de comprar en el mismo lugar donde yo hacía la cola, justamente unas personas detrás de usted.

–Eso es mentira.

–Y usted es un estafador.

Y me marché, pensando en la malformación congénita de este panadero-estafador que se ha transmutado en muchos otros, sin que nadie les ponga control, al menos, en mi provincia.

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Leonila Consuegra dijo:

1

8 de febrero de 2019

21:14:21


Soy economista y deseo que esto tenga solución