ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

En el Memorial de América Latina erigido por el arquitecto Oscar Niemeyer en la ciudad brasileña de Sao Paulo, entre tantas cosas bellas de las artes populares latinoamericanas, vi varias alcancías hechas de barro o de yeso, iluminadas con vivísimos colores; entre ellas los rechonchos cochinitos que eran parte inseparable de nuestro mundo infantil, llevados ahora a la jerarquía de piezas de museo.
Eran de verdad muy bellas estas cajitas para monedas que, de acuerdo con nuestras posibilidades, se llenaban con centavos de cobre, níckeles o medios, o realitos de plata, la más atractiva de las antiguas monedas cubanas, que tenían un valor nominal de diez centavos.
Muchas alcancías vi romper y destinar los frutos del ahorro para armas y aviones en defensa de la Revolución victoriosa: pesadas monedas de a 40 o 50 centavos, y los pesos, que se hacían sonar contra el suelo en señal de autenticidad.
Atrás en el tiempo, entre los tantos sueños realizados o perdidos, estaba el de hacer una colección de soldaditos de plomo y para ello reuníamos las monedas que, regalo de mayores, iban a parar a la hucha.
Luego, de cuando en cuando, alguien nos acompañaba a ver en los escaparates de Al Bon Marché, en la calle de Reina, los míticos soldaditos, carísimos y casi inalcanzables. Los había con los uniformes de los ejércitos enfrentados en la guerra civil norteamericana, indios pieles rojas con sus vistosos penachos de plumas, soldados de la Legión Extranjera francesa, además de todos los aditamentos imaginables: cañones, tambores, carritos, sin que faltase la diligencia, ni los legendarios e implacables colonizadores del oeste, con todos los cuales podían formarse batallas increíbles; pero, ¡oh, realidad!, entre ellos y los fiñes que calculábamos en secreto el valor de cada uno, estaba el grueso cristal de la vidriera.
Mi última alcancía se quebró para uniformes y fusiles de soldados de verdad. Los niños nos habíamos transformado en adolescentes y fue precisamente en esa edad tan venturosa y tan bella de la vida, cuando nos sorprendió la Revolución. ¡A la milicia! fue el grito de toda una generación, y llevamos nuestras pesetas a las urnas preparadas para recibir el óbolo del pueblo, llamado a armarse por la salvación de la Patria.
La camisa azul de los herreros y los trabajadores de los talleres y fábricas, el pantalón verde olivo con grandes bolsillos, como el de los combatientes del Ejército Rebelde, las boinas negras como aquellas que llevaron una vez los soldados del ejército republicano español, fueron nuestro uniforme.
Adiós juegos de muchachos. A las calles con los universitarios –cuya milicia llevaba un bello traje–, junto a los empleados de los comercios y oficinas públicas, a aprender el manejo de las verdaderas armas de fuego: el fusil r-2, la metralleta checa, el fal que portaban los batallones más preparados. Era un orgullo vestir ese uniforme, símbolo de una definición de campos e ideas. «Se metió a miliciano», decían los timoratos de los atrevidos voluntarios, y bajo agua, sol y sereno, marchaban en aquella prueba indispensable de 62 kilómetros, partiendo al anochecer desde el Campo de Armada.
Tales fueron aquellos días...
Casi niños habíamos visto llegar a La Habana a muchos rebeldes de la Sierra, y sentíamos la irresistible atracción por los héroes noveles, que no podían llevar barbas ni grandes bigotes, como sus también jóvenes mentores. Los encontrábamos en los barrios, visitando las escuelas, besados por las muchachas en los parques.
Tomados de las manos, brazo con brazo, en cerradas formaciones llegamos aquel día, como un río humano, a donde convergen las calles de 23 y 12, acompañando a las víctimas de la explosión del navío francés La Coubre. La multitud escuchó lívida las palabras de Fidel, y electrizada levantó los puños y las armas al oír las que se quedaron grabadas para siempre en nuestra memoria: «Patria o Muerte. Venceremos».
Volvimos a ese lugar en otras oportunidades, mas difícilmente alguna emoción pueda sobreponerse a la de aquella jornada. A la mañana siguiente, en las paredes de los edificios, en las pizarras de las escuelas, en el metal de los ómnibus, en improvisadas banderolas y estandartes, el lema aparecía por doquier y animaba la decisión de todo un pueblo. Bebiendo en las fuentes de un no tan lejano pasado, nuestro grito se unía al de los libertadores del siglo precedente: «Patria y Libertad», firmaban y arengaban los jefes y generales antes de lanzarse a las cerradas cargas de caballería.
Nadie puede dudar que de entonces acá se levantaron las murallas de una nueva Esparta en el Caribe americano.

(Crónica tomada del libro Fiñes).

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yuniel dijo:

1

4 de enero de 2019

10:44:17


Es admirable Eusebio,conozco muchos que sentimos orgullo de que sea cubano.

ele dijo:

2

4 de enero de 2019

12:16:34


!Gracias Eusebio!. Hermosa forma de disertar sobre la historia y de fijar su papel de revolucionario cubano activo.

jamc dijo:

3

4 de enero de 2019

13:32:35


Como estamos acostumbrado,su verbo aleccionador ,tanto en el discurso como en la escritura

Agustin Lorenzo dijo:

4

4 de enero de 2019

14:42:27


Gracias, muchas gracias, por sus enseñanzas...

Paloma dijo:

5

4 de enero de 2019

15:30:36


Gracias Maestro por entregarnos la Historia!!!!