ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Crecí escuchando a quienes gustan de usar la equivocada frase de «la juventud está perdida». Posiblemente, de igual forma la aprendieron mi madre y mi abuela en sus años mozos. Sin embargo, solo puedo hablar desde mi experiencia y la verdad es que me ha tocado conocer el otro lado de la moneda y esto me ha hecho preguntarme en ciertas ocasiones: ¿La adultez está perdida?

Ambas, juventud y adultez, conviven en un mundo donde no puede dejar de ser motivo de angustia la pérdida de ciertos valores; la sociedad tiene la responsabilidad de rescatarlos y de convertirse en espacio donde haya más olorosas flores que marchitas plantas que agredan con sus espinas.

Esta duda me ha surgido por determinados acontecimientos a lo largo de mi corta existencia con algunos poseedores de «unos añitos de más». Una que recuerdo con vehemencia sucedió en la conocida cola del pollo en la bodega.

Luego de la espera de casi dos horas, cuando estaba a punto de comprar, irrumpió delante de mí una señora mayor, con total autoridad, que se puso de primera. Le pedí amablemente que respetara a quienes llevábamos mucho tiempo en el establecimiento, esperando con paciencia. Sin embargo, lo que gané fue una reprimenda, a viva voz, sobre lo mal educada que era y cómo los jóvenes no respetaban a los mayores.

En otra ocasión, luego de haber abordado el ómnibus de la ruta 43, rumbo al trabajo, una mujer algo entrada en años y con un prominente abdomen, bastante diferente al que acostumbro a ver en las embarazadas, me pidió el asiento alegando su gravidez y que las sillas para las mujeres en estado de gestación estaban ocupadas.

Se lo di, aunque confieso que algo extrañada por su condición de «embarazada». Pero, también en mi familia oí muchas veces aquello de que primero se coge a un mentiroso que a un cojo. En la siguiente parada la señora encontró una amiga a la que en tono nada bajo le contó cómo había engañado a una muchacha con su falso embarazo.

Confieso haberme sentido algo burlada y con muchas ganas de emplear un lenguaje muy «florido» con la embustera, pero pudieron más las largas charlas de mi familia explicándome la importancia de respetar y honrar a los mayores, como portadores que son de sabiduría y achaques de su largo paso por la vida.

Me considero parte de una juventud que no está perdida. Por el contrario, orgullosa de serlo y de las enseñanzas que he recibido de generaciones anteriores.

Escogí tomar mi celular y en las notas comenzar este comentario en el mismo ómnibus, ya más cómoda en un asiento que me dio un muchacho que presenció la injusta escena de la falsa embarazada.

La consideración no nace desde la imposición o la falta de empatía hacia los comportamientos propios de la primera edad. Como mismo nos enseñaron a cuidar y querer a quienes ya peinan canas, el sentimiento debe ser mutuo.

El respeto con respeto se gana, es la premisa que creo debe primar en la sociedad, sin importar las edades. Todos llegaremos a esa etapa y los que están ahí deben ser generosos con quienes emprendemos el primer viaje de la vida.

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