ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Han pasado ya 60 años, más de medio siglo, seis décadas. En cifras suena sencillo, pero el tiempo transcurrido no puede medirse para este pueblo desde la superficialidad de los números, sino desde el más profundo significado de una frase, «hacer Revolución».

Aunque a la vista ambos vocablos no tienen el más mínimo parecido, hay entre ellos una relación intrínseca que nadie puede comprender como nosotros. Esa que aprendimos de los padres fundadores de esta obra, de quienes por ideal nos convertimos en su prole, y de los continuadores que se han sucedido entre valiosas generaciones, porque, ¿qué es Revolución sino el hacer constante e incansable?

En aquel 59 que nacía iluminado, no fueron pocos los que compararon nuestro futuro con la suerte de quien juega en una ruleta, donde el ganar y el perderlo todo van prácticamente de la mano. Pero si el Moncada, el Granma, la clandestinidad y la Sierra Maestra no fueron suficientes para desvanecer las dudas de los ilusos, aún quedaba Girón, el tiro de gracia para demostrar que debían acostumbrarse a ver brillar la libertad en medio de lo que consideraban su patio trasero.

Muchas veces hicieron las maletas, porque desde su hegemónica percepción, los momentos complejos vividos por esta Isla en algún momento la harían derrumbarse. Sin embargo, no contaron con que las coyunturas podían poner en riesgo muchas cosas, pero jamás la fuerza de este pueblo, su capacidad de resistencia y la confianza sincera y transparente en la valía de nuestra obra social.

Son muchas las razones que convierten a este en un cumpleaños especial. Aunque cada nuevo año de vida de la sociedad soñada por Martí ha sido siempre un motivo de júbilo indescriptible, es inevitable enorgullecernos cuando vemos cómo se abren caminos frente a nuestros ojos y nuevos puntos de partida se fortalecen allí donde los mismos ilusos de siempre se apresuraron en avizorar un punto final.

Ahora, cualquier sentimiento de conformidad y autocomplacencia sería imperdonable. De disímiles maneras nos enseñó Fidel que es ese el mayor error de un revolucionario.

Por tanto deben poblarnos la voluntad, los deseos permanentes de transformar para bien y la visión objetiva, sin renunciar a la alegría indescriptible de saber que lo logrado, aun siendo perfectible, es motivo de permanente inspiración por su grandeza.

El siglo xxi avanza y nosotros con él, sin negar el hecho de que mientras más pasan los años, mayores son y serán los retos a enfrentar. No es esta una frase retórica, nuestros retos son reales, tangibles, descansan en aquello que nos falta por hacer, en lo que objetivamente se escapa de la voluntad colectiva, pero eso no significa que sean inalcanzables, porque si algo hemos demostrado en este tiempo es que por esquivas que parecieran, hemos logrado abrazar las más elevadas metas.

Soñar con los pies en la tierra ha sido siempre nuestra carta de triunfo, esa gracias a la cual no solo nos basta con tener, sino que nos hemos permitido compartir. A la altura de estas seis décadas, sigue siendo ese un principio al que apostamos, haciendo cada vez más sólidas las bases para que una vez construidos, nuestros sueños no puedan derrumbarse.

Las puertas del futuro no se abren solo con el deseo, hace falta mucho más para empujarlas. Se necesita constancia, inteligencia, convicción y, de eso, los cubanos tenemos bastante, pero no podemos perder la perspectiva. El futuro también depende de enfrentar resueltamente los peligros que lo acechan, esos peligros que atacan a quien pierde sus valores, a quien renuncia a sus esencias, a quien olvida el lugar donde se guardan las verdaderas riquezas del ser humano.

El mundo camina por el filo de una navaja, la paz ahora tiene un nuevo sinónimo: frágil, y las leyes del poder gobiernan, pero perviven las esperanzas, voces muy altas se escuchan en defensa de los derechos humanos, se mantienen latentes las apuestas por la justicia social, y es motivo de regocijo saber que somos una prueba, un admirado ejemplo de que todo eso es posible.

Sesenta años, sí, y dan ganas de gritarlo a pecho abierto con el corazón henchido de orgullo, porque es incalculable la nobleza, la resistencia, el amor y la entrega que respaldan esa cifra. Permitir que se detuviera el reloj del tiempo para la vida de la Revolución, sería un insulto sin precedentes a la historia vivida.

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Robelkys dijo:

1

2 de enero de 2019

14:09:27


Me sumo a la frase que da título al artículo y lo hago dando lo mejor de mí en mi frente de trabajo, para poder cumplir con lo que dice el GE Raúl Castro Ruz: "... haga cada cual lo que le toca y la obra será insuperable..."