ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Que el mal tiene su razón de ser entre los hombres, lo dijo ya, y defendió lo que decía, el inmenso Leibniz. Después vino la turba de comentadores, desde Voltaire, que le puso al alemán el capirote del doctor Pangloss en su Cándido, hasta Berdiaef, que lo acusó de pesimista sin remedio, y hasta Ortega, que hizo ver en libro reciente de qué supuestos hondos partía ese criterio.
Pero no era de esas honduras, visitables hoy en cualquier buen manual, de lo que quería hablar. Quería, más modestamente, elogiar una forma del mal: la mentira, que es el mal en el terreno de la opinión. La mentira, no el error. El error puede también, como la verdad, nacer de la buena fe. Ambos, error y verdad, están de un mismo lado. ¿No hemos vivido todos alguna vez sosteniendo un error, y no es honrado confesar después esa equivocación, que no daña nuestra buena intención? Al contrario, esa confesión nos enaltece, hace ver que entonces estábamos equivocados, luego aspirábamos a la verdad. Además, el equivocado piensa que quien está en un error somos nosotros, y del choque de opiniones puede nacer más claridad para todos.
No así con la mentira. Desde luego que mentira no es solo decir a por b. Hay que ver la rica gama de la mentira, de la cual esa suplantación no es más que un caso particular. Mentira es presentar la parte por el todo, mentira es decir lo malo y callar lo bueno, mentira es seguir usando un mismo nombre para designar cosas que sabemos que han cambiado de esencia, mentira es subrayar lo negativo pequeño y dejar en brumas lo positivo grande, mentira es mezclar lo verdadero a lo dudoso para que lo dudoso parezca verdadero también, mentira es dar una opinión pasajera por regla fija de conducta, mentira es... pero ¿quién podría intentar agotar las variedades camaleónicas de entidad tan rica en posibilidades? La verdad es pobre, pues no es más que una; la mentira es millonaria. Mentira es todo lo que sabemos que no es verdad y damos como si lo fuera. En eso estriba la diferencia con el error: el que mantiene un error cree tener una verdad, el que mantiene una mentira sabe que no tiene una verdad. El primero actúa de buena fe; el segundo, de mala fe. Los lógicos no nombran una demostración incorrecta igual si en esa incorrección se ha deslizado la mala fe: si es un error de buena fe, es llamado paralogismo; si el error se debe a la maldad del que dice razonar, es llamado sofisma.
Todas estas insistencias en algo que es sabido de todos iban, desde luego, a un sitio: al bosque de mentiras con que algunos alquilones internacionales de la pluma han querido rodear nuestra Revolución. No pienso ahora en los equivocados. Esos, como nosotros, aspiran a lo correcto, aunque creen que lo correcto está donde no está; pero, a la vez, mantienen que los equivocados somos nosotros, y así el disentimiento, mientras se mantenga dentro de una imprescindible honradez, servirá para hacer más nítidos determinados conceptos. Además, nadie, dentro de la buena fe, puede aspirar a la infalibilidad, y esa nitidez mayor puede demostrar que, aquí o allá, la verdad se inclinaba donde quizá no lo esperábamos. No hay que olvidarlo: error y verdad pertenecen a un mismo dominio. Por eso son irreconciliables.
El caso de la mentira es bien distinto. La mentira es totalmente conciliable con la verdad. Es la verdad misma, con una grotesca máscara por encima. Quien miente sabe ya dónde está la verdad, quien miente realiza un homenaje, todo extraño que se quiera, a la verdad. Los mentirosos son también heraldos de la verdad. Los equivocados la niegan; los mentirosos proclaman, al echar mano de la mentira, que saben dónde está la verdad. ¿Cómo pues no elogiar la mentira? ¿Cómo no agradecer a las alborotadas plumas babélicas que echen mano de todas las torpes, gastadas y risibles mentiras que se les ocurran cuando de hablar de la Revolución Cubana se trate? Si se ven obligados a recurrir a un arsenal tan endeble, es que hasta ellos, nuestros enemigos –y son enemigos porque ellos lo han escogido así, porque, al parecer, de eso viven–, reconocen que la verdad está de nuestro lado, que a ellos no les han quedado en las alforjas sino unas cuantas (o unas muchas) mentiras oxidadas y romas. Piénsese en la gama de mentiras a que aludíamos unas líneas antes: mentira es, por ejemplo, decir que en Cuba sigue habiendo un ejército numeroso a sabiendas de que la palabra ejército no designa ahora lo mismo que designaba hace un año. Mentira es hacer que unos campesinos suban los brazos para presentarlos como manteniendo una ideología de cuya existencia ni siquiera están enterados, pues viven la beatífica realidad en la cual un brazo alzado es, al fin y al cabo, no más que un brazo alzado. Y así todo lo demás. Para no mencionar la mentira burda evidente: llamar a a lo que es b; llamar caos a lo que es fervor, por ejemplo. Cualquiera de nosotros conoce ese copioso coro de mentiras. Aun quienes no ejercemos la política no debemos permanecer silenciosos ante la existencia de esa campaña contra el país mismo, que ha fundido decididamente su suerte con la de la Revolución. Pero al ir a refutar esas imposturas hemos dado con un fenómeno en verdad curioso. Esas mentiras son la prueba palpable de que los que tratan de dañarnos saben, ellos también, que tenemos razón. A través de sus frágiles telas, esas mentiras van proclamando al mundo que no tienen sino mentiras contra nosotros, que la verdad va con nosotros. Loada sea pues la mentira. También ella ha querido, aunque torcidamente, sumar su voz a las voces honradas que en todas partes del mundo saludan el esfuerzo gigantesco de un pueblo pequeño por instaurar en su frontera un régimen de justicia. Aleluya, aleluya a la mentira.

(Publicado originalmente en Revolución, el 7 de septiembre de 1959, con el título «Elogio de la mentira». Tomado del libro Cuba defendida, de Editorial Letras Cubanas)

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