ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Para quienes les son imprescindibles, los espejuelos ofician como sus más fieles focos de la realidad circundante. Verlos de momento rotos es como si se hundiera la tierra bajo los pies.

Intenté un remedio casero pegándole con goma loca la rajadura en el marco plástico de uno de sus cristales, pero aquello fue solo una fallida ilusión. Después de trabajar, los guardé en su cartuchera y al día siguiente, tan pronto intenté ajustármelos, la rotura se había reído del tan promocionado pegamento «infalible».

Con poco tiempo entre el amanecer y el inicio de la jornada laboral, como la óptica estaba a larga distancia de mi casa y quizá allí no obtuviera una solución en minutos al descalabro, busqué el cartel de alguien conocido: «se arreglan todo tipo de espejuelos».

Para fatalidad, el reparador no se encontraba en su lugar y, aunque dejó el mensaje de que regresaría pronto, en la premura indagué por una solución emergente, que apareció cercana.

Ya en el sitio, el hombre consideró que no tenía cómo reparar mi encargo. En cambio, pidió siete CUC para ponerles una nueva armadura a los cristales. Medité si entrarle o no a la oferta, máxime pensando que cada peso cuenta como nunca en estos finales de año ante las festividades por venir. En medio de mi disquisición, el reparador solicitó un breve tiempo para hacer una consulta y se ausentó de su puesto de trabajo.

De una ojeada comprobé que su solicitud era para ir a la casa del antes mencionado colega de oficio, en busca de la armadura, y navegó con suerte, porque lo encontró de vuelta en su morada.

Sin embargo, regresó con las manos vacías, diciendo que no había solución para la rotura, amén de ofrecerme una armadura de su propiedad que no ajustaría bien con mis cristales. Negado al fracaso, retorné a la pequeña casa-taller del conocido primer reparador y resolví el problema pagando dos CUC menos.   

Salí de allí enfocando al ciento por ciento, y comprendí que la puesta en escena de quien pidió siete CUC era una jugada para «tumbarme», al mismo tiempo que (puestos ambos de acuerdo o no) pretendía emplear a su colega como intermediario, para él buscarse un par de «chavitos» con solo pasar la armadura de una mano para la otra.

Es la filosofía de «ande yo caliente y me río de la gente», sin recato ni ética que preservar en el oficio. Es poner por encima de la vocación de ayudar a resolver una dificultad, el interés por ganar dinero fácil a cualquier precio, sin contemplaciones con el nivel adquisitivo de la población, que en no pocos casos tiene necesariamente que decidir a cuál problema destinarle la atención primaria, para después intentar resolver los demás.

Quienes actúan así, apoyados en trucos tan burdos a la vista de todos, no sienten el menor respeto por sus posibles clientes. Se desmerecen ellos y provocan una opinión desfavorable que, para satisfacción de la mayoría, no es la correspondiente a los más de medio millón de personas que ejercen el trabajo por cuenta propia.

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