ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Tengo 39 semanas de gestación. Eso, para quienes no están familiarizados con la terminología relacionada con el embarazo, significa que ya puedo dar a luz en cualquier momento.
Hace unos días, al tomar un almendrón, en broma un chofer me pidió que, por favor, no pariera en ese momento. Sonreí, y le prometí con delicadeza que lo intentaría.
Para llegar bien al término de la gestación, en Cuba una debe asistir a innumerables consultas médicas. Las mías todas fueron en Marianao, uno de los municipios más poblados de La Habana, y con un médico que no es cubano.  
Nunca me había atendido con un especialista extranjero, que es lo que es mi doctor aun cuando lleve diez años en la Isla y conozca del pi al pa los vericuetos de nuestro lenguaje oral y corporal.
Encima del consultorio vive la enfermera, que es su mano derecha. Esta enfermera mía es el corazón del consultorio, del barrio, y de toda la circunscripción. Lleva 30 años trabajando allí.
Conoce a todos los niños de la zona, porque atendió a sus madres durante sus embarazos, y ha asistido a cada anciano. Ella, como nadie, sabe cómo convencer de que visiten la consulta a quienes huyen de una vacuna o de una prueba citológica.
Y cuando desaparece por alguna causa, personal o laboral, los pacientes/amigos enseguida le echan de menos.
Hace unos meses la trasladaron por unos días para otro lugar y el consultorio casi colapsó. Porque hay muchas cosas, además de inyectar, con las que una enfermera alivia las tensiones diarias de este tipo de espacios…
No me había percatado de eso hasta que vi la consulta repleta de personas «echando chispas» debido a las largas colas de espera por el doctor, que trabajaba solo.
La mayoría solo quería tomarse la presión, saber si habían llegado sus análisis, la actualización de un tarjetón de medicamentos, una prueba citológica, hacer una pregunta, el teléfono de las farmacias de la zona, ayuda con un postrado, asesoramiento sobre un medicamento, una dieta que posiblemente ya estuviera firmada y acuñada, o, por supuesto, una inyección…
Era un caos para todos, excepto para las embarazadas porque, para ser honesta, nuestra sensible condición siempre establece una prioridad.   
Y así, de prioridad en prioridad, cuando una pareja se enfrenta a su primer embarazo, el doctor y la enfermera del consultorio familiar se convierten en las personas más cercanas para solventar cada inquietud y en los temas más recurrentes de las conversaciones familiares del día.
¿Qué te dijeron? ¿Cuándo debes volver?, se vuelven preguntas comunes en casa, al igual que frases como «pasó el médico a verte» o «dice la enfermera que vayas a ver a la ginecóloga».  
No hace mucho vivo aquí. Me mudé la semana después de realizar el test de embarazo que dio positivo así que, ipso facto, tanto el médico como la enfermera se convirtieron en mi primer contacto con la nueva comunidad.
Viéndolos interactuar con la gente una aprende muchas cosas, entre ellas que ningún sitio es malo cuando se trata con amabilidad a las personas y se les escucha, aunque luego para convencerlas haya que ponerse un poco fuerte.
Sí, porque la consulta familiar es como una suerte de laboratorio de la zona. Y una termina conociendo allí, de tanto ir en nueve meses, las características de la maestra que luego impartirá clases a tu niño, de los padres de los bebés con los que compartirá clases, el nivel educacional de los vecinos, y una referencia objetiva acerca de cada sitio que debe ofrecer servicios básicos a la población, entre ellos, el propio consultorio médico.

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