ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

No importa que trajera el brazo hinchado de chapear tanto yerbazo, de andar tumbando monte todo el día. Tito era un niño grande. Primero trabajar, para ayudar en la casa, luego mataperrear, si quedaba tiempo.
No importa que trajera el brazo hinchado de dar tanto machete. Ponía la piedra donde mismo el ojo. No había un vejigo en todo Soledad (central Soledad, hoy El Salvador, Guantánamo) con más puntería que Tito en el tirapiedras.
Cuando el tío que era guardia en el Moncada de Santiago le dio el riflecito, demostró que no era con la horqueta nada más. Sacaba el fondo de cualquier botella colando la bala por la boca, volaba el filtro de un cigarrillo en vertical, no había paloma sobre un güin que se escapara…
Cuando nadie dudó que su talento pintaba para militar, y el tío se lo llevó a inscribir, fue que muchos supieron que lo de Tito no era por Eduardito; que se llamaba Braulio, Braulio Eustacio Curuneaux.

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No estaba de servicio en el Moncada la madrugada del 26 de julio. Se había quedado a descansar en el cuartel. Con los primeros disparos de la sorpresa frustrada, tardó muy poco en reaccionar y encaramarse al ángulo superior, sobre la posta tres, donde empezó el fuego terrible de su ametralladora contra los asaltantes.
Entonces era el soldado en eficaz cumplimiento de su deber; demasiado eficaz, al punto de sacar, tiro por tiro, una cinta habilitada para ráfaga.
No sabía, por supuesto, quién asaltaba, ni cuál era su causa. Tampoco lo supo en las horas siguientes, cuando se negó a participar en la masacre, la cacería, la orgía de sangre. Era tan disciplinado como cabal. No un asesino.
Al Ejército no le hacían falta hombres cabales, sino perros de caza. Por eso enviaron al sargento Curuneaux a Bayamo, al centro de una treta para cobrarle la negativa. Acusado de asalto a un civil, en un registro, lo pusieron preso en Boniato, cárcel común para un militar juzgado… Le habían hecho un favor.

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«¿Cómo es que tú, militar, estás aquí?». Raúl Menéndez Tomassevich era otro preso, encargado de las listas de reclusos. En pocas horas caló el alma de Braulio, y convenció a los oficiales de colocarlo en la armería, de ayudante.
Cuando a la par del levantamiento de Santiago el 30 de noviembre del 56 unos 80 internos complotados escaparon de Boniato, los guardias no pudieron contener la fuga. Primero, por las precisas informaciones recopiladas mediante las artimañas de santería de Tomassevich; segundo, porque Braulio desactivó las armas.

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Activo en la clandestinidad, bajo el nombre de Antonio, la marca de su pasado le cerraba el ascenso a la Sierra Maestra, hasta el día en que Haydée Santamaría lo encaró: «Disparos como los tuyos mataron a mi hermano los días del Moncada».
Cuentan que bastó una mirada firme y convencida, a la par del mazazo de una frase: «¡Yo no soy un asesino!». El 27 de noviembre de 1957 se cuadraba ante Fidel, en el alto de Palma Mocha.

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No bastó la condición de guerrillero para callar las ojerizas en la tropa. Braulio era para muchos, de todos modos, el mismo hombre del fuego sobre la posta tres.
Dejó que su arrojo en el combate, y su valor, hablaran por él. Así lo dijo su estreno en Pino del Agua 2, en la batalla de El Jigüe, o cuando lo inquirió Fidel por irse al frente con apenas ocho hombres:
–¿Y esa es tu tropa para el combate?
–Valen por diez cada uno. Llevo 80.
Hay quien dice que la última prueba de lealtad fue su envío a Santiago, luego de brindarse para cumplir una arriesgada misión.
Era entonces el más cotizado de los presos buscados tras la fuga de Boniato. Lo reconocieron en la calle, lo persiguieron y rodearon en la casa de una sola salida, donde estaba.
Braulio ordenó a la dueña que abriera, con determinación. Casi muerta a golpes la muchacha, con la clavícula partida, y la vivienda al revés, fue la escena que dejaron los sabuesos, el doble de rabiosos por no encontrarlo.
Soportó todo el registro bajo el agua de un tanque, con apenas el cañón del arma afuera, para mandar a volar al que asomara.

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«Descuide, Comandante, por aquí no pasarán», dijo, y así ocurrió.
El firme de la Loma del Martillo, a la entrada de Guisa, era una galería de 200 trincheras, fabricadas y ocupadas por sus hombres.
La más violenta y desigual de las batallas decisivas en pos del triunfo definitivo de la guerra, dependió en grado sumo de la eficacia del fuego de la 30 manejada por el capitán Curuneaux, un valladar infranqueable para las compañías del refuerzo venido de Bayamo.
En la tarde del 27 de noviembre, justo al año de llegar Braulio a la Sierra, los cañonazos de un tanque Sherman quedaban bajo la línea de su posición. Él lo sabía; pero en las últimas cintas de su ametralladora había balas trazadoras preparadas contra aviones, que lo delataban. La tanqueta se dejó caer a la vera de la carretera, levantó el ángulo del cañón, y disparó.
Seis días antes, Braulio había despertado en la trinchera sobresaltado, y lo contó: «Soñé que me habían matado».
Seis días después, ante el cuerpo despedazado del capitán, y de otros dos compañeros, Fidel arengaba a su tropa conmocionada, y les ordenaba fuerte volver a sus posiciones.
Junto a Celia, que sujetaba un casco bocarriba, el Comandante se inclinó después sobre la tierra esparcida y recogió en silencio cada pedazo de carne.
En el mismo lugar, horas más tarde, tres cruces de palos finos coronaban los promontorios, y un mensajero llevaba, atravesando la noche, una esquela al teniente Orlando Rodríguez Puertas: «Ha sido una gran victoria, aunque nos costó la pérdida del mejor oficial que contábamos».

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