ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Me aprendí casi de memoria las anécdotas curiosas y a veces hasta increíbles que contaban los periodistas durante las pausas para conformar cada edición del rotativo matancero, allá por los años 80 del pasado siglo.

Aquellos episodios, algunos del imaginario periodístico, marcaron el inicio de no pocos jóvenes en Girón, nombre épico que recibió el 22 de noviembre de 1961.      

La redacción del periódico se encontraba entonces en la calzada de Tirry, céntrico sitio de la ciudad y adonde en horas de la noche llegaba la brisa de la bahía, aliciente adicional para quienes estaban en funciones reporteriles en el horario nocturno.

Llegué al rotativo yumurino el 4 de abril de 1983. Lo recuerdo como si fuera hoy. Vestía pantalón vaquero bastante poco original y un pulóver de color impreciso, muy gastado por el uso y algo entallado en los brazos para realzar los tríceps aún visibles. Ah, y unas botas que me acompañaron por más de una década.  

Como todo recién graduado, arribé con la idea de comerme el mundo. Ese afán de sobresalir en el plano profesional, lógico al fin y al cabo, me hizo ignorar no pocas veces que el periódico acumulaba una historia de casi un cuarto de siglo, y que muchos de quienes me dieron la bienvenida habían consagrado ya la mitad de su vida a aquel medio de prensa.

Con el paso de los años entendí mejor que nadie se hace periodista de la noche a la mañana. Se forja, sobre todo, en las redacciones. Así le ocurrió a Leandro Pubillones León, revolucionario de cabo a rabo y uno de los más lúcidos compañeros de la nómina de Girón.    

Un tipo afable que nunca perdía el dominio de sí mismo y siempre iba en busca del lado bueno de las cosas.

Cuentan que vencido por el cansancio muchas veces llegó a dormirse encima de las mesas del periódico.

No era lo que se dice un reportero de fila. Destacaba más bien por sus condiciones como organizador y llegó inclusive a dirigir el periódico por un periodo breve. Años después trabajó en Prensa Latina y le dio la vuelta al mundo.  

Algunos lo recuerdan también por sus reseñas acerca de hechos inusitados. Solía voltear al derecho y al revés la vida de sus entrevistados.

Una de sus más graciosas crónicas tuvo como protagonista a un machetero durante la llamada zafra de los diez millones, en 1970, cuando el periódico olía a caña de azúcar. Fue una de las innumerables historias sobre los azucareros del territorio aparecidas en el diario.    

Se trataba de un obrero inagotable, de manos rudas, que llegaba al campo desde horas de la madrugada.

Todos los días daba una real demostración de cómo cortar caña. Y por supuesto, ansiaba el primer lugar en la dura controversia machete en mano, de la cual participaban centenares de consagrados macheteros de la región por ver quién cortaba más.

Con el afán de no perder ni un segundo, aquel hombre corpulento realizaba todos los menesteres en el corte, hasta el punto de que se inventó una vasija para «hacer sus necesidades» in situ, con cierta facilidad y no muy lejos del tajo, lo cual relegó a un lugar secundario su fama de buen tumbador de caña.

Dicen que exhibía el ocurrente artefacto como el último hallazgo y se hizo experto en su uso y cuidado.  

Nunca quedó claro si al final aquel campesino, que no estaba tan loco como parecía, ganó la fraternal porfía, pero a partir de la crónica de Pubillones aparecida en Girón conquistó una rapidísima popularidad, y no únicamente por sus destrezas como machetero.

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