ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

La vida bien pudiera compararse con un círculo. Desde la niñez partimos en vertiginosa andadura hasta llegar a la vejez, cerrando el ciclo muy cerca del punto donde todo comenzó. Travesía diversa que deberá traernos satisfacción por los años vividos.

Varias serán las paradas que durante la trayectoria haremos para reflexionar, enmendar, crecer y madurar. Aun cuando cada uno de esos momentos llevará la impronta de lo que nuestra conciencia nos dictará, lo crucial en el transcurso de los años no será lo que nosotros mismos creamos que somos, sino la opinión de los ajenos acerca de la imagen que irradiamos.

De dónde partí y hacia dónde quiero llegar. Ese proyecto de vida ha de comportarse cual hilo que nos conduzca por cauces de amor al prójimo y respeto por la dignidad humana, alejados del menosprecio que subestima el valor de los demás.

El paso por la adolescencia y la temprana juventud son etapas en las que la voluntad, fuerza, creatividad, acometividad y el desafiante arrojo ante las más peligrosas encomiendas caracterizarán el diario quehacer y las relaciones interpersonales. Sin embargo, en las actuales condiciones de nuestro país, donde en muchos hogares confluyen e intercambian criterios y maneras de hacer varias generaciones al unísono, ser joven ha de entrañar una actitud que concilie esa intensidad creadora con la comprensión amorosa hacia los mayores.

La mano del abuelo que en tu niñez cada mañana le restó minutos al sueño para llevarte al círculo infantil, y más tarde a la escuela, ha de ser para ti –con las arrugas que le agregaron los desvelos por tu bienestar– la misma que apretarás con bondad, comprensión que él agradecerá, aun cuando ya no pueda disimular las marcas del duro bregar en su octogenaria existencia.

Haz que vea en ti al joven que le recuerde sus mejores años, aquellos en los que iba por la vida abriendo senderos, quién sabe con cuántas amarguras en el alma, pero siempre mirando hacia adelante, empecinado en fundar esa familia de la que hoy eres uno de sus apreciados hijos.

La vejez, o tercera edad, como la llamamos hoy, significa quizá cierta regresión a la niñez, edad en la cual muchos necesitaremos de quienes nos rodean para auxiliarnos no solo al ejecutar los más sencillos movimientos, sino para comprender las realidades y sueños de la actual sociedad cubana, en constante renovación.

Atenderlo como merece el abuelo, o el padre que por una mala jugada de la salud haya quedado imposibilitado para trabajar y contribuir a la economía casera, pone al descubierto las mejores fibras de quienes tienen plena conciencia de cuál es su deber ante los que durante décadas entregaron lo mejor de sí sin esperar recompensa alguna.

Cualquiera de nosotros conoce a un vecino o una vecina que, aunque su vida laboral no había llegado al final, se acogió a la jubilación por tal de dedicarle tiempo suficiente, y con calidad, al cuidado de una o más personas de la tercera edad que comparten su hogar. Otros, sin opción para silenciar sus responsabilidades laborales y, sin los servicios de un «cuidador», hacen maravillas para laborar al mismo tiempo que atienden al abuelo.

Cifras existen, y manejadas con bastante regularidad, cuando se afirma que más del 20 % de la población cubana rebasa los 60 años de edad. El dato nos dice por las claras cuál ha de ser el papel que ha de asumir la familia en favor de las personas mayores que comparten su entorno, cuando, además, hemos de pensar que, incluso a tenor de los planes del país por crear más centros para el cuidado de los ancianos, nunca serán suficientes.

Tomarlos de la mano y andar, es reconocer en ellos la memoria familiar y la sabiduría que nos condujo hasta aquí. Esa es la tarea que corresponde a las mujeres y hombres de buen corazón.

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.