Toda la vida lo conocí como Fornaris, su apellido. Nadie en el periódico lo llamaba por su nombre. Era un veterano carpintero, sobrecogido si hablaba en público, solícito, y motivo de asombro de muchos al pasear la vista por las obras a las que entregó su corazón, aún algunas vivas entre nosotros.
Tardó meses en construir, in situ, un mueble de caprichosas curvas, en el lugar donde antaño radicaban las redacciones de Deportes e Internacionales.
Tenía un sinnúmero de gavetas para atesorar documentos que, a manera de archivo de papel, alimentarían los futuros artículos, comentarios, entrevistas.
Hablo de días lejanos, cuando se escribía en máquinas mecánicas y los ruidosos teletipos, vomitando noticias sin freno, hilvanaban su ritmo aislados en un local cerrado.
Fornaris terminó su mueble y, una vez pintado, relucía. Para armonizar, también recobraron sus colores las mesas de los periodistas, lo que hizo más agradables las extensas horas dedicadas al trabajo.
Una de esas noches, en las que tardaba el cierre de la edición, un redactor encaramó las piernas, para descansar, sobre su rejuvenecido buró. Qué fatalidad, porque en uno de sus reiterados recorridos desde su oficina a la sala de los teletipos, buscando la última noticia, el director Jorge Enrique Mendoza lo sorprendió in fraganti.
–Mire, tan bonita que ha quedado esta redacción, ¿no sería mejor ponernos todos de acuerdo para cuidarla?, le dijo Mendoza en tono severo.
El sobresalto apresó al relajado personaje, mudo y abochornado ante aquel reclamo.
Cuidar para tener, es muy válido, ese era el mensaje directo. Y si apreciamos el resultado de una restauración de obras que nos hacen agradable la existencia, el deber de mantenerlas cobra un valor agregado.
No pretendamos alcanzar una falsa unanimidad en lo que a diario pensamos y hacemos. La diversidad calza el desarrollo, pero existen temas en los que, si todos tiramos en la misma dirección, el carro avanza sobre los neumáticos del ahorro de recursos, que luego pueden emplearse en incrementar nuevas acciones.
Vean si no es verdad. ¿Habrá razón para que un recipiente recolector de desechos sea volcado con las ruedas hacia arriba, vacío, mientras los desperdicios pululan a su alrededor? Si no existe el tanque, protestamos, pero cuando está para servirnos, lo maltratamos hasta su muerte.
Igual acontece con el abasto de agua. Si no la tengo, protesto. Sin embargo, cuántos de nosotros llamamos la atención y exigimos ahorrarla si la vemos correr a raudales calle abajo porque alguien, por pura indolencia, la malgasta.
No es abogar por unanimidad a ultranza, es aplicar el sentido común y la responsabilidad ciudadana en beneficio de la comunidad. Colaborar a favor de preservar cuanto nos rodea, como reclamaba Mendoza aquella noche, desborda esa felicidad nacida de la colaboración amigable, y se disfruta más si todos caminamos por la misma senda de respeto.
Maltratar el mobiliario de una escuela. Depredar los teléfonos públicos. Mostrarse castigadores con el ómnibus por considerarlo responsable de la tardanza en pasar. Qué provecho nos otorgan esas acciones, si más tarde nos incomodaremos cuando no sirvan las sillas y mesas de la escuela, no podamos utilizar el teléfono, o si las hoy insuficientes guaguas para el transporte público quedan desvencijadas.
¿No será mejor cuidar para tener?




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Jorge dijo:
1
16 de noviembre de 2018
14:19:15
Reynerio dijo:
2
17 de noviembre de 2018
09:37:41
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