ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Cuando te avisan que vas a entrar a un quirófano, te permites una dosis de valentía. Es probable que desconozcas tu propia imagen frente al espejo, armada de una coraza invisible. Resuelves que lo harás…, otros antes de ti han entrado a un salón de operaciones y das por sentado que no serás el último.

Lo anterior ocurre en el día uno, cuando la idea de la operación no rellena todos y cada uno de los segundos de tu existencia. Su protagonismo en cada pensamiento va in crescendo mientras se acerca la hora. No debido a lo complicado de la intervención en cuestión, eso no lo sabes, lo que en realidad carcome es la idea de ponerte en manos de otros. Otros que a lo mejor conozcas, incluso, porque quizá les precede una fama bien ganada por años de experiencia o situaciones peores que la tuya, donde salieron repletos de aplausos que no siempre se dieron con las manos.

Como la gratitud es la memoria del corazón, cuando uno precisa una cirugía, de cualquier índole, empieza por adelantado a sentir eso que llaman agradecimiento. No es que tu vida esté en manos de esas personas, o sí, va a ser exactamente eso. Hay algo esotérico en eso de la anestesia, del sueño para no sufrir mientras otros, de verde esperanza, van sufriendo por ti para que no decaiga tu pulso ni se detengan los latidos de tu existir. Te van consolando, si estás medio despierto a veces, con mentiras blancas para exorcizar tus miedos.

Los cirujanos, enfermeros y anestesistas… todo el que forma parte de un equipo quirúrgico es persona de carne y hueso, con problemas reales, como los tuyos, pero magnificados cuando te percatas con solemnidad y respeto de que aquel muchacho que no llega a los 40, subiendo todos los días hasta un tercer piso sus cubos de agua, es la misma persona que sutura tu herida, con la sapiencia de un gran maestro.

Claro, los grandes maestros también pierden partidas, pero sus horas de desvelo debido a los otros, sus horas de sueño que no volverán, sus domingos sin más familia que los acompañantes de su paciente, hay que aplaudirlos hasta que duelan las manos de tanto hacerlo. Es tu (mi) confianza del que no ve, del que se deja guiar como el ciego por los vericuetos de un recinto siempre frío, que cala en los huesos y deja un recuerdo en el alma.

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