ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Recorrer La Habana Vieja fue un placer disfrutado desde los días de la niñez. Andar por sus calles y plazas, compartiendo las aceras con el gentío que a duras penas cabía en ellas, suponía una aventura simpática que me introdujo al conocimiento de aquella, la parte más antigua de mi ciudad.
Nuestra guía en su laberinto de rincones era Estrella, madre de Adela, la encargada de la casa en que vivíamos. Simpática y alegre a pesar de los años, con aire andaluz, risa sonora, y espontánea e ingeniosa para todas las picardías cubanas. Nos llevaba hasta su accesoria en la calle de Habana 1014, que fue la primera casona de su estilo que vi. Era una casa solariega, en la doble acepción clásico-criolla de la palabra solar: que fue de algún antiguo linaje, y solar de los pobres, que llevaban vida alegre y fraterna en torno al patio central, a la sombra de arcos y columnas, súbitamente iluminados los espacios interiores por los rayos de luz que penetraban a través de un gran vitral de medio punto.
En el camino nos deteníamos para saborear naranjas que en ordenada pirámide –sobre una carretilla de ruedas– pelaba de continuo un vendedor, que lucía orgullosamente su «guapita», camiseta de algodón de manguitas con aplicaciones de guinga rojo punzó, que al decir de Estrella, estaba muy asociada a la gruesa cadena con el medallón, por el cual se reconocía a nuestro personaje.
«¡Santa Bárbara bendita!», era el saludo de Estrella, e inmediatamente nos sentábamos en unos cajoncitos de madera, colocados unos sobre otros, donde tenía el florero. En cubos y envueltos en papeles húmedos, exhibía en la acera, girasoles, extrañarrosas, dalias y crisantemos.
Reclinado sobre las paredes pintadas de cal, entre los portones y rejas de la casa ante cuyos muros nos encontrábamos, había un retablillo de madera lleno de estampas, oraciones, conjuros y otras artes del género; impresas en papel gaceta viejo, podían leerse súplicas al ánima sola, a los siete santos auxiliares, al varón del cementerio, a San Luis Beltrán o a las once mil vírgenes. Atesoraba en un baulito los frascos del agua florida envueltos en papel plateado y otras curiosidades que ya no recuerdo.
Y así, uno tras otro, como caravana detenida, estaban los «yerberos» –médicos empíricos a los cuales acudía todo aquel que estuviese aquejado de algún mal del cuerpo o del alma, porque las hierbas eran también depositarias de las promesas que en tiempos inmemoriales hicieran los magos y hechiceros de la Europa medieval o que los ancianos babalorishas habían enseñado en el África profunda, o de los consejos de los behíques indígenas de las Antillas, todo eso convertido en ciencia popular, en sabiduría de la multitud ignota que integrábamos.
Entrar en La Habana Vieja, cruzar las murallas invisibles, era para mí solamente comparable con deambular por los interiores de la gran Plaza del Vapor, cuya fachada principal impresionaba a los transeúntes de la calle Reina, o el gran mercado de El Polvorín, uno de los edificios más imponentes que ocupaba la manzana donde fue levantado, posteriormente, el Palacio de Bellas Artes. Ambas construcciones se perdieron como otras tantas, dejando un vacío irreparable en la imagen gentil y acogedora de La Habana.
Pero la visita que más agradezco a la inefable Estrella fue al Templete, en las primeras horas de la mañana de un 16 de noviembre, siguiendo el laberinto de voces, pregones, cantos, piropos... que escuchamos al atravesar las calles de Compostela, Habana, Cuba, para siguiendo la de Empedrado, desembocar en la Plaza de la Catedral.
A las puertas del templo, hallábanse, sobre las gradas del atrio, las comitivas abigarradas de los menesterosos, lisiados, ciegos, lazarinos del Rincón, amalgamados en el humo de los braserillos de incienso, junto a los vendedores de cirios y detentes.
Cruzamos el umbral entre el rumor de los orantes y penitentes, hasta llegar al sitio donde se alzaba la imagen de San Cristóbal, la misma que había esculpido un tal Juan de Andújar siglos antes: envuelto el cuerpo enorme en vestidos de terciopelo, sobre los cuales chispeaban las piedras y las perlas bordadas, y sosteniendo el mítico gigante del Asia Menor la palma de plata.
Esta escala precedió nuestro arribo a la Plaza de Armas, no sin antes pararnos para encargar unas minutas de parguitos y rabirrubias que sobre mesas y tarimas escamaban los pescadores, cuyos barcos podían verse a lo largo de la orilla inmediata del canal del puerto.
Finalmente arribamos al Templete, donde decenas de personas pugnaban por llegar al tronco de la ceiba vieja, que vivía sus últimos años. Los ancianos negros, sostenidos por sus hijos y nietos por uno y otro brazos, besaban reverentemente el leño; otros soplaban el humo de sus tabacos como un sahumerio votivo, mientras algunos colocaban entre las poderosas raíces de la base, manos de plátanos atados con cintas de colores, cocos partidos y dulces de merengue y de chocolate, rociados con miel de abeja salpicada de grageas.
En el interior del recinto, apenas visibles tras una pátina ennegrecida, estaban los grandes lienzos que alguien trataba de explicar identificando algunos de los personajes. Cuando salimos de aquella atmósfera densa, me quedé sorprendido y atónito ante la belleza de los edificios circundantes, sin imaginar que entre ellos pasaría la parte más importante y prolongada de mi vida. Tampoco podía sospechar que el árbol añoso vivía su última década, como si con su imperceptible agonía estuviese advirtiendo que una época iba a concluir en breve, y que todo cuanto había visto aquella mañana fueron los símbolos acabados de viejos tiempos.
(Crónica tomada del libro Fiñes)

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Jorge Mieres dijo:

1

9 de noviembre de 2018

08:12:31


Muchas gracias a Usted, Leal, por esta crónica y por su dedicación. Leyéndola uno piensa lo importante de mostrar a los niños los valores del lugar donde vive. Los edificios, las personas y sus tradiciones. Las escuelas tienen una responsabilidad, pero los padres también, en mi opinión, esta responsabilidad es mayor. Como decía ayer su Asistente en el programa "Papel en Blanco" de Canal Habana, gracias a personas como Usted y otras también que nos han vuelto a mostrar La Habana. Como fue para Usted Estrella.

Andrachi dijo:

2

10 de noviembre de 2018

14:45:06


Gracias, Eusebio. Qué agradable leer sobre todo esto, cuántas voces que regresan. Emocionado.

María Antonia dijo:

3

11 de noviembre de 2018

10:39:10


Gracias, usted para mí, reúne tres cualidades que admiro, cubanía, sabiduría y oratoria encendida. Gracias por estar, dichosos los cubanos que lo tenemos.

Daisy T. Rivero Leon dijo:

4

13 de noviembre de 2018

08:05:11


Es una parte excelente de ese libro que da deseos de leer de un tirón. ¡Que placer sentir que se escucha a Eusebio! La Ciencia y Dios le den muchos años de vida. Lo necesitamos aunque sea para escucharlo.

Doris dijo:

5

13 de noviembre de 2018

10:12:45


¡¡¡¡Como yo lo admiro y lo quiero!!!! en este momento nos muestra La Habana pero es leal a nuestras tradiciones y patrimonio cubanos yo quiero que todos nuestros profesores de historia de cuba sean como ud porque con su amor y oratoria entrega seguridad a quien lo escucha