ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

A punto de pellizcarme para convencerme de que no soñaba amanecí al fin de vacaciones. Por más que uno se planifique y el mismo centro en el que se trabaja nos pida al comienzo del año un esbozo del periodo de descanso, para muchos trabajadores es una verdadera incógnita concretar, por diversas causas, esos días tan deseados como necesarios.

Aunque fui a ellos –los primeros diez días en todo el año– cargada de ilusiones sencillas, sin planes de paseos ni soleadas estancias, la angustia, oportunista como es, me estuvo rondando. Se me presentó tormentosa, incluso antes de que llegaran, asegurándome que el tiempo no me alcanzaría para conseguir paliar de mi lista de prioridades los tantos asuntos pendientes que por ellos estaban esperando.

«Me mantendré informada, ¡claro está!» –me dije– como verdad irrebatible para un periodista, o como esas necesidades que llegan a ser esenciales después de que los hábitos les trazaron la ruta.

«Pondré como siempre Telesur desde la mañana, ahora más tiempo, pues no tengo que andar corriendo para irme a trabajar. Los noticieros serán consumo diario mientras mis manos se ocupan de otras cosas. De encomiendas laborales, solo eso. Para que sean de verdad vacaciones».

Y así fue (o al menos así creí que iba a ser). Ya sin pellizcos ni recelos viví mis días. Saber que estaba en casa, disfrutando las más comunes faenas, las más simples y entrañables, las tantas veces pospuestas para la noche, o para cuando se pueda, me hizo sentir con cierta dulzura, el rayo de sol intenso que casi nunca despierta a los que deben tirarse temprano de la cama.

Cumpliendo al dedillo mis «acuerdos vacacionales» y tratando de eliminar puntos de la lista de marras, acomodé estantes, organicé el aparador, saqué del baúl del olvido alguna que otra ropa doblada hasta que le llegara el día de ponerle el botón perdido, o arreglar el descosido que la apartó del ropero. Me sorprendí oliendo varias veces las sábanas recién lavadas o embobecida con el sonido de la olla de presión, que atraviesa el recuerdo y es el mismo de cuando la abuela era quien preparaba a tiempo el almuerzo para todos.

Tiempo para lavar las flores y devolverles el brillo que deja el agua cuando alcanza los objetos que no puede tocar todo el tiempo, para buscar canciones lejanamente oídas, y hasta encapricharse en una y tararearla mientras la cuchara de madera revuelve y revuelve una natilla o un boniatillo de esos que se hacen por las tardes y perfuman con canela el hogar mientras los otros llegan. Espacio para cambiar a una maceta aquella planta que, a fuerza de crecer tan linda, merece abandonar ya el recipiente que provisionalmente le buscamos para no renunciar a tenerla.

«El librero tendrá que esperar», –acepté resuelta. Esa tarea sí se las trae y son muchos los nuevos «inquilinos» que sin espacio reservado le llegan y esperan por ganarse un espacio, donde poder exhibir su lomo titulado. No obstante, algunos pocos del más reciente bulto gozaron la suerte de estar entre los elegidos y se sintieron plenos al ver que entre tantos, al menos se les echa un vistazo, algo parecido a ese marcar en la cola, tan nuestro.

El asueto permite paseos por el barrio, ahora más distendidos, al menos no con el corre-corre de los fines de semana, cuando todo se reduce a unas horas y donde todo lo que hay que hacer debe contemplarse en tiempo récord. Es chance para ver rostros que hace mucho no encontramos, para el saludo sin prisa o la llamada a aquellos amigos que, de timbrarles en las noches cotidianas, cuando no estamos de vacaciones, con certeza nos robarían horas de charla de las que no siempre disponemos.

Procuro tomar los consabidos, pero siempre incumplidos ocho vasos de agua, beber té verde por las tardes, y respirando el aroma de un incienso que con frecuencia olvido encender, poner en remojo frijoles y hasta rociar a la antigua la blusa que se queda siempre relegada por aquella otra prenda más práctica, la que viene bien porque no se plancha.

¿Creerá alguien que las mujeres que trabajamos desde muy temprano y hasta la noche disfrutamos estar tantas horas fuera de casa? ¿Pasará por alguna cabeza que nos da gusto posponer la faena hogareña (incluso cuando se comparte) o llegar casi a la hora de dormir? ¿A quién no le gusta tener espacio para el gimnasio, escuchar la radio los mediodías?

En todo esto pienso cuando deleitada en mis quehaceres me sacude la noticia de que el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, se reúne con los padres de los 43 estudiantes desaparecidos en el 2014, y se ha comprometido a crear una comisión reveladora de la verdad del horrendo caso.

No puedo entonces controlar la velocidad del pensamiento que va como una flecha al Consejillo del periódico, donde se discuten en confluencia colectiva los trabajos que serán publicados al otro día, o al departamento de Internacionales, donde seguramente preparan algo relacionado con el tema.

Rota la inercia, conviven en esos días, ya en similar proporción, el disfrute de hacer las tareas más simples con ese hormigueo del que no puede librarse un obrero de la noticia, un profesional de la información.

Es inútil intentar despojarse. Mientras el reloj acorta las vacaciones crece aceleradamente ese desasosiego –llamémosle inquietud– que habita en los periodistas. Regreso al trabajo con menos asuntos resueltos de lo que me propuse, y más notas para convertir en trabajos, añorando las tardes calmadas casi nunca disponibles, como mismo se añora en el descanso la chispa vital con la que amanecemos cada día.

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yadira dijo:

1

12 de octubre de 2018

07:32:42


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Cotón dijo:

2

12 de octubre de 2018

09:55:38


Sí decididamente, necesitas a alguien que te ayude en la casa... no se puede con tanto y ni con ambas profesiones: periodista y ama de casa... por mucho que uno sea de espíritu casero, familiar, costumbrista, clásico, conservador.... excelente texto amiga, besis

Madeleine Sautié Rodríguez Respondió:


14 de octubre de 2018

08:56:43

O, no, querido amigo, sabes perfectamente que en mi casa todos hacemos de todo. Se trata de la imposibilidad de desprendernos de nuestra misión laboral incluso cuando tomamos unos días. Bien lo sabes, porque te pasa, un abrazo, Madeleine

nestor dijo:

3

15 de octubre de 2018

12:43:41


lindo comentario, un debate interno entre la necesidad de descansar y el trabajo comunicacional como prioridad, a mucho0, de otros tantos perfiles laborales, nos ocurre lo mismo.