En un rincón umbroso de la pequeña alcoba, que abría al patio rectangular –como las puertas de las otras habitaciones–, velada la luz y la intimidad de cada una de las familias tan solo por una cortina, y sobre una mesita graciosamente construida por el mismo carpintero que reparaba los sillones, las jaulas y las sillitas de los niños, se encontraba situada la tinaja, a la que el uso de muchos años otorgaba un color blanco verdoso en su parte exterior, por donde casi perladas se deslizaban imperceptibles las sudoraciones del agua.
Pulcra en su interior, de ella se extraía con un gran cucharón la cantidad necesaria para colmar un vaso o mi pequeñito jarrito de esmalte azul y blanco.
De todas las instituciones domésticas que han huido para siempre de nuestras costumbres, una de las que más extraño, es la tinaja.
La noticia llegó un día. Habíamos ingresado en una nueva dimensión de la prosperidad; a plazos, mi madre había adquirido por fin la nevera, que llevaba como distintivo un oso blanco en la tapita superior, que servía de compartimiento al hielo.
Ahora lo más común es que todo el mundo hable del agua y de las cosas frías como algo normal; pero entre los sueños y la realidad hay un espacio de sacrificios ignotos, que cuando se conocen, permiten otorgarles su verdadero valor a las cosas.
Se podía obtener el hielo en el depósito; pero Germán, el padre de mis queridos amigos, se brindó solícito a incluirnos entre sus «marchantes». Su carro, de motor, llevaba la carrocería creo que de color verde o azul intenso, fileteada en amarillo, y en ambas caras laterales grandes osos blancos que jugaban sobre una piedra de hielo enorme.
Cuando subía al interior, todo forrado en latón, se colocaba en la cabeza un saco, que semejaba los antiguos gorros frigios, pero que le llegaba a cubrir las espaldas. Muchas veces nos permitía subir a disfrutar del frío, infinitamente más delicioso que el que podíamos gozar en el efímero invierno habanero.
Germán movía los bloques en una u otra dirección usando unos grandes garfios de hierro, y luego cortaba magistralmente los pedazos que se envolvían en papel periódico, además del pañito de yute llevado exprofeso para el encargo. Indistintamente decíasele a nuestro amigo «hielero» o «nevero», en correspondencia con la fascinación que solemos tener las criaturas tropicales por esa fiesta de la melancolía, acto de magia de la naturaleza, que es la aparición de la nieve.
Como si pasase las páginas de un álbum de fotos, aparecen los carteles que anunciaban la presencia en la ciudad de los patinadores que protagonizarían el espectáculo conocido con el nombre de Holiday from Ice, y que solo logré ver muchos años después cuando visité a la Unión Soviética.
En nuestra cuadra, ante el inventario de tinajas, neveras y refrigeradores podría escribirse una historia de la lucha tenaz por la prosperidad. Una señora, por ejemplo, tenía un refrigerador que solo operaba si se introducían diariamente las correspondientes monedas en la alcancía, otra un modelo que funcionaba con queroseno, combustible al que aún se le llama «luz brillante». Los verdaderos y auténticos «frigidaires» suponían el non plus ultra, promesa y antesala de la verdadera felicidad.
El acondicionador de aire, la más ingeniosa variante de estas creaciones del talento humano, no estaba en los cines de barrio: funcionaban con extractores, que disminuían grandemente el clima denso de las salas. La primera vez que atravesé las puertas de cristal de una agencia bancaria –a la que acudí no sé por qué razón– o a un cine de mayor categoría, la impresión fue inmensa.
Ahora ante mis viejos libros y papeles medito en la ciudad de tiempos aún más remotos, cuando se
esperaba con ansiedad la llegada del navío que traía la nieve auténtica desde los puertos del Norte, lo que permitió que algunos cafés, los más elegantes, como La Dominica, El Anón del Prado o la propia heladería del Palacio de Gobierno, presentasen el acontecimiento de los sorbetos, a los cuales se había otorgado el inigualable sabor y perfume de las frutas de Cuba. O la larga discusión en el Tribunal del Protomedicato, sobre si era conveniente o no a la salud humana el refrescar o helar los alimentos. Nuestra pasión por el frío es tal que no se detiene ni ante los razonamientos de la historia, que cuenta cómo el rey consorte Felipe el Hermoso murió repentinamente luego de haberse tomado, tras un agitado torneo deportivo, un vaso de agua helada. Esto me lo explican con ternura y paciencia los cocineros chinos de la Torre de Marfil: qué locura echar agua helada en la digestión de alimentos calientes.
Pero estoy seguro a estas alturas que nadie podrá desterrar nuestra insólita costumbre.
A las puertas de un comercio no lejano, vi hace unos días derretirse displicentemente unas enormes piedras de hielo. Sentí pena y la necesidad de proteger, como cuando era niño, del calor al frío, y me asaltó la tristeza al pensar en el agua discretamente fresca de nuestra tinaja.
*Crónica tomada del libro Fiñes




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Nestor dijo:
1
3 de octubre de 2018
08:53:06
Tony C dijo:
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3 de octubre de 2018
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Aidelyn dijo:
3
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13:56:16
Sibila Respondió:
4 de octubre de 2018
08:55:22
Aimara MM dijo:
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3 de octubre de 2018
13:59:18
Andy dijo:
5
3 de octubre de 2018
14:02:40
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