ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

«Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Solo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro».
Frente a una de las más descollantes descripciones aparecidas en las páginas literarias de todos los tiempos, me atrevo a asegurar que es Platero (personaje de Platero y yo) el más célebre de los asnos que en el mundo de las letras han sido. Su autor, Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura en 1956, eternizó no solo sus recuerdos infantiles –aunque la historia no sea autobiográfica–, sino también la belleza de los campos de Moguer, donde colocó dulzuras y desgarramientos, vividos por los pobladores del lugar, de esos que un lector jamás olvida.
Con absoluta claridad negó el maestro de la llamada Generación del 27 que hubiera dirigido este libro al público infantil. «Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se les ocurren»; sin embargo, la ternura de los pasajes, la relación afectiva del narrador con el burrillo, la presencia de niños y otros animales participando de las escenas narradas y la selección de los hechos aparentemente simples llevados a la historia, resultan garantes de que los niños conserven en sus memorias líricas la remembranza de un ser al que su dueño trataba como se trata a un pequeño:
«Si el camino se torna fragoso, y le peso un poco, me bajo para aliviarlo. (…) Es tan igual a mí que he llegado a creer que sueña mis propios sueños».
En la calidez de esas evocaciones para el lector cubano tienen gran peso las reediciones que ha tenido la obra (la última publicada por Cubaliteraria) y la ­selección del material recomendado por las enseñanzas primaria y secundaria, en las asignaturas de lengua y literatura. La intuición pedagógica no podría obviar la valía de estos textos, en que el idioma tiene un modelo, y la sensibilidad, un estímulo.
¿Quién que haya leído alguna vez las alusiones a la flor del camino o a la niña tísica, la que se le caía la «voz pueril, delgada, y rota», «como se cae, a veces, la brisa del estío», podría borrar de su entendimiento las imágenes de Juan Ramón?
¿Quién podrá hallar mejor ejemplo para cultivar el amor por los animales que el pasaje aquel en que el guarda le disparó al perro sarnoso y en pleno día «un velo grande parecía enlutecer el sol, (…) como el velo pequeñito que nubló el ojo sano del perro asesinado?».
No creo que haya muchos ejemplos que puedan superar la perfección del fragmento que sigue, si se pretende pensar una palabra, y sacarle hasta la última gota de significado, en un acto de disfrute total ante la belleza del lenguaje:
«¡El Pozo! Platero, ¡qué palabra tan honda, tan verdinegra, tan fresca, tan sonora! Parece que es la palabra la que taladra, girando, la tierra oscura, hasta llegar al agua».
En Platero… conviven días de gloria, en que los niños encuentran la dicha en el simple esplendor de la naturaleza, con otras estampas que laceran, como la que cuenta la muerte de aquel niño al que no llega «nunca el don de la palabra ni el de la gracia (…)  todo para su madre, nada para los demás». El uso de los términos, el calor del mensaje, salva al inclemente y lo conmina al respeto: «Estará sentado en su sillita, al lado de las rosas, viendo con sus ojos, abiertos otra vez, el dorado pasar de los gloriosos».  
Más de cien años tiene ya la primera edición de Platero y yo (1914) y como ocurre con los clásicos, el mensaje sigue siendo poderoso. No consiguió su autor escribir la segunda parte del libro que pensó alguna vez con el nombre de Otra vida de Platero, pero nadie debe dudar que el primero tiene otras vidas.  Preguntémonos seriamente si desechamos lo aprendido, si una obra como esta puede morir en nosotros.

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Jesus S dijo:

1

12 de septiembre de 2018

09:31:28


Me emocionas , Madelaine.Provocas recuerdos en refagas de mi ya lejana infancia. Disfrute mucho Platero y yo, que ,junto a Corazon, Edmundo de Amicis,y El principito, forman una trilogia que no puede faltar en la formacion de un nino de cualquier parte del mundo .Lastima que millones no sepan leer en este mundo de hoy!!! Los ninis cubanos , tienen doble suerte : ademas de esos libros , tienen en su patrimonio La edad de oro de NUESTRO MARTI, y todos saben leer!!!!!!!!

Rolando Glez García dijo:

2

12 de septiembre de 2018

13:39:21


Me gusto mucho.

Alejandro Fernández Costa dijo:

3

12 de septiembre de 2018

18:14:15


Hoy,con 50 años,recuerdo que fue de los primeros libros que mis padres me compraron y,uno primero y luego el otro,mi hermano y yo lo "devoramos"(leímos) enseguida.Gracias Madeleine.

sobeida dijo:

4

13 de septiembre de 2018

10:21:38


Excelente comentario! Importantisimo ese mensaje encaminado a incentivar la buena lectura en nuestra poblacion estamos necesitados de esas buenos habitos que se pierden un poco con tanta tecnologia y mundo digital!!!! Felicidades Madelaine!

Norma dijo:

5

13 de septiembre de 2018

10:29:57


Este clásico de la literatura,sigue siendo eso, y tu artículo lo dice todo,cuando empiece a perderse entre las brumas de mi memoria,volveré a leerlo,y esta vez, en voz alta para que mis nietas lo consuman también.