ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Aquellos jóvenes solían encontrarse a la caída de la tarde en el café El Carmen, en la calle de Infanta. Sus puertas daban al frontispicio de la iglesia de la cual tomó su nombre, y en el testero principal del amplio salón hallábase un gran lienzo que representaba a la virgen en el acto de descender al purgatorio, territorio insufrible e ilocalizable del espacio cósmico, antesala de los fuegos perpetuos del infierno, lugar de purificación de las almas.

A pesar de la dolorosa meditación que imponía aquella obra de arte, cada grupo de clientes animaba una tertulia con las más diversas motivaciones; sobre la tapa de mármol blanco de las mesas humeaban los tazones de café con leche junto al correspondiente servicio de tostadas con mantequilla, panquecitos o polcas, según las viejas costumbres de La Habana, presentadas solícitamente por los camareros –muchachones que protegían sus ropas de salón con un delantal blanco ceñido por doble vuelta de cordón anudado al frente, que cubría parte de la camisa y de los pantalones. Al murmullo reinante agregábase el movimiento de las sillas de Viena, y el ruido exterior de los transeúntes y vehículos que cruzaban la acera o la calle.

Desde nuestra mesita, y como suele ocurrir en los cafés y «aires libres» de París o Barcelona, nos distraíamos con el «ver pasar» a las gentes; pero un día alguien nos llamó la atención sobre varios jóvenes que ocupaban uno de los ángulos más discretos y privilegiados de la sala:

–Son revolucionarios –nos dijeron.

Se trataba de universitarios que, a la sazón, podían verse en otros restaurantes, cafés y fondas aledaños a la colina, zona donde muchos residían en las numerosas casas de huéspedes que la cercanía del alto centro de estudios había contribuido a fomentar.

Veíase a los alumnos entrar o salir de las librerías, a veces organizadas sobre pequeñas tarimas en la vía pública, o en los zaguanes y vestíbulos de algunos edificios de principios del siglo XX. Entre los textos de las diversas disciplinas académicas, se exponían novedades literarias entre las que se destacaban los escritos de Curzio Malaparte con su obra La piel; La vida de Cristo, de Giovanni Papini; el Ariel de Rodó o la Simulación en la lucha por la vida y El hombre mediocre de José Ingenieros, cuyos trabajos inspiraron y alentaron a la juventud latinoamericana, aún más a la de nuestra tierra, que fundaba todo su quehacer patriótico y político en las enseñanzas del Apóstol Martí.

Las paredes bajas de los edificios, que forman el zócalo al pie de las puertas y ventanas, estaban profusamente inscritas con consignas y denuncias contra la corrupción y abusos de la tiranía, entronizada en el poder en la madrugada del 10 de marzo de 1952. Estos grafitis hechos a la carrera con tinta rápida o de imprenta, pueden verse aún hoy en el ámbito de la plaza consagrada a la memoria de Julio Antonio Mella.

Entre los que mantenían el coloquio en la mesa que observábamos, destacábanse, al menos, tres de los más connotados dirigentes estudiantiles del momento. Uno esbelto y magro en su figura, de piel bronceada y mirada penetrante, era Juan Pedro Carbó Serviá; otro de rostro apacible y mirada profunda, Fructuoso Rodríguez; un tercero de perfil aguileño, muy cuidado en el vestir y en sus movimientos, era Joe Westbroock. Pero estos nombres solo pudieron identificar sus imágenes cuando los reconocí en los retratos publicados por la prensa, luego de la masacre de Humboldt 7, uno de los días más luctuosos y trágicos vividos por La Habana en el periodo insurreccional, solo comparable a la cólera desatada por los agentes del régimen al producirse la huelga del 9 de abril.

Dos veces presencié las cargas de la policía en Infanta y San Lázaro, y a los carros de bomberos proyectar los chorros de agua sobre las cerradas manifestaciones que descendían desde la escalinata y eran apaleados en la esquina crucial.

Se corría en todas direcciones cuando finalmente la fuerza bruta se imponía; el ulular de las sirenas de las ambulancias y las perseguidoras no lograba apagar las detonaciones esporádicas de las armas; muchas puertas se abrían para recibir a los perseguidos y fugitivos, otras permanecían cerradas por temor o por cobardía. Desde los balcones, muchas mujeres apostrofaban a los sicarios o descolgaban, sobre las barandas, las banderas cubanas que, dobladas y cuidadas para las grandes ocasiones de la Patria, no faltaban en los hogares verdaderamente cubanos. Como un campo de batalla, sobre los azules adoquines de aquella cuesta hallábanse palos y piedras, carteles y pancartas, a veces zapatos y otras prendas de vestir arrebatadas en la cólera del forcejeo, y deshechas y pisoteadas las ofrendas florales que las manifestaciones se proponían depositar ante la tarja de Rafael Trejo, frente al parquecito de Eloy Alfaro, o en la más alejada explanada de La Punta, ante la pared donde fueron recostados antes de morir inmolados, los valerosos estudiantes de 1871.

Con el decursar del tiempo y el enrarecimiento progresivo de la atmósfera política del país, en casi todas las mesitas del café se hablaba de la revolución y del porvenir de Cuba; los bonos del Movimiento 26 de Julio o del Directorio Estudiantil 13 de Marzo hacían fugaz aparición entre los clientes, y cuando la Universidad quedó desierta y comenzó el receso docente impuesto por la clausura oficial, recorrí en muchas ocasiones las mansiones estudiantiles y las hallé vacías. Mis amigos –que tenía muchos en esa época– habían volado a sus pueblos y ciudades del interior, en una etapa en que la clandestinidad abría, en la discreción y el sigilo de sus acciones, el único camino viable para nuestros compatriotas.

Siendo un adolescente aprendí a respetar a aquella generación que a los estudios científicos y a la disciplina técnica, unió su lealtad inquebrantable a la causa de la Patria.

La Universidad fue una escuela de virtudes cívicas y era presidida por un hombre venerable, el rector magnífico, doctor Clemente Inclán. Habían triunfado en ella las ideas de Mella y de Fidel, pero solo la victoria de la Revolución la conduciría a un destino superior e ilimitado, a la altura de sus tradiciones, de los sueños y desvelos de varias generaciones, especialmente de sus vanguardias más lúcidas, que la han tenido por hogar en el último cuarto de milenio.

18 de agosto de 1990.

Tomado del libro Fiñes, del autor.

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sorjuana dijo:

1

24 de agosto de 2018

15:42:25


Cada palabra escrita por el gran maestro es devorada vorazmente por nuestros ojos. Su forma de narrar nos transporta siglos atrás, es solo leer y cerrar los ojos. Solo leer y murmurar “quiero más de esto” Aprender a narrar hechos de este modo. Los grandes hombres siempre dejan profundas huellas. Gracias por ayudarnos a visualizar aquello que apenas notamos en el gélido libro de texto. Los hechos deben ser narrados “con pinceles.” Eusebio Leal ha ayudado a toda una generación a “comprender” la historia, tan maravillosa de nuestro país. Gracias por todo eso, maestro.

Moraima dijo:

2

26 de agosto de 2018

22:12:43


Como siempre, una clase de historia, pero historia viva. Un profesor de historia como el que necesitan TODAS nuestras escuelas y universidades. Que ejemplo!

García Colina dijo:

3

26 de agosto de 2018

22:40:52


Eusebio, siempre dando luz de aurora. cuidese mucho que lo necesitamos

Efrain Núñez Funes dijo:

4

27 de agosto de 2018

09:16:53


Magnifico trabajo. Siempre he admirado a ese grupo de valerosos jóvenes universitarios del Directorio que se enfrentaron sin ningun miedo a la dictadura de batistiana, en minuscula porque no merece la mayúscula, he leido y reeleido un libro inedito que tiene por título El Delator, que describe con detalles la traición del veleidoso Marquitos, algo que debemos conocer todos. Como todos los traidores, oportunista, enrredador, miserable que contribuyó a opacar las vidas ejemplares de los que calleron en Humbolt 7. Gloria eterna a ellos.

la cienfueguera dijo:

5

27 de agosto de 2018

09:45:56


gracias una vez mas maestro