ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

En el pueblo todos conocían a Tarimba. Un negro fornido y de elevada estatura a quien llamaban por ese mote. Creció en la pobreza y siendo apenas un adolescente fue montador de toros y aprendiz de herrero. 

Trabajó en condición de jornalero en la finquita propiedad de los García, campesinos tan desventurados como sus propios empleados.

Entre los de su edad, Tarimba se hacía notar por el espíritu guardián, y sobre todo por  la corpulencia, atributo que debió heredar de sus ancestros, quizá algunos de los casi 100 000 esclavos que en el segundo cuarto del siglo XIX hicieron de la región matancera la zona azucarera por excelencia de Cuba y la de mayor presencia de la infame esclavitud. 

A veces se le veía mataperrear junto al Chino, un niño de la comunidad de origen asiático y con quien trabó amistad desde muy pequeño. Eran los mejores amigos. Ya muchachones, solían merodear por los alrededores de algún que otro burdel del pueblo.

No eran parte de la clientela. Debieron hacerlo por simple curiosidad. Los juegos de azar, las apuestas y la ­prostitución constituían expresiones de la Cuba prerrevolucionaria; en ciudades y comunidades del interior.

Aquella realidad abominable dio origen en la localidad a un eslogan que sobrevivió en el tiempo: «Tres cosas tiene la Güira que no la tiene La Habana: el Central de Chaparrita, Juan Bigote y Valeriana».

La frase hacía mención a un lugar emblemático y a la casa de citas en que las mujeres se ganaban la vida como «trabajadoras» sexuales.   

Un día Tarimba se levantó con la noticia de que la familia del Chino había salido del país. En mucho tiempo no lo volvió a ver, aunque a menudo debió acordarse del niño con quien participó en infinidad de peripecias y en más de una trastada.

Con el triunfo revolucionario del Primero de Enero, Tarimba se formó como soldador y fundó una familia.

El Chino regresó al pueblo algunos años más tarde para visitar a unos parientes que todavía vivían allí. Llegó vistiendo pantalón vaquero recién estrenado y camisa Manhattan, y hacía lucir varias prendas de oro, muy visibles por su exuberancia y espesor.

A su amigo le dio alegría la novedad. En cuanto lo supo se emperifolló con su mejor ropita y partió al encuentro.

–Mira quién está aquí–, dijo alguien para llamar la atención del Chino mientras apuntaba con la mirada hacia el robusto moreno, situado a apenas unos 30 pasos. 

El hombre se volteó y expresó con modales de ricachón, de gente distinguida: –Me parece que es Tarimba– para luego continuar en el cacharreo de un automóvil propiedad de la familia.  

Tarimba intentó decirle algo, pero nadie sabe por qué al final guardó silencio y se marchó.

Muchas veces reprodujo en su mente aquel incidente a lo largo de su vida, un golpe bajo e inesperado que a partir de entonces suscitaría más de un momento de bromas en el vecindario.

Recuerdo la anécdota con frecuencia ante episodios de similar moraleja. Afortunadamente, hay infinidad de ejemplos para ilustrar las muchas amistades que sobreviven pese a la distancia, el tiempo y no pocas vicisitudes. 

En otro contexto, es un gusto ver cómo funciona la solidaridad y la fuerza de la amistad, inclusive en los momentos más difíciles.

Una prueba reciente: las lluvias asociadas a la tormenta subtropical Alberto obligaron a evacuar a más de 12 000 matanceros. De ese total, sin embargo, solo unos 600 lo hicieron en centros estatales. La mayoría se refugió en casas de familiares, amigos o vecinos.

El evento extremo estropeó en particular al territorio de la Ciénaga de Zapata, donde el agua alcanzó un nivel nunca antes visto e inundó infinidad de viviendas por largos días.

Agradecido con la hospitalidad, alguien contó que al llegar a casa de Antonio, un viejo carbonero residente en la zona oriental de la Ciénaga de Zapata, este les dijo a él y a la familia sin más reparos:  –Adelante, amigos, son bienvenidos, nuestra casa está a su disposición.

Allí se albergaron por más de una semana y compartieron como en familia. Tuvieron que crear comodidades en el piso para dormir, establecer turnos para el baño y hasta pedir taburetes a otros vecinos para acomodarse a la hora de la comida. Pero fue una estancia feliz a pesar de los inconvenientes.

Por esos días fue común escuchar el agradecimiento de la gente por la atención recibida en los centros de evacuación, donde les ofrecieron los servicios más necesarios y otras facilidades.

Pero junto al desvelo de las autoridades saltó a la vista el desprendimiento de muchas personas que abrieron su casa y el corazón para ofrecerlos a sus familiares o sencillamente a sus amistades o vecinos.

Nada, que pese a las experiencias amargas, es válida la insistencia de los poetas: que los amigos son tan buenos como los mejores amores.

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