ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Sorprendido in fraganti, gracias a la tecnología de detección, mientras conducía con exceso de velocidad nada menos que en uno de los tramos viales de más accidentalidad del país, el policía de tránsito le hizo el debido requerimiento.

A la sazón, una reportera de televisión apostada en el puesto de control le interrogó al respecto y en la respuesta que me devolvió la pantalla nunca advertí el deseado gesto de gravedad autoconsciente ante lo cometido. Más bien, farfulló un intento de justificación levantada sobre su presunta pericia a prueba de todo.

De semejantes ligerezas de mira se siguen abonando las irresponsabilidades viales; matizadas, según cada caso, de peligrosas dosis de superficialidad, descuidos, exagerada presunción sobre saberes propios; o creídas resistencias físicas de supuestos superhombres al volante, inmunes a los efectos de la abstinencia del sueño reparador y al consumo de bebidas alcohólicas, proclamadas con insultantes alardes.

Se trata del imprescindible factor subjetivo con el cual encarar una actual inquietante epidemia letal sobre ruedas. En efecto, carreteras y calles deterioradas, al igual que vehículos automotrices en deplorables estados técnicos, ocupan un lugar importante entre las causas del fatídico fenómeno, pero, sostengo, que en última instancia el hombre y la mujer a cargo de medios de transportación y de conducir el vehículo en cuestión constituyen la clave insustituible en el abordaje del grave problema.

Por qué debe un chofer aceptar tripular un transporte de uso público a sabiendas de  deficiencias técnicas potencialmente amenazadoras; excederse en la carga de personas en medios no habilitados para ello, con tal de «resolver»; acelerar para llegar más pronto, rebasando temerariamente otro automotor; o hasta retozar en alocadas carreras, y violar constantemente el Código del Tránsito, atendiendo a esa suicida-homicida irracionalidad de que se ha hecho antes y «nunca ha pasado nada». Hasta un día…

Irresponsables de tal calaña merecen el riguroso peso de la ley, sobre todo porque juegan cual ruleta rusa con otras vidas inocentes.  Aunque nos los tropezamos y sufrimos igualmente en muy diversas áreas de la vida socioeconómica.

A esta temible categoría pertenecen, por ejemplo, quienes construyen viviendas y edificaciones, y al sustraer materiales para conveniencia personal violan normas que en el futuro pueden acarrear fatales derrumbes. Asimismo, todos aquellos que prestan un servicio indispensable a la población y no toman las previsiones para que sus ausencias no afecten a pacientes o consumidores; y no menos quienes se administran familiarmente medicamentos por su cuenta, despachan alimentos sin requerimientos higiénicos o descuidan la seguridad de los recintos, facilitando la sustracción de bienes.

Tamaños irresponsables sociales son también quienes, a cargo de velar por cumplimientos de normas, por el contrario, dejan hacer, simulando ceguera, sordera, ignorancia e inocencia, atrapados en la desidia o inclinaciones corruptas.

La responsabilidad ante sí mismo, la familia, la comunidad, el colectivo laboral, profesional y estudiantil, la sociedad toda, la Patria y la humanidad, ya sea por formación individual o mandato ­social, significa asumir una actitud madura y consciente, de la que se desprende avizorar las consecuencias y los efectos de cada paso en la vida, velando siempre por el respeto a la integridad física, la dignidad y los derechos de las demás personas.

Se aprende desde los primeros años de vida en el hogar, luego en la escuela, a condición de que sepamos encomendar tareas familiares proporcionales a las edades, en lugar de convertir a niños, adolescentes y jóvenes en «pichoncitos» solo pendientes del piquito abastecedor paterno, por donde tal vez comiencen de raíz, nefastas ligerezas futuras.

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