ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Los días siguientes a nuestra salida de la casa de Epifanio Díaz marcan para mí, personalmente, la etapa más penosa de la guerra. Estas notas tratan de dar una idea de lo que fue para el total de los combatientes la primera parte de nuestra lucha revolucionaria (...). En esta época, como se ve, era muy difícil incrementar nuestro ejército; venían algunos hombres nuevos, pero se iban otros; las condiciones físicas de la lucha eran muy duras, pero las condiciones morales lo eran mucho más todavía y se vivía bajo la impresión del continuo asedio.

En aquellos momentos caminábamos sin rumbo fijo y a marcha lenta, escondidos en pequeños cayos de monte (...). A cada rato se oían, en distintas regiones, disparos de ametralladoras hechos por los guardias contra los cayos de monte donde, por lo general, si bien tiraba abundante parque, no penetraba la tropa enemiga. En mi diario de campaña anotaba, el día 22 de febrero, que tenía los primeros síntomas de lo que podía ser un fuerte ataque de asma, porque me faltaba mi líquido antiasmático(...).

Caminábamos muy lentamente, no teníamos un rumbo fijo y estábamos, simplemente, haciendo tiempo para que llegara la nueva fecha del 5 de marzo, día en que Frank País nos debía enviar el grupo de hombres armados. Se había resuelto fortalecer nuestro pequeño frente antes de aumentarlo en número y, por lo tanto, todas las armas disponibles en Santiago debían subir a la Sierra Maestra.

(...) Llegamos por la noche a la casa del viejo Emiliano, otro de los tantos campesinos que en aquella época recibían un enorme susto al vernos, pero se jugaban la vida por nosotros, valientemente, y contribuían con su trabajo al desarrollo de nuestra Revolución. Era época de lluvia en la Sierra y todas las noches nos empapábamos por lo que llegábamos a las casas campesinas, desafiando el peligro, pues la zona estaba infectada de guardias.

El asma era tan fuerte que no me dejaba avanzar bien y tuvimos que dormir en un pequeño cayo de café, cercano a una casa campesina, donde restablecimos fuerzas (...).

Hermes era un guajiro hijo del viejo Emiliano y fue el compañero que en aquellos momentos nos ayudaba con comidas y nos indicaba, por lo menos, la ruta que debíamos seguir. Pero por la mañana del día 28 no efectuó su habitual recorrido y Fidel ordenó inmediatamente evacuar el lugar y posesionarnos en otro punto donde dominábamos los caminos de la zona, pues no se sabía lo que pasaría. Como a las 4 de la tarde, Luis Crespo y Universo Sánchez estaban mirando los caminos y este último, por la ruta que lleva a Las Vegas vio una numerosa tropa de soldados que venían caminando precisamente para ocupar el firme. Había que correr rápidamente para llegar al borde de la loma y cruzar al otro lado antes de que las tropas nos cortaran el paso; no era una tarea difícil, dado que los habíamos visto con tiempo. Ya empezaban los morteros y las ametralladoras a sonar en dirección a donde estábamos, lo que probaba que había conocimiento por parte del ejército batistiano de nuestra presencia allí. Todos pudieron fácilmente llegar a la cumbre y sobrepasarla, pero para mí fue una tarea tremenda. Pude llegar, pero con un ataque tal de asma que dar un paso era tarea difícil. Recuerdo los trabajos que pasaba para ayudarme a caminar el guajiro Crespo; cuando yo no podía más y pedía que me dejaran, el guajiro, con el léxico especial de nuestras tropas, me decía: «Argentino de… vas a caminar o te llevo a culatazos». Además de decir esto cargaba con todo su peso, con el de mi propio cuerpo y el de mi mochila para ir caminando en las difíciles condiciones de la loma, con un diluvio sobre nuestras espaldas.

Llegamos así a un pequeño bohío, enterándonos de que estábamos en el lugar llamado Purgatorio. Allí Fidel pasó como el comandante González, del ejército de Batista, que estaba buscando a los alzados. El dueño de la casa, fríamente cortés, nos la ofreció y nos atendió; pero había otro habitante, un amigo de un bohío cercano que era de una guataquería extraordinaria. Mi estado físico me impidió gozar el sabrosísimo diálogo de Fidel, en su papel de comandante González, del ejército de Batista, y el guajiro que le daba consejos y hablaba de por qué ese muchacho, Fidel Castro, estaba en la loma tirando tiros. Había que tomar alguna decisión, pues me era imposible seguir. Cuando se fue el indiscreto vecino, Fidel le dijo al dueño de la casa quién era. El hombre lo abrazó inmediatamente, diciéndole que era ortodoxo, que seguía siempre a Chibás y que podía ordenar. En aquel momento había que enviar al campesino a Manzanillo y establecer contacto; por lo menos, comprar las medicinas; y había que dejarme cerca de la casa sin que supiera ni siquiera la mujer de él, que yo estaba allí. El último combatiente incorporado a la tropa, un hombre de dudosa moralidad pero muy fuerte, me fue asignado como compañero. Fidel, en un gesto de desprendimiento, me dio un fusil Johnson de repetición, una de las joyas de nuestra guerrilla, para defendernos. Hicimos el amago de salir todos juntos en una dirección y a los pocos pasos este compañero (al que llamábamos El maestro) y yo nos internamos en el monte, en el lugar convenido, esperando los acontecimientos(...).

El campesino cumplió el encargo y me proveyó de adrenalina suficiente. De ahí en adelante pasaron diez de los días más amargos de la lucha en la Sierra. Caminando apoyándome de árbol en árbol y en la culata del fusil, acompañado de un soldado amedrentado que temblaba cada vez que se iniciaba un tiroteo y sufría un ataque de nervios cada vez que mi asma me obligaba a toser en algún punto peligroso, fuimos haciendo lo que constituía poco más de una jornada de camino para llegar en diez largos días a casa de Epifanio nuevamente (...).


*Fragmentos de Pasajes de la Guerra Revolucionaria.

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Teresa dijo:

1

17 de agosto de 2018

18:43:29


HOMBRE GRANDE Y DE ESTIRPE, NUESTRO QUERIDO GUERRILLERO HERÓICO.