ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Invariablemente inclinado su taburete sobre las tablas del portal, en la humilde casita del pueblo, hallábamos cada año al tío Baltazar. La piel rugosa y quemada por el sol inclemente me llamaba la atención, sobre todo en el rostro, donde unos ojos chispeantes parecían estar contemplando un punto fijo perdido en el espacio.

Las manos encallecidas por las duras faenas del campo eran muy fuertes todavía, acostumbradas a la aspereza y al rigor del arado, a colocar con firmeza y ternura a la vez el yugo sobre la frente de los bueyes y a manejar con destreza y elegancia extrañas el largo machete que siempre llevaba en la cintura.

Cada domingo vestía su guayabera de hilo salpicada con botoncitos de nácar, y se colocaba el sombrero, de un yarey finísimo, para ir a sentarse en los banquitos del parque que ostentaban el nombre de las personas o instituciones que los habían regalado.

Entre las diez y doce de la mañana hacían su aparición sus amigos y compadres, algunos llevando lustrosas y bien cuidadas botas de montar, otros, sus zapatos de vaqueta, y resplandeciente en todos esa dignidad de campesino viejo. Muchos eran hijos de inmigrantes canarios –isleños– que abrieron los montes pinareños, y forjaron aquella pléyade de familias montunas que amaron a las vegas salidas de entre sus manos, las mismas vegas que tanto evocan la campiña de las Islas lejanas, florecida como obra del hombre al pie del Teide, el imponente volcán que corona la isla de Tenerife.

Los que han vivido grandes instantes de la historia se quedan prendados para siempre de sus visiones. Es por eso que aquellos ancianos, al hablar de sus gallos y saturar con el humo de sus tabacos la pequeña tertulia, regresaban a las jornadas de la guerra pinareña, en la que sus padres y hermanos mayores habían sido soldados. Sorprendidos, los que estábamos sentados a sus pies escuchábamos la descripción de los combates en la Sierra del Rubí, la intrepidez del encuentro en Paso Real de San Diego, la reñida acción de Soroa y, como electrizados, las comparaciones con el combate de las Tumbas de Estorino.

El tío Baltazar, que hasta ese momento había permanecido callado, describía, una vez más, la imagen del Mayor General Antonio Maceo, su mirada, su forma de andar y de sonreír. De aquella manera como contenida, hablaba de sus modales y de cómo siguieron tras su hechizo los lugareños de todas aquellas comarcas. Habló de los cafetales que quedaron desiertos en Cayajabos y en Artemisa; el tío contaba cómo su hermana Pascuala, que era apenas una adolescente, siguiendo al esposo Sabino –de estirpe germana y francesa– subió a la Sierra uniéndose al Ejército Libertador, donde eran una leyenda los nombres de las heroínas vueltabajeras Isabel Rubio, Magdalena Peñarredonda, Adela Azcuy y Luz Noriega.

Entonces Candito, el más anciano y venerable de los presentes, que los había conocido, se entristecía al recordar la mucha pobreza que aquel matrimonio había enfrentado, cuando al concluir la gran guerra, el mambí no había aceptado la paga del Ejército Libertador, y regresó a los surcos y al bohío para enseñar a sus hijos y a sus nietos que a la Patria se le ha de servir siempre con desinterés, sin afrentar por ello a otros veteranos que, agobiados por la pobreza, creyeron justo que la República, que habían ayudado a crear, contribuyese a enjuagarles el sudor y las lágrimas.

Además del tío Baltazar, que fue casi niño a la guerra, había entre los circunstantes otros veteranos que en mis sucesivos viajes al pueblo, espaciados con los años, ya no me fue posible encontrar.

Nítidos en mis oídos resuenan los acordes del Himno invasor que dejaban en vilo al caserío, anunciando de tiempo en tiempo la muerte de viejos soldados; pero de todos ellos, conservo intacto el recuerdo de aquel viejecito con nombre de Rey Mago, que me descubrió el misterio del monte –la loma de San Gabriel–, del río y del cielo de Cuba, y que enseñaba con el hacer y el decir. Humildísimo cronista de la memoria familiar.

*Crónica tomada del libro Fiñes

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odalis dijo:

1

18 de julio de 2018

07:37:15


Que Belleza de Crónica, hasta se me hizo un nudo en la garganta, no puedo describir lo que siento cuando leo cualquier escrito de Eusebio Leal, no hay palabra todavia para elogiar a este gran hombre. Gracias, un saludo con sumo respeto para el.

Francisco Rivero dijo:

2

18 de julio de 2018

07:59:41


Al Sr. Eusebio Leal Spengler, gracias por sus palabras en honor a su tio Baltazar, en sus propositos siento tambien un bienvenido reconocimiento a MIS HONORABLES MAYORES, mi bisabuelo materno que combatio en la Guerra Grande y su hijo, mi abuelo que junto al General Antonio Maceo y Grajales participo en la Inavasión de Oriente a Occidente por una Cuba Libre, de él tengo a bien su ejemplo de lealtad y de corresponder a la palabra dada. Sr. Leal, saludo su labor noble junto a todas las personas que lo acompañan en la salvaguarda de lo que hoy se denomina el patrimonio material e inmaterial de la nación. Permitame decirle que un lugar muy especial para mi familia es la sala de las banderas en el Palacio de los Capitanes Generales, desde el incio en que fue conformandose sus espacio expositivo, la sala de las banderas fue para mi un lugar de luz espiritual. Tambien tengo a bien de aplaudir la apertura del nicho en homenaje al Mambi Desconocido en la sede del Capitolio Nacional de la Republica de Cuba. Un saludo fraterno

Luis Raul dijo:

3

18 de julio de 2018

10:50:48


Gracias doctor por regalarnos estas cronicas.

odalys dijo:

4

18 de julio de 2018

13:38:29


no quiero ser absoluta y me disculpan, pero como ese hombre no nacera otro en la tierra. felicidades señor Eusebio Leal

odalis dijo:

5

18 de julio de 2018

16:25:17


Pudiera conformarme con una escritura semanal de su intelecto, aunque sean unas pequeñas lineas, seria maravilloso. Muchas Gracias Dr.