ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Que el fútbol es un género dramático, todos lo sabemos. Del goce al sufrimiento y viceversa, de la súplica al llanto, de la apoteosis al abismo. Alguien jura no ir nunca más a un estadio después de la derrota de los suyos, pero termina arrastrándose hacia el graderío. Alguien más se niega a seguirlo por la televisión, pero no resiste la tentación de ladear la vista hacia la pantalla familiar cuando advierte el estruendo de la multitud filtrado por la bocina del aparato.

Es un drama que se lleva por fuera y por dentro. El tranquilo oficinista a quien no le basta con disfrazarse con los colores de la bandera, sino ciñe peluca y maquilla el rostro como si oficiara un ritual. La muchacha parlanchina que enmudece cuando anotan un gol en su contra. Las oleadas de hinchas que confrontan sus cánticos de guerra y a veces, en un impulso bárbaro, se hacen la guerra.

Un drama en plena e irrefrenable evolución. El escritor Juan Villoro, en su columna sobre el Mundial de Rusia, advirtió cómo en las tribunas los aficionados coreanos seguían el curso del partido contra el Tri por sus teléfonos celulares.

No estuvo lejos de las predicciones futuristas contenidas en el informe sobre el previsible impacto de las nuevas tecnologías en el fútbol, divulgado hace cuatro años por la consultora británica Futurizon, que pronostican para el año 2045 el uso por jugadores y árbitros de lentes de contacto capaces de analizar en tiempo real las diversas situaciones del juego, mientras el público podrá seguir, mediante cámaras situadas en drones que sobrevuelen los estadios, el desempeño de los futbolistas en la cancha y elegir qué imagen le interesa más.

Ya eso, si se da, no será drama, sino ficción desmedulada, que hará válida la fábula contada por el inefable Jorge Luis Borges y su carnal Adolfo Bioy Casares en el cuento Esse est percipi, escrito entre ambos a mediados de los años 60, por solicitud de un editor que preparaba una antología sobre el fútbol.

Bustos Domecq, heterónimo tras el cual se escudaban los argentinos cuando escribían a cuatro manos, y a la vez el protagonista de la historia, visita a su amigo Tulio Savastano, presidente de un club, para indagar qué pasaba con la súbita ausencia de un célebre estadio en la geografía bonaerense. Al avanzar en la conversación, Savastano le hace una confesión devastadora: «No hay score ni cuadros ni partidos. (…) Hoy todo pasa en la televisión y la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina, o de actores con una camiseta ante el cameraman».

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