ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Aunque siempre fue un hogar abierto a todos los muchachos del barrio, que entraban y salían como «perro por su casa», no era común recibir visitas o invitados a comer.

Las pocas veces que ocurrió la vieja no tuvo un instante de sosiego. Acostumbrada a racionar al máximo las provisiones para su larga prole, no quería ni podía botar por la ventana lo poco de que disponía, conseguido gracias esencialmente a los brazos del viejo en las labores del campo, sobre todo en el corte y tiro de la caña.

Ante el anuncio de una visita solía levantarse bien temprano, limpiaba el piso, puertas y ventanas con esmero y hasta cambiaba la posición de los cuatro trastos de la casa.

No era muy hábil en la cocina pero atendía a las visitas con diligencia y cariño.

Fue ya al principio de la adolescencia de su hijo mayor cuando llegaron los primeros invitados. Un fin de semana, en el mes de diciembre de 1972, el primogénito se apareció sin previo aviso con dos amiguitas de la escuela en el campo.

Dos guapas criaturas que vivían en un punto de la geografía matancera conocido como Entronque de Ponce, a escasos kilómetros del poblado de Coliseo.

Más allá del afecto recíproco, la afinidad con aquellas señoritas tenía que ver más bien con la música, pues a los tres les gustaban el baile y las canciones en inglés.  

Muchachas inteligentes, alegres, de espíritu bohemio una de ellas; excelentes estudiantes, divertidas, con valores humanos afirmativos, aunque la cualidad más apreciable en ambas era su gran corazón. Los tres eran muy solidarios.

A la vieja por poco le da un soponcio, sobre todo cuando supo que las chiquillas iban a quedarse a comer y a dormir.  

Hizo arroz, frijoles negros y pollo asado, y pudín como postre. Se las arregló además para que la mejor porción fuera a parar a manos de las invitadas, quienes influidas por la cordialidad de la anfitriona apenas repararon en la modestísima vajilla.

Todo los ingredientes en el mismo plato, como solía hacer cuando cocinaba para los macheteros de la finquita de los García. Si había cuchara, faltaba el tenedor, y viceversa; del cuchillo ni hablar.    

No fue preciso ensanchar la mesa del comedor. Ella comió de pie, en la cocina. Comentó en voz alta que del pollo le gustaban las alitas. Pero lo hizo quizá para no disputarle el plato fuerte a las chicas.

La ceremonia se realizó en el mismo ámbito, todos en el comedor, la visita y los de casa, excepto la vieja, por las razones ya conocidas.

Lo que se presagiaba como lo peor, tuvo feliz solución. Los tres amigos durmieron en el mismo cuarto, en la única cama disponible, en complicidad, como «hermanitos».

Con el paso de los años los tres se ocuparon en cosas serias, en oficios útiles a la sociedad. De ellas, una estudió en la universidad y se hizo toda una experta en su especialidad. Y como suele ocurrir con muchos profesionales nacidos en el interior del país, desde hace años reside en la capital cubana.

A inicios de este año viajó a su provincia natal para participar en el balance anual del sector en el cual atiende una temática muy específica, oportunidad ideal para confraternizar con viejos conocidos y, sobre todo, con su entrañable amigo de la secundaria básica en el campo Antonio José de Sucre.

Sin embargo, apenas pudieron intercambiar los saludos de rutina. Al término de la reunión, a ella, al igual que a los demás invitados, le tocó disfrutar del almuerzo en un espacio reservado, un lugar preparado con suficiente tiempo.

Esa especial muestra de generosidad de los anfitriones para atender a la visita puso un dique infranqueable entre los dos viejos amigos.  

Ambos se quedaron con deseos de conversar y recordar tiempos pasados. Y quizá hasta de rememorar la comidita de aquel día hace ya más de 40 años, un poco racionada y escasa de variedad en las provisiones; eso sí, donde todos se situaron alrededor de la mesa, todos juntos, como debe ser.

Con la sola excepción de la vieja, que comió de pie en la cocina, como casi siempre, y que hizo pensar a la visita que del pollo prefería las alitas, cosa que ni sus propios hijos se creyeron nunca.  

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