ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Este lunes 14 de mayo se conmemora el aniversario 70 del nacimiento de Israel, todavía hoy una herida abierta en el corazón de la tierra palestina.

El día no pudo resultarle más propicio al presidente norteamericano Donald Trump, para burlarse del mundo y trasladar desde esta fecha su embajada hacia Jerusalén, en desafío a la población palestina y a las normas del derecho internacional.

Estas siete décadas tienen mucho que contar, principalmente para las nuevas generaciones, que deben conocer la historia para poder entender los hechos que han dado lugar a una de las más graves violaciones de los derechos humanos en el mundo y a la que Trump da continuidad.    

¿Tiene solución el  escenario de guerra en torno a Palestina? ¿Hasta cuándo la comunidad internacional admitirá que se masacre a la población árabe originaria de esas tierras, por el ejército israelí armado y protegido desde Estados Unidos?

Las interrogantes coinciden con las noticias de que decenas de palestinos han muerto y otros cientos han sido heridos en Gaza, víctimas de la represión por parte de militares israelíes, durante protestas pacíficas esta semana, reprimidas con armas de fuego.

También ocupan titulares los actuales bombardeos de aviones F-15 y F-16 israelíes a territorio de la vecina Siria. Y –muy importante– el plan entre Washington y Tel Aviv para desestabilizar y hacer la guerra contra la República Islámica de Irán.

Para tratar de responder estas interrogantes, necesariamente tuve que «viajar» en el tiempo hasta una fecha tan lejana como el 2 de noviembre de 1917, es decir, casi 101 años atrás, cuando Gran Bretaña, entonces país designado a «administrar» el territorio palestino después de derrotado el Imperio Otomano tras la I Guerra Mundial, decidió, mediante la tristemente recordada Declaración de Balfour, asentar oficialmente a la población judía en aquellas tierras, a las que desde finales del siglo XIX algunos inmigrantes sionistas habían llegado.

Lo que pudo haber sido una solución, se convirtió en un ominoso pacto con el sionismo internacional.

Reverdecieron así los objetivos del sionismo, puestos en práctica por la Organización Sionista Mundial fundada en 1897. Día a día los judíos fueron ocupando nuevas tierras y la confrontación se hizo cada vez más presente.

En 1947, la ONU, en busca de una solución viable a la situación creada con la expansión israelí en aquel territorio, plantea la creación de dos estados, uno palestino y otro judío.

Un año después la fuerza militar israelí arremete con todas sus fuerzas contra la población árabe de Palestina, en lo que la historia recuerda como «una verdadera limpieza étnica».

En lo adelante el tema ha sido llevado y traído por las administraciones norteamericanas, allí donde el movimiento sionista, devenido en lobby judío, ha impuesto políticas antipalestinas, mientras aporta millonarias cifras de dólares a partidos y aspirantes a cargos dentro de las escalas de poder estadounidenses.

Vinieron los años de los dilatados e incumplidos Acuerdos de Camp Davis, Oslo y otros simulacros, siempre con balanza a favor de Tel Aviv y el consentimiento de Washington.

La Palestina actual hay que concebirla reconociendo autocríticamente que si la entonces naciente Organización de Naciones Unidas había creído en el traslado de judíos a esas tierras como una solución a un problema, la realidad fue otra y se convirtió en lo que es hoy, el conflicto más largo, sangriento y politizado de la era moderna.

Casi diez millones de palestinos han tenido que convertirse en parias y emigrar ante el odio y la masacre sionista.

Otras decenas de miles de árabes han muerto por la barbarie israelí. Miles, incluyendo niños, están en cárceles. Mientras casi un millón de colonos judíos se han expandido en asentamientos construidos ilegalmente en la ocupada Palestina.

Desde entonces hasta nuestros días el tema se ha convertido en el mayor exponente de la descomposición de la política internacional liderada por Washington.

La agresión israelí es el ejemplo mayor de cómo hay países –en este caso Estados Unidos e Israel– que ignoran todas las resoluciones de la ONU y otras organizaciones mundiales y hacen añicos todo intento de la comunidad internacional en la búsqueda de un acuerdo negociado y una paz duradera en la zona.

La decisión de trasladar la embajada norteamericana para Jerusalén es una de las más recientes acciones de ese tipo. Es negar la historia y los acuerdos de la ONU. Trump trata de imponer su histrionismo bélico, allí donde no cabe una pizca más de pólvora.  

Sabe el mandatario estadounidense, como lo sabían los anteriores, que cuenta en la zona con un gobierno sionista encabezado por Benjamín Netanyahu, que, además de fabular sobre inventados «incumplimientos» iraníes del Programa Nuclear, es garante militar para aplicar las políticas imperiales en el Oriente Medio.

A ninguno de los dos jefes de Estado les importa la historia de Jerusalén. Tampoco el derecho de los palestinos a vivir en su propia Patria.

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