ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Cambian los tiempos y la tecnología para llevar a la vida los periódicos, no así la concatenación de procederes que hacen de los rotativos una apasionante creación colectiva.

Cuando un periodista propone (o le proponen) un posible tema a escribir, en esa socialización cristaliza un paso primordial antes de ver el texto impreso. La cadena productiva exigirá coordinación, pues un desliz en sus eslabones de redacción y revisión aportan a la tirada tarde del diario.

La computación reduce el tiempo empleado para escribir y revisar una nota, en contraste con la época en que el editor tachaba y arreglaba sobre una cuartilla, luego pasada en limpio por el periodista para no incomodar a los correctores, quienes exigían leer originales sin borrones.

La nueva tecnología también modernizó el vocabulario. La desaparición del linotipo que «paraba» las líneas de texto en plomo, hizo prescindir del cajista, quien ordenaba por columnas los materiales dentro de la rama, una estructura rectangular que daba forma a las páginas de la publicación.

Imaginen ustedes que para corregir un texto en plomo –leído por el corrector en la prueba de galera– el cajista, armado de su chaveta, localizaba en la rama la línea con la errata y la sustituía por la correcta. Esa rama pesaba un mundo, solo podía moverse sobre un carrito hasta la matrizadora, otro equipo corpulento que, aplicando una enorme presión, sacaba una copia de la página sobre una especie de cartulina, muestra después fundida para conformar la teja. Esta, colocada en la máquina rotativa, imprimía el periódico.

En la vorágine de la renovación quedaron fuera los chibaletes, donde reposaban los distintos «tipos» o letras, y los componedores. Pasó de moda el tipómetro con el que el formatista medía el espacio otorgado a cada texto en el diseño de las páginas, asentado sobre hojas pautadas, e igualmente viajaron al recuerdo las fotos impresas en papel y el laboratorio con los productos químicos para el revelado, sustituidos por las cámaras e imágenes digitales.

Perdura entre los veteranos de la profesión cierta nostalgia por la desaparición del taller de linotipo. Allí, junto al regente, los correctores, linotipistas y cajistas coincidían en las noches de Granma sus periodistas esperando la prueba de página de sus textos, mientras discutían de cualquier tema, a veces hasta entrada la madrugada. En sus visitas al centro, su taller recibió en más de una ocasión al Comandante en Jefe Fidel Castro, quien ampliaba diversos temas con sus trabajadores.

Grosso modo, este era el derrotero de un diario que hoy ventila su existir en las áreas digitalizadas, donde confluyen la dirección, los editores, periodistas, fotorreporteros, correctores, maquetadores, diseñadores y la dirección artística, entre otras especialidades, así como los muchachos que le dan vida a la edición digital.

Ha cambiado la tecnología, el vocabulario, pero no la esencia de esta profesión. Ahora, en lugar de linotipos, tipómetros, chibaletes o galeras, se habla de computadoras, de la red y de la conexión a internet, entre vertiginosos avances que obligan a una constante actualización de los conocimientos. Sin embargo, el periódico, con ese embrujo que enamora, mantiene su tónica de obra colectiva amasada minuto a minuto.

En los avatares por ver cuál es el acontecimiento del día, cuál es la primicia y cuál tratamiento darle a la noticia, aparece un látigo vigente desde siempre, que no cede su trono: el horario de cierre. Es ese minuto que marca el punto final a la creación del diario, previo a su entrega a la industria impresora.

Ha cambiado la tecnología, incluso está a punto de ser nuevamente modernizada para satisfacción de los lectores. Sin embargo, ese afán de entregarle un producto de calidad al pueblo, crece bañado por la impronta de las nuevas generaciones de periodistas, imbuidos en esta obra colectiva y cautivante.

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