Hay dos enfermedades que dejan al presupuesto muy maltrecho. Una es la «enfermedad histórica» y la otra es el síndrome de «lo lineal». Así le escuché decir recientemente al jefe de la Administración Provincial de Mayabeque, Julio César García García, y no se trataba, en modo alguno, de un chiste, aunque podría parecerlo.
En todo caso, la frase, dicha en medio del seminario que impartieran funcionarios del Ministerio de Finanzas y Precios a directivos de ese territorio respecto al Presupuesto del Estado para el 2018, confirma que, como bien versa el refrán, «las mejores verdades se dicen riendo».
El primero de los males viene de esa manía de muchos de justificar cualquier reclamo financiero con aquello de «esa es la cifra que históricamente me han dado», sin reparar siquiera en cuánto han podido variar sus niveles de actividad, o sin considerar las reservas de ingresos que aún no han logrado explotar.
El segundo padecimiento anda quizá más extendido entre los actores del presupuesto, acostumbrados, no pocos, a una desagregación lineal que reduce cada mes a una copia al carbón del anterior, o del siguiente, aunque en la práctica ninguno sea exactamente igual. En Educación, por solo citar un ejemplo, el comportamiento de agosto jamás será parecido al de septiembre, más allá de que algunas partidas presupuestarias no incorporen distinciones.
Es frecuente, y es un problema, esa predisposición a distribuir uniformemente ingresos y gastos, sin tener en cuenta su estacionalidad. Y es un problema, tanto por la distorsión que entraña como por lo reiterado. A la larga, y también a la corta, se crea un desbalance insostenible: en un mes te «sobra» dinero y por eso malgastas, y en otro no te alcanza e incumples compromisos, a veces inviolables dentro del plan.
Inviolable es, por ejemplo, y así lo explicita la Ley del Presupuesto, cubrir el salario de los trabajadores, mes tras mes. A otras cosas podremos no llegarles desde esa asignación de recursos y habrá, por consiguiente, que buscar alternativas para su financiamiento; pero el salario es sagrado.
Ha ocurrido, sin embargo, que luego de una desagregación deficiente, otros ingresos –como la Contribución Territorial– han venido a respaldar lo que es prioridad dentro del presupuesto. En estos casos, ni se cumple la Ley ni los propósitos para los cuales se crean estas fuentes, concebidas en función del desarrollo local.
En ese mismo seminario se hablaba de la existencia, al menos en esta provincia, de un procedimiento general que abarca todas las etapas de conformación del Presupuesto, el cual se actualiza todos los años y detalla cuál es la participación de cada uno de los actores que intervienen, incluso desde la etapa del anteproyecto.
Se decía, además, y en ello estriba lo preocupante, que esa herramienta no se explota en su totalidad, ni constituye el abc de las entidades. Ese mal, me imagino, no debe ser exclusivo de Mayabeque, y en otras provincias, con similar procedimiento, es muy probable que tampoco se emplee al máximo, a juzgar por los errores de planificación que saltan en cualquier territorio.
Y es justo en la planificación, reducida muchas veces a una frase hecha, vaciada de sentido, donde los especialistas sitúan la raíz de los males… y de las soluciones. En términos generales, si es mala la planificación, todo lo demás llevará el mismo signo; y si es buena, la regla también es aplicable.
Para que el Presupuesto respalde las necesidades de los territorios, al menos las fundamentales, ya sean sociales o productivas, es preciso lograr que las demandas surjan desde la base, a partir de un conocimiento real de los recursos requeridos. La planificación no puede emanar de una estructura superior que da, sino de una estructura de base que demanda, y en función de ello, ajustarse a las prioridades.
La base de la cual se habla no es más que el policlínico, la escuela, el centro deportivo… y la demanda no es otra que la conformada por sus direcciones, desde el dominio profundo de costos, niveles de actividad, normas de consumo…
Sobre esa idea se volvió mucho en la reunión preparatoria, porque, a decir verdad, cuántas veces los directivos de estos centros componen un pedido luego del análisis pormenorizado de tales variables; cuántas veces participan en ello los trabajadores, y cuántos, después, conocen su presupuesto.
Concebir de ese modo la planificación presupuestaria es tan retorcido como enfocar los análisis, siempre, o casi siempre, –que no es lo mismo, pero es igual– en los gastos, en «no me dieron» o «no me aprobaron», en lugar de examinar cuánto más gestioné o cuánto más ingresé.
Y como el comentario le sigue los pasos al deber ser, aún distante, evidentemente, del ser, resultaría, cuando menos ingenuo, obviar el control que, no puede limitarse al ejercicio de verificación del gasto como simple procedimiento contable y financiero. Debe llegar hasta el destino final del recurso, en pos de fiscalizar el uso para el cual se aprobó.
Por estos días, casi todos los actores del presupuesto han hablado de notificación y desagregación, porque son los procesos que tocan en este periodo, y porque son importantes, más lo primero que lo segundo y (ojalá fuera) también viceversa. Hubo seminarios en todas las provincias y se discutió sobre «las prioridades dentro de las prioridades».
Solo que lo dicho, de quedar ahí, de no impregnarse en el quehacer, nos obligará a volver sobre lo mismo todo el año y, al final, nos llevará a hablar de incumplimientos, de ajuste de cifras, de inejecuciones… y de males, aún hoy sin curas definitivas.




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FRANK dijo:
1
21 de febrero de 2018
09:00:47
Isis diez dijo:
2
21 de febrero de 2018
10:02:00
yuniel dijo:
3
21 de febrero de 2018
14:08:11
Daniel DB dijo:
4
21 de febrero de 2018
18:36:54
Royni dijo:
5
23 de febrero de 2018
10:58:43
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