ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: del autor

En medio de las escenas de destrucción y dolor que nos legara el huracán Irma, Cuba entera se estremeció con orgullo ante la imagen de un niño que entre sus manos cargaba con celo un busto de nuestro José Martí, rescatado de entre lodo, árboles y escombros, arrastrados por el vendaval. Lo rescató, lo lavó y lo abrazó, con la misma fuerza con que un hijo abraza y cuida a un padre. Eso se llama gratitud.

Su acto trae a mi mente una tarde del año 1980 en que un joven estudiante de Derecho, indignado con el estado de deterioro y suciedad en que se hallaba el busto de José Martí del anfiteatro de su facultad, sin permiso de nadie, lo tomó en sus manos y se lo llevó de la universidad ante la mirada atónita de sus compañeros que pensaron había enloquecido. Días después lo regresaba a su lugar, restaurado y hermoso. Eso también se llama gratitud.

A diario el paso por la intersección de las calles Lacret y Vía Blanca. Allí hay un busto del General José Lacret Morlot, que lleva en su base esculpida su lapidaria frase de «Todo por Cuba». El monumento está sucio, descuidado e incluso, ambas orejas del prócer dañadas, como si alguien intencionalmente las hubiese mutilado. Eso se llama ingratitud.

¿Sabrán los vecinos del lugar, las autoridades del municipio de 10 de Octubre, los maestros, niños y jóvenes de las escuelas cercanas, quién fue el General Lacret?

¿Latirá honda la patria en quienes indolentes dejan sumido en el abandono a uno de los más grandes e inmaculados patriotas de Cuba Libre? ¿Tendrá que nacer de un mandato supremo la orden de restaurar y embellecer el sitial? Créanme que muchas veces he sentido el mismo deseo de mi compañero de estudios de la facultad de Derecho, de bajar del auto y llevarme al heroico general abandonado, para curar sus heridas y regresarlo vital, a su pedestal.

Lo mismo ocurre en otros monumentos y tarjas del país y ello pone en tela de juicio la congruencia entre la palabra y la acción. A los héroes se les venera. Martí afirmaba:

«Es profanación, el vergonzoso olvido de los muertos».

Para quienes ignoran la vida del General José Lacret Morlot, bastaría relatar algunos episodios de su digna y patriótica ejecutoria.

El honor fue siempre su palabra de orden. Fue un hombre de Carlos Manuel de Céspedes y uno de los patriotas que en Baraguá, con grado de Teniente Coronel, acompañó al General Antonio Maceo en la heroica Protesta. Lacret rechazó enérgicamente acceder al ofrecimiento que le hicieran compatriotas santiagueros, de llevar a la manigua municiones para el General Maceo valiéndose de un salvoconducto que le otorgara el general español Arsenio Martínez Campos para que visitara la ciudad de Santiago de Cuba en los días finales de la Guerra de los Diez Años.

De regreso al campo insurrecto, en el poblado del Cristo, lo interceptó el propio general español, lo saludó con un abrazo, y le felicitó por no haber tomado las municiones. Sus espías le habían informado de ello. Acotó que de haberlo hecho, lo hubiera obligado a fusilarlo. Creció entre ambos adversarios una relación de respeto mutuo.

En 1880 vagaba Lacret por las calles de Madrid, tras varios meses de prisión en el penal de Saladero en aquella ciudad.

Tropezóse nuevamente con Martínez Campos, quien, impactado por el estado físico del cubano, le tramitó pasaje en primera clase para Cuba en un buque de la Trasatlántica y de su propio bolsillo le entregó, en calidad de préstamo, trescientos pesos para la atención a su hermana en La Habana. Al poco tiempo, Lacret enviaba giro a Madrid resarciendo el dinero. De aquella respetuosa amistad, diría el después general mambí, dos meses antes de su muerte: «Si mi gratitud hacia el noble caudillo español, caído, si mi amistad hacia el general Campos no es merecida, entonces la gratitud y la amistad son dos crímenes. Si sobre la tumba de Maceo me descubro compungido, sobre la del general Campos me descubriré siempre lleno de respeto y gratitud».

Tras la visita a La Habana del General Antonio Maceo en 1890, Lacret, quien llevaba en su mente el recuerdo sagrado de Carlos Manuel de Céspedes, por haber sido prefecto de San Lorenzo en el momento de la muerte del Padre de la Patria, fue expulsado de Cuba. Su peregrinar revolucionario fue entonces fuente de permanente ansiedad. A ello contribuía la insidiosa propaganda de sus adversarios que lo acusaban de ser espía y amigo de Martínez Campos. En 1894 preparó infructuosamente una expedición para arribar a Cuba desde Jamaica. Fracasado el intento, viaja desesperado a México.

En Veracruz, se unió al veterano de la Guerra Grande, Ignacio Zarragoitía y prepararon una fuerza de 44 hombres –cubanos y mexicanos–, bautizada con el nombre de «Guerrilla José Martí». Del estado anímico de Lacret escribiría el 5 de Julio de 1895 Zarragoitía a Gonzalo de Quesada:

«Nuestro valiente compatriota está profundamente afectado y moralmente sufre de una manera horrible, a un grado tal que se halla en cama víctima de un ataque nervioso tan agudo que afectándole el sistema cerebral, amenaza ser de consecuencias desastrosas, caso de prolongarse demasiado la difícil situación en que se encuentra, pues no germina en su cerebro otra idea que la de marchar a la revolución por cualquier parte y de cualquier modo, pero lo más pronto que sea posible…».

La expedición mexicana tampoco logró materializarse, pero Lacret no cejó. Tenía siempre en sus labios una frase que resumía su ímpetu, cubanía y personalidad: «Todo por Cuba». Pasó a Estados Unidos y, con la cabeza rapada y disfrazado de fraile, tomó el vapor Mascotte y se dirigió a La Habana, adonde arribó el 6 de septiembre de 1895. Fue, según el propio Lacret, «un acto de locura que salvó mi situación y me permitió ofrecer a Cuba mi pecho para las balas y mi amor sin límites a ella».

En un tren repleto de tropas, el audaz patriota tomó pasaje de tercera clase a Sagua la Grande. Llevaba en su equipaje un rifle, cartuchos y los medios necesarios para la campaña. Su decisión inicial era lanzarse del tren en marcha en algún tramo propicio, pero conspiradores habaneros coordinaron para que fuese esperado en la estación de Hato Nuevo, de donde marchó directamente al campo insurrecto. Al llegar la invasión a Las Villas, el General Antonio Maceo lo ascendió a General de Brigada y lo nombró jefe del territorio de Matanzas. Allí dio muestras de su temeridad, con su permanente accionar y movimientos precisos contra el enemigo, y protagonizó, entre otras, la batalla de Jicarita, del 3 al 6 de julio de 1897.

Identificado plenamente con el pensamiento político de Antonio Maceo, muerto este, el 13 de agosto de 1897, presentó al Gobierno de la República de Cuba en Armas un plan para invadir Puerto Rico. Meses después solicitaba al General en Jefe un grupo de oficiales para que lo acompañaran a Filipinas a pelear contra España, junto a los guerrilleros de Emilio Aguinaldo. En realidad, no había condiciones objetivas para materializar sus puras convicciones internacionalistas.

La intervención norteamericana en nuestra guerra causó un impacto demoledor en el consagrado patriota, opuesto a cualquier acuerdo con los ocupantes. En mayo de 1899, el diario habanero La Discusión reseñaba una reunión de veteranos presidida por los generales Enrique Collazo, Eugenio Molinet y José Lacret, donde acordaron enviar un telegrama a la provincia de Oriente comunicándoles:

«Fuerzas de la división de La Habana licencian sin aceptar dinero ni entregar las armas. Centro de Veteranos aprueba por aclamación, la actitud digna... y recomienda a las demás del Ejército de Occidente adopten la misma actitud por ser honrosa y patriótica».

Por su prestigio fue electo a la Asamblea Constituyente y tomó parte en los debates relacionados con la Enmienda Platt, aprobada definitivamente el 28 de mayo de 1901. El General Lacret votó en contra. Ese mismo día, sentenciaba:

«Tres fechas tiene Cuba. El 10 de octubre de 1868 aprendimos a morir por la patria. El 24 de febrero de 1895 aprendimos a matar por la independencia. Hoy, 28 de mayo de 1901, día para mí de luto, nos hemos esclavizado para siempre con férreas y gruesas cadenas».

Algunos patriotas y admiradores, tras la votación, lo invitaron a una fiesta; a lo que contestó airado y molesto el General: «Hoy no debe haber fiestas. Cuba ha muerto».

El 24 de diciembre de 1904 falleció en La Habana el irreductible general santiaguero, el héroe al que por honor y gratitud estamos obligados a rescatar, como mismo rescató el Coronel Juan Delgado los restos mortales del General Antonio y su ayudante Panchito.

Ser indolentes ante nuestra historia es, además de deshonroso, un crimen. Proteger y cuidar los monumentos es una responsabilidad colectiva, ciudadana. Removamos la conciencia. Militemos, como Fidel, en el bando de los impacientes y honremos a quienes abandonándolo todo, sellaron con nobles ideas sus mentes y corazones, y nos dieron Patria. Demos, como el General Lacret, «Todo por Cuba».

*Presidente del Instituto de Historia de Cuba

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Arturo dijo:

1

8 de febrero de 2018

12:47:30


Muy de acuerdo con su comentario, duele ver como se destuyen monumentos ante la mirada de todos incluso de autoridades, paso seguidamente frente al busto del general Lacret, y y lo veo ahi aun asi mostrando la dignidad de la cual carecen muchos, tambien me duele mas en el alma ver como incluso pesnas se sientan a beber en el de mi abuelo en la avenida del puerto, frente al embarcadero de la lancha de Regla, ahi mismo ante agentes del orden que tal vez no conocen que mantener la discplina es parte de su trabajo.

Gina dijo:

2

12 de febrero de 2018

11:16:23


Muy bello artículo pero pienso que no podemos quedarnos ahí, peor que los malos hagan cosas como estas es que los buenos seamos apáticos, debe ampliarse y hacerse una campañas también por los medios audiovisuales, publicar estos malos ejemplos para que podamos seguir estando orgullosos de nuestra tan hermosa historia

danilo santiesteban mayor dijo:

3

14 de febrero de 2018

10:56:34


Buenos días “A diario el paso por la intersección de las calles Lacret y Vía Blanca. Allí hay un busto del General José Lacret Morlot, que lleva en su base esculpida su lapidaria frase de «Todo por Cuba». El monumento está sucio, descuidado e incluso, ambas orejas del prócer dañadas, como si alguien intencionalmente las hubiese mutilado. Eso se llama ingratitud.” Estoy seguro que si usted lo hubiera denunciado la primera vez que pasó por allí ya se hubiera restaurado. Ojalá todos los ciudadanos que tenemos iguales deberes y derechos pudiéramos escribir y publicar fotos en los periódicos que son del pueblo. Sugiero que se edite un solo periódico nacional con varias secciones en dependencia de a quién vayan dedicadas, si al final, muchas de las noticias se copian de uno a otro, y se le ponga Órgano Oficial del Pueblo de Cuba. Creo que también se ofende a los mártires y héroes poniéndole sus nombres a calles destruidas por donde apenas se puede pasar. Mi bisabuelo fue mambí.