ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

La semblanza de los paradigmas es para trascenderla en nuestro tiempo, no para convertirla en leyenda muerta ni en eslogan frío, por eso los trovadores de Santa Clara transformaron la canción de un hombre enamorado en un festival. Quien dice Longina piensa en Corona, y desde hace más de 20 años, también en la Trovuntivitis, en el Mejunje, en una ciudad viva que no se esconde para cantarlo todo.

«El Longina», como se conoce en muchas partes del Sur, es un evento cultural sin excluidos; donde se refugian en enero mujeres y hombres de todo el país (y unos pocos del mundo), para exponer un arte extrovertido que rompe los mitos de que todo lo valioso habita en los célebres programas de la televisión.

«Santa Clara tiene magia», dicen los que llegan de cerca o lejos; porque la ciudad es la gente, y cuando falta una guitarra para tocar, sea a la zurda o a la derecha, sobran trovadores para ofrecer la suya con la misma sencillez de quien comparte una esencia.

La reciente edición del Longina tuvo matices inéditos, por primera vez la organización quedó en manos de los trovadores más jóvenes, esos mal llamados «del futuro», porque demostraron con su obra que también forman parte del presente.

Algunos nacieron tarde para ver los primeros conciertos sin audio de la Trovuntivitis, en un pequeño bar donde el público colaboraba para que a los artistas no les faltara el trago; pero llegaron a tiempo para contagiarse con el espíritu de cofradía intelectual y humana de sus integrantes.

Los muchachos tuvieron el tino, esta vez, de dedicarle el Festival a Teresita Fernández y al género habanera, de invitar a fundadores y a novicios; nos sacudieron el espíritu con un programa diverso y desprejuiciado, con conciertos para todos los gustos, con trovadores que defienden su propuesta desde el jazz, el pop, el rock, el folk, el filin, la rumba, el son, el rap, el bolero; unos espectáculos concebidos para el público que solo disfruta de los artistas conocidos, y otros para los que se arriesgan a viajar al universo personal de un trovador inexplorado pero intenso.

El alma de Teresita vibró, más que nunca, durante la segunda semana de enero en Santa Clara, encarnada en un Longina que invita a sentir en el pecho la niñez curiosa y la juventud irreverente, huyéndole a la melancolía de ser ya demasiado serios y poco inquietos; a cantar con humildad en contra de los prejuicios y las malas costumbres; y a no pensar que con odio ni rencores «las cosas cambian de color».

«El Longina» exige que brindemos por los inmortales no en copas finas, sino en vasos plásticos; que sembremos las violetas en palanganas viejas, criemos los cocuyos en botellas rotas, que no haya soledad mientras alguien exista para recordarnos que ser feliz es vivir todos los pequeños momentos al máximo, con la verdad propia sin querer corromper la ajena.

El camino al Festival no es un paraíso, porque desde la comodidad no nacen grandes cosas. El evento enfrenta la incomprensión e ineptitud de algunos jóvenes sin fibra «que tienen peces y no han visto un río»; pero los herederos de Manuel Corona y Teresita Fernández no se sientan a esperar el fruto, y sin protocolos frívolos ni corbatas, rompiendo esquemas, hacen que cada nueva edición los trascienda.

Trovador y sociólogo

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evandro dijo:

1

19 de enero de 2018

12:25:24


Excelente comentario