ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Yo soñaba que yo era una princesa, y no la niña aquella que creía que de verdad existían los Reyes Magos. En mi mente veía cosas fantásticas. Pero yo nunca había leído libros. Nadie me había leído la Caperucita. Nadie me había leído nunca nada.

La única diversión que había en Herradura, el pueblecito donde yo vivía, era ver pasar el tren y decirles adiós a los pasajeros. En aquel momento no había cines, no había nada. La carretera llegaba desde el entronque hasta la línea del tren. Una tienda a cada lado de la carretera, y 40 o 50 casas regadas. Unas matas de mango y un pinar que era donde yo vivía con mi mamá, con mi papá, y con mis tres hermanas.

En ese tiempo había mucha división de clases, y mi papá era como un esclavo. Era muy pobre, y era analfabeto, porque ¿a qué escuela fue? Malamente aprendió a poner su nombre. Lo criaron bajo el mando de Armando del Pino, el dueño de Herradura. Mi papá trabajaba como un mulo y nunca veía un centavo en su mano. Ni mi mamá, que también trabajaba para Armando del Pino, en las escogidas de tabaco.

Armando del Pino era el proveedor de trabajo de todo el pueblo, que no era tal pueblo ni mucho menos. Todo el mundo tenía que estar bajo su mandato. La escuela le pertenecía a él. La iglesia le pertenecía a él. El día 25 de diciembre repartían unos abriguitos. Pero si tú no ibas a la iglesia no podías adquirir el abriguito, y la mayoría de las personas no tenían dinero para comprarles la ropa a sus hijos, ni los zapatos, nada. Dependían totalmente de ese hombre. Y te decían: hay que ser honrado, hay que ser no sé qué. Te inculcaban la forma de vida que a él le interesaba que tú llevaras.

Así que en una ocasión, en 1942, mi mamá me manda una semana antes de las navidades a pasarme unos días en casa de una tía mía, que era la única hermana que tenía mi mamá, y que tenía un poco de dinero. Ella vivía en un pueblo más lejos, que se llama Corralito. Cuando yo llego allá, me hacen un huevo frito, y me paran en un asiento alto porque yo no alcanzaba a la mesa. Entonces yo digo: ¡huevo frito!, ¡qué rico! Y todo el mundo empezó a burlarse.

En aquella casa había que levantarse de madrugada a recoger hojas de tabaco. A mí me tocaba recoger las hojitas de tabaco maduro, que les decían mañanita. Yo tenía seis años. Y yo me levantaba tempranito, cuatro y media o cinco de la mañana, para hacer mi trabajo. A las 11 ya había que volver.

Yo vivía soñando con unas cintas que vendían en la tienda. Unas cintas de moaré, preciosas. Unas eran a cuadros y otras lisas. Cuando llegaba la navidad, traían a las sobrinas de Sisa, la dueña de la carnicería, con unos vestiditos de pana y unos zapatos finísimos, de puntera redonda, con un lacito y un botoncito para cerrarlos. Yo soñaba con esos zapatos. Pero cuando mi papá me iba a comprar los zapatos nunca me traía de aquellos. Yo decía: ¿por qué no me traen los zapatos que yo quiero? Y nunca me los trajeron. Y nunca tuve una cinta de esas. Yo pasaba por la tienda y me paraba en la vidriera a mirar las cintas. Las miraba y las miraba. Era un antojo demasiado grande. Las cintas valían 20 centavos. Y con 20 centavos se comía en aquel tiempo.

¿Tú sabes cuándo vine a saciar el sueño de los zapaticos de puntera redonda, con el botoncito al lado, y las cintas del color de la bata? Cuando tuve a mi hija, en los 60. Una señora que vivía en los bajos me regaló las cintas del mismo color que la batica que le puse a mi hija el día que cumplió los siete años…

Bueno, yo no sabía que mi mamá me había mandado a casa de mi tía con el pensamiento de que, cuando yo virara, mi tía le iba a mandar cosas de navidad: unos buñuelos o algo, lo que fuera. Así que el 24 de diciembre, mi mamá manda a mi papá para que me recoja. A eso de las seis de la tarde, que todavía no había empezado la fiesta de nochebuena, mi papá me dice:

– Nos vamos.

– Ah, ¿te la vas a llevar?

– Sí, me la llevo.

Yo no había comido.

Atravesamos todo aquel manigual, y llegamos a casa de una vecina. Mi papá le pregunta:

– Paulina, ¿qué tienes ahí para comer?

– Ay, Juan, aquí no hay nada. Si acaso hay un boniato que quedó de los que yo cociné.

– Me lo voy a comer, porque traigo un hambre…

Caminar de Corralito a Herradura no era fácil. Eran leguas y leguas. Mi papá coge el boniatico aquel, me da un pedazo a mí, y la otra parte se la comió él.

Cuando llegamos a la casa, mi mamá le pregunta:

– ¿Mi hermana no me mandó nada?

– Nada.

Vi que se abrazaron los dos, llorando. Y nos acostamos todos. Porque la miseria tiene cara de perro, pero el hambre es más triste todavía.

Yo no entendía qué estaba pasando. Decía: ¿por qué me fueron a buscar, si yo estaba tan contenta? Y mi mamá no me dijo por qué. Me dijo: mama, mira, te fuimos a buscar para que estuvieras aquí con nosotros. Yo estaba muy triste. Yo lo único que vi fue que me habían quitado la fiesta.

Y me acuerdo que mi mamá me dijo:

– Sarita, ¿por qué tú lloras?

– Porque tengo sentimiento.

– ¿Y qué es el sentimiento?

– Es una cosa que me entra por la nariz y me llega a los ojos. Y cuando llega a los ojos, me los pincha, y eso me hace llorar.

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e.berger dijo:

1

27 de diciembre de 2017

08:05:09


Gran historia, lamentablemente estoy mas que seguro que es CIERTA, no es ni la primera ni la ultima que he oido,

Anita dijo:

2

27 de diciembre de 2017

14:15:38


Conmovedor relato, me gustaría saber si la historia la inspiró algún familiar de Jesús. No viví esa época pero sí escuché a mis abuelos contar las vicisitudes que vivieron los pobres y las veces que tuvieron que acostarse sin comer porque no tenían dinero ni para un pedazo de pan, lamentable estos relatos, pero a la vez nos brindan una gran enseñanza, gracias por recordarlo.

yuria dijo:

3

27 de diciembre de 2017

15:40:37


Cara de perro: Muy triste...representativo de la niñez del pasado...y una definición estremecedora del Sentimiento. Me gusta.

Marta dijo:

4

28 de diciembre de 2017

09:26:26


Soy poco original y me repito. Sencillamente hermoso

Arianna dijo:

5

28 de diciembre de 2017

09:30:34


Conmovedora historia, parece q me la han contado mis abuelos, ellos muchos más agradecidos que nosotros que le cambio la vida esta Revolución.