ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Llevo una mancha de café en el pantalón por no atender como se debe a una persona.

Es una marca pequeña, en cierto lugar discreto, pero una mancha al fin que me recuerda que cuando alguien reclama tu atención, el acto mínimo de educación indica mirar de frente y escuchar, al margen de lo apurado que andemos, de suponer el asunto, de saber la respuesta de antemano.

Nadie arrojó la taza sobre mí. Saltó de mi propia mano mientras oía, concentrado, un comentario de pelota en la televisión matutina.

«¡Papito, papito, papáaa, mira…!» Y yo que «voooy», y ella «¡papito, mijo!», y yo que «ahora voy». Así, hasta sentir el tirón en la camisa, que por ser de mangas largas sacudió la taza y catapultó un chorro negro –del grano bueno, del de la sierra– hasta el mismo pantalón.

El brinco para evitarlo fue inútil. Sin embargo, resultó exacto para mí reclamante de tres años, que se alejaba satisfecha saltando hacia sus muñecos, dejándome un ¡gracias! cariñoso, una risilla ingenuamente burlona, y un sillón vacío que se mecía con brusquedad.

Yo había chasqueado los dientes, con molestia, pero rápido asumí la culpa al entender –embrujado por ese milagro aleccionador que es la ternura infantil– la urgencia de su reclamo. Sin querer, le había mordido bajo la pata del balance la chancleta contra el piso. Solo pedía que la soltara.


Las mangas largas tenían un motivo esa mañana. Iría a una consulta médica en el hospital. De pequeño me enseñaron a ir siempre presentable al hospital.

«Ese calzoncillo no, el blanco, y las medias ajustadas y sin huecos. Uno no sabe nunca si tiene que desvestirse en el médico, y no va a ir a pasar pena». Decía una de las lecciones recurrentes de mi abuela.

Ya frente a la consulta había un asiento grande, con varias personas. Todas estaban molestas, se quejaban, contaban sus percances, y yo que demoraba en entender qué especialidad tan rara podía atender a pacientes de caras largas, al parecer provocadas por un padecimiento aún más extraño, con síntomas de ansiedad, de intolerancia, de «esto es inconcebible», de «tú vas a ver si no me atienden», de «si no, me voy para el gobierno»...

Las historias escuchadas sobre desatenciones, faltas éticas, descortesías, incomprensiones, indolencias, algunas inenarrables en estas páginas, causaban pena en verdad, pena por los responsables, por los culpables primarios de aquellas quejas, un cierto tipo de actor social que cobra por un puesto de servidor público, y que no sabe quizás el significado de servir, una palabra que es estatuto moral dentro del sacerdocio de la Medicina.

Un hospital es como una gran industria que reproduce la vida, que trabaja incansablemente por sanar lo malo, pero donde no hay máquinas ni materias primas, sino humanos en todos lados, unos curando y otros siendo curados.

Y donde hay humanos hay errores, y discrepancias, y malentendidos, y personas inconformes, con razón o no, a quienes la ley da el derecho de ser escuchados, para esclarecer o resolver el problema.

Esa es precisamente la esencia del revolucionario sistema de atención a la población, que han de tener por norma todas las instituciones. En el hospital de marras, aquella era la puerta donde esperaban las personas de enfrente.

Por entrar y salir de mi consulta, no supe si la abrieron ese día, a sabiendas de que en muchos lugares similares hay, para «atender a la población», un día de la semana y un horario, como si fuera posible que la gente planifique sus problemas, sus imprevistos, para que ocurran en una fecha exacta.

Habrá lugares en que esto pueda hacerse, pero en otros no, los de servicios públicos sobre todo; donde debe haber personas dedicadas de modo permanente a atender reclamos, quejas, incomprensiones, que medien para explicarlas, o lleven al promovente de la mano hasta el último lugar en que esté su respuesta.

Esa, la respuesta a una inquietud por un servicio, es una necesidad, y ofrecerla un deber social, un principio revolucionario, una obligación por ley. Sin embargo, todavía hay funcionarios públicos que obvian tales cualidades, servidores designados más allá de la recepción o la secretaria, que dicen tranquilamente que lo sienten, que no está en el plan del año, que no es la hora, que no es el día, y dan la espalda para cruzar una puerta que se cierra.

Casi siempre tienen una espalda erguida, de hombros muy rectos, vestida con una camisa limpia perfectamente planchada, o una blusa impecable adornada con bufanda; de las que a veces confunden la aptitud para un cargo directivo, que ahogan la sensibilidad con lentejuelas, y que piden a gritos –eso sí– un tirón sorpresivo de conciencia que haga saltar de la mano, sobre la tela exquisita, una taza grande del mejor café, del de la sierra.

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Yoani dijo:

1

10 de noviembre de 2017

09:29:07


Hola. Es muy lamentable lo que refleja el compañero periodista, al parecer el cubano ha confundido el sagrado deber de servir al prójimo con servilismo, y por eso rechaza llevarlo a cabo, aunque en la inmensa mayoría de las ocasiones se trate simplemente de cumplir con su contenido de trabajo, ni más ni menos. Creo que en ese aspecto también hay que resaltar que evidentemente la labor que ha llevado a cabo la Revolución durante toda su existencia en aras de aumentar el nivel cultural y educacional de nuestra población ha sido insuficiente, hemos ganado eso sí en instrucción, pero no ha sido así en cultura ni en educación, todo lo contrario. Quizás no se le dió la debida importancia desde un principio y ahora se ha convertido en un verdadero problema social. Es amargo para el ciudadano común tener la sensación de que está completamente desprotegido, de que a nadie le interesa atender tus reclamos, tus quejas, tus necesidades.

Loriet dijo:

2

10 de noviembre de 2017

09:32:11


Saludos ante todo y gracias por un artículo que se asoma a uno de los problemas más serios de la sociedad nuestra hoy en día, Dilbert usted tienbe toda la razón en reclamar la atención permanente de los ciudadanos y en señalar a los directivos o funcionarios que constituyen antítesis de lo que el Che consideró la columna vertebral de la Revolución, ese funcionario que debe vivir como el hombre común para que piense como el hombre común, he ahí la clave, siempre digo que detrás de todos los problemas que tenemos en la sociedad está la incapacidad o a veces la irresponsabilidad que el pueblo les jha otorgado a los directivos, en Cuba todos creemos que somos lo más importante el la función social que desempeñamos y nop el otro para el que trabajamos, en mi criterio si cada uno entendiera que el más importante es el atendido o el que recibe el servicio entonces no habría muchas quejas, en el serviciol de salud el más importante no es el médico, el enfermero, el tecnólogo, etc, es el paciente, en la escuela no es el maestro sino el alumno, en la tienda no es el gerente, el dependiente, etc sino el cliente, pero en todos los lugares el encargado de que la sociedad funcione bien es el funcionario o dirigente, por tanto cada vbez que hay un problema hay que ir hasta ese funcionario o el que en la cadena de mando hasta el nivel superior no ha exigido porque lo que dirige funcione bien.

Jorge Luis dijo:

3

10 de noviembre de 2017

16:09:02


Un artículo muy ameno y con un fino sentido del humor para describir una realidad batante cotidiana. Qué lástima que los personajes aludidos casi nunca lean el periódico.

Luis dijo:

4

12 de noviembre de 2017

04:11:29


Un muy buen articulo que solo necesita de identificación de lugar y hora de este lamentable hecho tan repetido. Hasta que no pongamos una identificación a los problemas nadie se sentirá aludido. Acabemos de no tener temor, es la única forma de que se solucione el problema.

jpuentes dijo:

5

13 de noviembre de 2017

13:11:10


Existe en cuba una cultura de los servicios?. Por favor que alguien me responda

daima Respondió:


17 de noviembre de 2017

09:06:13

Cuando estudiaba en la universidad en ocasión de nefrentarnos al marketing comentaba el profesor que en Cuba se compra, no se vende. Lo he podido comprobar con creces, tanto en el comercio minorista como en el mayorista. Válido para la producción de bienes como para la prestación de servicios. Basta que salgas en la mañana con ojos de observador y mires todo. A veces necesitas regatear algún precio vergonzoso(en demasía), porque casi todos los precios aquí son vergonzosos y el vendedor si puede te patea, lo sientes así de tantas cosas feas que dice. Si vas a un policlínico tropiezas con que el médico llega tarde, se va temprano y ni siquiera te escribe en la historia clínica. Si vas a una tienda y preguntas el precio de algún producto la tendera te señala el punto donde está escrito, sin importarle que no tengas buena vista y sin darse cuenta de que por algo se lo preguntas y así sucesivamente. ¿ Qué se puede hacer? No sé. Solo puedo decirte que es bien desgastante, fundamentalmente para la mayoría que somos pobres.