ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Granma

Como consecuencia de la falta de simultaneidad entre los alzamientos de Oriente, Camagüey y Las Villas, a principios de 1869 existían en el campo de la insurrección tres organizaciones para la dirección político-militar de la guerra, tres agrupaciones militares con sus generales en jefe y dos banderas, librando la lucha armada contra el colonialismo español de forma inconexa e incoherente. En Oriente, Céspedes proclamó la independencia, enarboló una bandera inspirada en la de Chile, liberó a sus esclavos, asumió la jefatura del movimiento, nombró General a Bartolomé Masó y brigadieres a Juan Hall y Manuel (Titá) Calvar, y comenzó a ejercer la dirección única político-militar de la revolución.

En Puerto Príncipe, para esta fecha, ya se encontraban pequeñas partidas insurrectas en los campos camagüeyanos:

«Chicho» Valdés Urra, Bernabé de Varona, Pedro Recio Agramonte, Fernando Agüero Betancourt y Augusto Arango. El 4 de noviembre de 1868, se alzaron los jóvenes complotados en la Junta Revolucionaria de Camagüey, compulsados por la amenaza de Salvador Cisneros, de que aunque fuera solo iría a capturar los 1 500 fusiles Peabody que Lersundi le enviaba al brigadier Mena, gobernador del Departamento Central, vía ferrocarril de Nuevitas.  Los patriotas, enarbolando el pendón de López y de Agüero, marcharon al ingenio El Cercado, donde Jerónimo Boza Agramonte fue nombrado jefe militar superior del Camagüey. Los jóvenes se organizaron en siete pelotones y designaron tres proveedores y rancheros encargados del avituallamiento del contingente. Salvador Cisneros e Ignacio Agramonte no estuvieron presentes en el alzamiento por estar cumpliendo tareas de apoyo en Puerto Príncipe.

La Junta Revolucionaria de Las Villas ultimaba el alzamiento, que había sido pospuesto varias veces por la acción dilatoria de la Junta Revolucionaria de La Habana, pero tuvo que precipitarlo al conocer que el gobernador militar de Villa Clara había consultado al capitán general Domingo Dulce si detenía a los miembros de la Junta y otros patriotas.

Los conspiradores villareños fueron capaces de levantar más de 5 000 patriotas –pero con muy pocas armas de fuego– en la finca El Cafetal, Manicaragua, el 7 de febrero de 1869. Los insurgentes allí reunidos enarbolaron la bandera de Narciso López e Isidoro Armenteros, proclamaron la independencia, ratificaron la Junta de Gobierno presidida por Miguel Jerónimo Gutiérrez, nombraron general en jefe a Joaquín Morales y Mayor General, jefe del estado mayor de las tropas a Carlos Roloff.

Con esa falta de organización, que necesitaba a gritos una dirección y una estrategia político-militar comunes, iniciaron los patriotas cubanos su desigual contienda contra España. Se imponía organizar una dirección única de la revolución, tanto a los efectos de precisar los objetivos políticos y sociales de la guerra, como de la conducción de las acciones combativas y de la proyección internacional de la revolución. Había que organizar la república, darle un gobierno y una constitución, construir, de aquellas huestes entusiastas, pero desorganizadas, un ejército y dotarlo de su general en jefe.

A tal efecto, se convocó a representantes de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba, por los orientales; de la Asamblea de Representantes del Centro, por Camagüey y de la Junta Revolucionaria de Las Villas, por ese territorio, a una asamblea de representantes del pueblo, donde debían debatirse y unificarse los puntos de vista en torno al futuro inmediato de la revolución. Para ello se escogió el poblado de Guáimaro, donde el 10 de abril de 1869 se reunieron los principales próceres. Allí se decidió dividir la Isla en cuatro departamentos militares: Oriente, Camagüey, Las Villas y Occidente; se aprobó una constitución que abolía la esclavitud; se adoptó la bandera de Narciso López como enseña nacional, y se aprobó que la de Céspedes estuviese junto a ella en el salón de sesiones de la Cámara y se considerara parte del tesoro de la República. También se eligió la Cámara de Representantes, con facultades para designar y deponer al presidente y al general en jefe. Salvador Cisneros Betancourt fue electo Presidente de la Cámara, Carlos Manuel de Céspedes Presidente de la República en Armas y el Mayor General Manuel de Quesada, General en Jefe del ejército.

Uno de los tópicos más discutidos fue el de las relaciones entre la dirección política y el mando militar. Céspedes era partidario de un mando único político-militar, mientras que los del bloque Centro-occidental esgrimían el temor a una dictadura castrense y generó todos los mecanismos legales posibles para entrabar al ejecutivo y al general en jefe. En lo tocante a la conducción de la lucha armada; la solución aprobada era engorrosa y probaría ser ineficiente. Además de la doble subordinación del general en jefe a la Cámara y al Ejecutivo, debían ser «objeto indispensablemente de la ley», la autorización al presidente para conceder patentes de corso, levantar tropas y mantenerlas, proveer y sostener una armada y declarar represalias respecto al enemigo. En fin, como han señalado algunos autores «una constitución que era una camisa de fuerza hecha a la medida de Céspedes».

El 10 de abril hubo en Guáimaro una Junta para unir las dos divisiones del Centro y de Oriente –escribiría Martí–. «Aquella había tomado la forma republicana; esta la militar. Céspedes se plegó a la forma del Centro. No lo creía conveniente; pero creía inconvenientes las disensiones. Sacrificaba su amor propio, lo que nadie sacrifica. La Cámara, ansiosa de gloria pura, pero inoportuna, hacía leyes de educación y de agricultura cuando el único arado era el machete, la batalla, la escuela, la tinta, la sangre y venía el veto –y recalcaba más grande la grandeza y la razón de Céspedes. El creía que la autoridad no debía estar dividida –que la unidad del mando era la salvación de la Revolución; que la diversidad de jefes, en vez de activar, entorpecía los movimientos. El tenía un fin rápido, único: la independencia de la Patria. La cámara tenía otro: lo que sería el país después de la independencia. Los dos tenían razón– pero en el momento de lucha, la Cámara la tenía segundamente».1

Duro tiene que haber sido para Céspedes ceder cuando sabía que era él quien tenía la razón, pero más trascendente que su amor propio era la unidad de los revolucionarios y a ella lo sacrificó.

*Investigador del Instituto de Historia de Cuba
 1 José Martí: La revolución del 68, La Habana, 1968, p. 197.

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Iraudis Rivera Barnes dijo:

1

9 de octubre de 2017

07:17:54


trabajos periodisticos como este, hacen crecer nuestras historia. Será leido en las aulas y discutidos con los estudiantes a los que les imparto la asignatura Historia de Cuba.El tema de la Unidad , tiene que ser tratado como la niña de nuestros ojos, si ellos les dedicaron parte de su tiempo para lograrla, nosotros tenemos el deber de fortalecerla y enrriquecerla con toda la fuerza, para que como señalará Fidel, " nuestra historia a crecido y seguira creciendo."

Miguel Angel dijo:

2

11 de octubre de 2017

14:28:05


Excelente trabajo, donde se describe de manera escueta pero profunda la desunión y la escasez de criterios coincidentes, q caracterizó la primera etapa de la guerra por la independencia de Cuba. Céspedes fue capaz de sacrificar sus certeras convicciones en aras de garantizar la codiciada unidad entre las fuerzas mambisas de las diferentes regiones del país. Su objetivo supremo era alcanzar la independencia de Cuba de la oprobiosa metrópoli española.