ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Archivo

El tiempo no podrá concederle al líder obrero Enrique Varona González la muerte definitiva del olvido. Podrán pasar cientos o miles de años, pero los obreros jamás olvidarán a ese hombre que desdeñó los placeres de la vida por no traicionar a sus compañeros; a ese gigante conductor de masas, fabricador de sueños, símbolo imborrable.

Allí, en la periferia de Morón, están los legendarios talleres donde su voz llamando a la huelga aún resuena, donde los hierros todavía conservan las huellas de sus manos y sus pasos están marcados en cada uno de sus rincones; allí está la terminal ferroviaria, erguida sobre su arquitectura ecléctica, dispuesta a no renunciar a sus ancestros porque ellos fueron los que la llenaron de gloria, cuando el pitazo estridente de la locomotora anunciaba en sus andenes que el tren iba a salir porque la huelga había sido ganada por los obreros; allí están esos ancianos que con las manos temblorosas y la visión casi perdida, dicen con orgullo: «yo fui compañero de lucha de Varona», y luego relatan historias como para escribir el más hermoso de los libros; allí están las calles a través de las cuales anduvo con sus ideas emancipadoras bulléndole en el cerebro, el caserón donde vivió humildemente feliz con su esposa y sus dos hijas, la esquina penumbrosa donde un asesino le disparó una bala en la cabeza, pensando que lo iba a matar y en realidad lo que hizo fue inmortalizarlo, convertirlo en el ícono de la dignidad.

Nació en Consolación del Sur, Pinar del Río, el 13 de julio de 1888, pero escogió al entonces pequeño pueblo de Morón como punto de partida de su largo viaje hacia la Historia. Fue campesino pobre, obrero explotado, pero tenía siempre consigo una idea fija: luchar para mejorar las condiciones humanas de los hombres que vivían del sudor y de la destreza de sus manos.

Anduvo a lo largo y ancho de la Isla buscando apenas el sustento para él, sus dos hijas y su joven esposa que lo seguía con orgullo por esos caminos de la esperanza, hasta que escogió a Morón para proyectar su lucha.

Comenzó defendiendo los derechos más elementales de los trabajadores de vía u obras, que eran los más explotados.

Referente al amor que sentía Varona por esos explotados, Ana Lugo, su viuda, me dijo con lágrimas en los ojos, en una de las ocasiones en que la entrevisté cuando escribía el libro Enrique Varona, el líder de las mil huelgas: «La víspera de la navidad de 1922, Enrique me había dicho que deseaba pasar ese día junto a ellos. Yo no le reproché su actitud, al contrario, me agradó. Tanto me emocionó aquel gesto suyo, que el lechón asado que tenía para comerme en casa con mis hijas, se lo llevé para el campamento. Nos divertimos mucho. Él estaba feliz junto a sus dos niñas de los ojos, como solía llamar a Leonor y a Nieves, y junto a mí, y también junto a los obreros a quienes consideraba como de la familia. Aquella noche sé que lo hice feliz porque sus ojos me lo estuvieron diciendo constantemente y ellos nunca mentían».

Luego organizó a los braceros y estibadores de Puerto Tarafa y también conquistó para ellos derechos que hasta el momento las patronales les habían negado. Por último acudió a los centrales azucareros y escuchó el reclamo de sus trabajadores, estudió sus demandas y se lanzó a la lucha en pos de las mismas. De manera que Varona, lo primero que hizo fue unir a esos tres grandes sectores (el portuario, el azucarrero y el ferroviario) en la lucha contra los explotadores.

La huelga más connotada dirigida por Varona fue la que comenzó en los primeros días de septiembre y concluyó el 25 de diciembre de 1924. Se le conoció como la Huelga de los Ingenios, pero en realidad en la misma también estuvieron implicados los sectores ferroviarios y portuarios. Más que una huelga esta lucha se convirtió en una guerra sin cuartel, pues la respuesta del ejército, las patronales y los consorcios fue desesperada, antipolítica, represiva hasta lo inimaginable.

Hubo un momento en que en los periódicos del país comenzaron a aparecer cintillos y titulares en los que se mencionaba la intervención del embajador de los Estados Unidos en Cuba, Enoch Crowder. El Heraldo anunciaba que «Estados Unidos amenaza a Cuba con la intervención», hasta que finalmente, después de muchos titulares y cintillos, el primero de diciembre apareció en los diarios un titular que decía mucho: «Mr. Crowder visita al Presidente».

No hay que tener mucha imaginación para suponer lo que conversaron el Presidente de un país lacerado por una potente huelga y el embajador de Estados Unidos, lo que sí es cierto para la historia es que este movimiento estuvo a punto de propiciar la tercera intervención yanqui en Cuba, ya que el Gobierno de Washington terminó por enviarle al Gobierno cubano una nota conminatoria advirtiendo que de no detenerse la huelga, los marines yanquis entrarían en La Habana para controlar la situación.  

La llegada del dictador Gerardo Machado al poder, había echado por tierra los principales logros obtenidos por el gremio La Unión en el convulso año 1924, pero Varona reaccionó arremetiendo con fuerza, puesto que conocía que la lucha iba a ser más dura.

Machado lo metió en prisión, lo sobornó con un cheque en blanco y un pasaje de avión para el país que él escogiera para vivir tranquilamente con su familia, pero Varona no era de raza vendible.

Solo quedaba la muerte con su silencio eterno, de modo que sin más dilaciones se fraguó el asesinato.   

La noche del 19 de septiembre de 1925 el asesino se ocultó, tras las paredes de un vetusto caserón, para esperar pacientemente el cruce de Varona y dispararle a quemarropa. Cuando Varona se dirigía con su familia hacia el teatro Niza de esta ciudad, en los precisos momentos en que llegaba a la esquina, sonó un disparo y, mientras un cobarde corría desaforadamente rumbo al cuartel para cobrar la vergonzosa paga de matón, un hombre valiente ya moribundo se abrazaba a su esposa como para decirle al oído: «muero por los trabajadores», que era como decir que iba a vivir eternamente.

Julio Antonio Mella, su amigo entrañable, al enterarse de su muerte, escribió: «Cuando pasen los años y el proletariado destruya las tiranías sociales, tú habrás sido también un precursor...». ¡Qué visión más preclara la de Julio Antonio Mella!, pues pasaron los años, muchos años y, un primero de enero de 1959, las tiranías fueron derrotadas y Varona se tornó un precursor, un símbolo, parte de la identidad histórica de todo un pueblo.


*Historiador y presidente de la filial de la fundacion Nicolás Guillén en Ciego de Ávila

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