ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Esteban y Crucita. Foto: Yander Zamora

PUNTA ALEGRE, Ciego de Ávila.–Pasamos bajo tronco de aguacero y Crucita se fumaba su cigarro recostada a la baranda. Íbamos rápido; metidos en un par de capas verdes hasta las rodillas y en botas de agua.

Crucita nos llamó. Nos acercamos. Nos dijo que qué hacíamos mojándonos, que nos sentáramos ahí en su casa hasta que escampara, que iba a hacer café.

–¿Ustedes toman el café muy dulce, muy amargo, o…?

–Más o menos, intermedio.

–La forma en que lo tomamos nosotros. Ni dulce ni amargo. Ahí.

Nos sentamos en un par de sillones mientras Crucita atraviesa la sala y regresa con Esteban, un hombre sudoroso y desvaído que estaba en el pasillo que da al patio, apilando la guata que hace días puso a secar para armar el colchón.

–Oyé, qué días más malos –dice Esteban.

–¡Y dilo! ¿Cómo pasaron el ciclón?

–¿Nosotros? Rato acostados, rato despiertos, y así. Aquí mismo, aquí mismo. Y en la noche figúrese usted: rachas grandes, grandes, grandes. De 200 kilómetros, o no sé cuánto. Yo era oyendo aquella mata de mango que le arrancó to’ los gajos arriba. Y se nos mojaron los dos colchones y to’ esto por aquí. Sí, vaya, por los goterones. Tú verás el techo –me enseña los agujeros del techo, recubiertos por una franja gris–. Mira, ¿ves?

–Pero además de la madera hay algo…

–Sí, tiene papelón.

Nos pasa al cuarto. Esteban prepara la cafetera y la pone a la candela en un fogoncito que tiene en el suelo; que anda con alcohol.

–Este fogoncito es para emergencias. Porque aquí nosotros cocinamos el año entero con carbón –dice y me enseña los sacos, acomodados detrás de unos muebles, humedecidos.

–¿El carbón lo haces tú mismo?

–Sí, claro. Ven pa’ acá, pa’ que te sientes.
Cruzamos el pasillo (el espacio entre la pared y un closet de madera) que da a la sala.

–¿¡41 años llevan ustedes!?

–Hasta que nos muramos... Y pa’ que tú veas, no tenemos hijos. Yo estaba ya ligá cuando me ajunté con él. Ya yo tenía mis tres hijos.

«Tengo una que vive en Batabanó, por allá. Una en Chambas, y el otro se me fue pa’ Batabanó también…».

–¿Y los llamaron pa’ saber de ustedes?

–Sí, sí, ya. Ellos me llaman. Si yo tengo mi teléfono y todo. Hoy no podrán comunicarse conmigo, porque no hay comunicaciones. Hoy sí no hay, pa’ nadie.
Entra un muchacho joven, empapado.

–¿Por qué tú andas descalzo? –dice Crucita.

–Sabrá Dios dónde están las chancletas –dice el muchacho y sigue.

–¿Ustedes están retirados ya?

–No. ¿Retirados? Nosotros estamos trabajando. Yo trabajo en comunales, en calles. Barriendo calles. Yo soy barrendera. Y él trabaja en lo que es la chapea de un área. En comunales también.

–Ella es barrendera de calles, y yo soy chapeador de áreas verdes –dice Esteban, que anda por el cuarto vigilando el café–. Yo chapeo con guadañas de esas, de machetes, hace 23 años.

–Yo antes de eso estuve 15 años en la agricultura. Y ahora llevo 14 en comunales. Pero no, yo no aspiro a retirarme. ¡Y eso que estoy en tiempo!
Esteban regresa.

–Aquí cada cual tiene su área. Es un área de miles de metros, por ejemplo, cuadrados. Cuadrados así, o si no lineal. Y entonces ahí te pagan lo que vale la cantidad de área esa.

–Y lo mío es por área también. Yo tengo de lo que es por allá alante, del club aquel, hasta allá hasta la policía; de la policía, por la calle del mar, a viaje, hasta la esquina del banco; y de la esquina del banco hasta allá atrás.

–¿Todos los días?

–Todos los días, todos los días. Domingo no. Es de lunes a sábado.

–¿Y cómo haces?

–Yo me levanto de madrugada. Yo empiezo a las tres y media, más o menos. Cuatro menos veinte, más o menos. Con una escoba. Yo tengo escobillón también, que es del trabajo. Pero la escoba no. Las escobas yo las compro pa’ más comodidad pa’ mí. Pa’ andar más rápido… Y entonces yo tengo una carretilla. Y ya cuando termino con mi área terminé con el día.

–¿Y la basura?

–No, yo la boto. Nosotros tenemos áreas donde botarla. Y termino a las seis de la mañana, porque como el niño está en el pre…

–¿El nieto?

–Ese es el nieto mío. Yo lo tengo aquí. Él es de Batabanó. Pero él quiso venir a pasar el pre aquí cerquitica. Y así nos acompaña.

«Pero yo me acuesto ocho y pico, nueve, diez de la noche. Y me levanto a las tres.

«Yo no dejo un día de trabajar. Yo no pierdo un día. Tiene que ser que haya un enfermo, o yo me enferme, o algo. Si no, no… Y si yo me enfermo, y con una pastillita puedo resolver, yo me voy a trabajar».

Hoy, por ejemplo, amaneció lloviendo. Crucita salió con su carretilla y recogió algunas de las pilas de escombros que la gente ha ido haciendo en los contenes.

Esteban pasó el día remendando las tejas de la casa que partió Irma, organizando el patio, rehaciendo los colchones, cocinando; y ahora trae fósforos para Crucita cuando viene del cuarto, con el nieto, y cinco vasos llenos de café.

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María Elena C dijo:

1

20 de septiembre de 2017

09:03:32


CONMOVEDOR ARTÍCULO, CIERTO, GENTE MUY BUENA Y DIGNAS DE ADMIRAR.

Adrián dijo:

2

20 de septiembre de 2017

15:50:40


El estilo de Jank me recuerda a lo que he leido de Hemingway. Pero muy bueno, por cierto.

jorge luis velazquez dijo:

3

20 de septiembre de 2017

16:55:13


sin dudas gente buena, y en la pluma retratada de jank curbelo conmueven aun más. esos son los mejores los que tienen mucho adentro y necesitan poco afuera, al decir del Maestro.

cubana dijo:

4

20 de septiembre de 2017

17:17:32


Estos cubanos valen, dignos de admiracion y respeto, que personas, que ejemplo para todos nosotros. Periodista sigue escribiendo asi. Gracias.

José Alejandro dijo:

5

21 de septiembre de 2017

08:43:24


No porque sea mi amigo y colega, es que alerto una vez más: Aquí se está desarrollando, con categoría 5 de huracán, uno de los que hará historia en el género de la crónica cubana. Hay que contar con Jank ya en el súbito y difícil género de la crónica. Lo digo porque, a diferencia de algunos, este muchacho no se cree cosas ni blasona de altanerías. Sorbe todo a su alrreredor con una humildad silenciosa. ¡Ese es el verdadero cronista!