Si me pidieran mi opinión para hacer una lista de las palabras más utilizadas en el contexto cubano actual, tal vez me tomaría horas completar la encomienda, e incluso haría cientos de borrones. Pero si redujeran el rango para mi respuesta, y lo concentraran en las valoraciones que a diario se generan en torno al presente y futuro de nuestra obra social, entonces no tengo dudas, encabezaría mi selección con un término: «sistematicidad».
Poco a poco ese vocablo se ha convertido en comodín para evasivas, en supuesta solución universal para acuciantes problemáticas o en causa primera de la ineficiencia y el incumplimiento de responsabilidades. Si no se alcanzó determinada meta, «faltó sistematicidad», si queremos que fluyan los engranajes de cualquier proceso «debemos ser más sistemáticos». Construcciones gramaticales que incluyan a este término pudiéramos escribir cientos, miles.
Sería posible pensar entonces, que hemos llegado a un nivel tan elevado de conciencia que nos permite reconocer con toda transparencia nuestros errores pero, ¿será realmente así? ¿No será acaso que hemos encontrado un término ideal para justificarnos y autocompadecernos? Me atrevería a aseverar que muchos de los que a diario utilizan esa palabra, ni siquiera se detienen a pensar en lo que hay detrás de ella, se conforman solo con repetirla, porque saben que, bien contextualizada, puede ser el bálsamo que mitigue sus dolores de cabeza.
Lo cierto es, hablando con claridad, que muchas veces en lo único que somos sistemáticos es en decir que lo somos, lo seremos o por tal o más cual causa dejamos de serlo. Sin embargo, la verdadera actitud que ello implica queda solo para el diccionario.
La falta de sistematicidad es, ciertamente, un motivo de preocupación y alerta, pero no necesitamos seguir atiborrando con esa palabra nuestros espacios de diálogo e intercambio, sino transformarla en una actitud caracterizadora de cada uno de los procesos que con tanto esfuerzo llevamos adelante, pero aún, la verdadera concreción del término es cualidad de unos pocos.
Hay disímiles ejemplos de ideas que se emprenden con un empuje tremendo, que derrumban murallas, que mueven a la gente y luego, desaparecen. La causa es simple, pensar en algo bueno y renovador es sencillo, lo verdaderamente difícil es mantenerlo y en eso, nos falta mucho todavía. Maravillosas iniciativas son promovidas por una persona que se entrega de lleno a su realización, pero, si por casualidad debe separarse de lo que creó, no siempre los demás son capaces de darle seguimiento a lo logrado, se sacuden y punto, el proyecto queda trunco.
La sistematicidad no requiere de medidas estratosféricas, se sustenta en procedimientos, estilos de trabajo consecuentes con la labor que se desempeña y cierta dosis de constancia. Pero antes de todo eso, debe haber primero una voluntad, individual y colectiva de hacer las cosas bien.
Necesitamos desligar ese término de la subjetividad que se adapta a cualquier contexto, para materializarlo en ámbitos cada vez más específicos, más cercanos a los hombres y mujeres que, en definitiva, construyen su propio provenir.
Apostemos por eso, de verdad, no de dientes para afuera. De todas maneras, los únicos beneficiados, o perjudicados, somos nosotros mismos.




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felix dijo:
6
27 de mayo de 2017
15:00:20
sachiel dijo:
7
27 de mayo de 2017
16:27:55
moly 63 dijo:
8
29 de mayo de 2017
08:11:50
Richard dijo:
9
29 de mayo de 2017
14:07:24
Roberto dijo:
10
29 de mayo de 2017
15:59:18
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