ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Una fría noche de principios de abril, a mediados de los 60, en un albergue cañero cerca de Unión de Reyes, estudiaba bajo la luz de un farol chino la tesis de defensa que pretendía esgrimir en un juicio que se celebraría una vez concluida «la jornada de Girón». Él levantó despacio su inmensa humanidad de la litera de abajo, y se acercó al taburete donde yo leía a media voz practicando mi alegato.

—¿Qué haces muchacho?, me preguntó y no me molestó que me dijera así, a pesar de mi recién estrenado título de Doctor en Derecho; lo percibí como trato afable y cariñoso, además por la edad casi podía ser mi abuelo. —¿Te preparas para un juicio o para una obra de teatro?

—Para un juicio Doctor, un caso muy bonito, creo yo, le dije con timidez; era el Presidente de la Audiencia, me inspiraba respeto.

—Por lo que he escuchado es un supuesto delito de robo con fuerza en las cosas que consideras preterintencional (no hay intención, pero hay un resultado dañoso previsible, aunque no querido ni buscado por el autor), lo calificas de daños y pretendes esgrimir una eximente de la responsabilidad criminal.

—Así es, Presidente, le dije y me contestó: «Aquí no soy el Presidente, soy tu compañero de albergue. A ver, cuéntame, porque escuché contradicciones, analicemos el caso, hablemos de los hechos y del milagro sin mencionar al santo».

—Sí, Presidente, gracias, disculpe, no lo hice porque usted es el Presidente y yo el abogado defensor, el juicio será en la Audiencia y pensé que por ética no debía involucrarlo.

—¿Y qué sabes de ética, qué criterio tienes de la ética?, preguntó, y contesté: «Bueno, que el abogado no habla con los jueces ante del juicio…».

—¿Así nada más? Mira, no es tan así. Se puede hablar, pero lo que no se puede es tratar de comprometer. El juez debe ser imparcial e independiente, no debe inclinarse hacia ninguna de las partes, ni tomar partido a favor o en contra, sino medir a todos con el mismo rasero. La imparcialidad es un elemento básico de la objetividad del juicio, sin ella la función del juez es inconcebible—, agarró por el respaldar un taburete medio desfondado y lo acercó, se sentó de frente al respaldar, puso las manos sobre la parte superior y continuó la lección sobre la ética.

«Mira, el juez es un custodio del Derecho, y debe protegerlo, afirmarlo y aplicarlo por encima de cualquier otra finalidad y cualquier presión, venga de donde venga. Solo así hará justicia. Lamentablemente, en el mundo de hoy, en muchos países, la independencia del juez se ve amenazada por dos factores: la falta de independencia y el interés personal en el proceso o litigio. Aunque a decir verdad es una preocupación de todos los tiempos, la literatura refleja este mensaje en muchas obras; prominentes autores han dejado huella de esta preocupación. Lo encuentras en Fausto de Goethe, cuando aquel platica con Mefistófeles y entra un estudiante para consultarle sobre su vocación. Y es Mefistófeles quien atiende al estudiante disfrazado del doctor Fausto. El diálogo es muy elocuente en sentido crítico a la aplicación de las leyes. Pero desde antes encuentras también esa preocupación, por ejemplo en Platón. Después puedes verla en Shakespeare y otros muchos más. Yo estoy curado de espanto, no temo conversar de un proceso  con un abogado, me gusta el Derecho, disfruto el debate técnico y el análisis doctrinal y, en ocasiones, me asombro de los devaneos de las teorías».

Yo estaba maravillado. ¡Cuánta sabiduría! Cuánta dignidad en aquel hombre, ya avanzado en años, que casi a media noche en un improvisado albergue con paredes de palma, techo de guano y piso de tierra, no solo compartía con fiscales, abogados y trabajadores del sector judicial la ardua tarea del corte de caña, sino que después de un duro día de trabajo y con pocas horas para el descanso, era capaz de levantarse de su litera para ilustrar a un joven abogado que estudiaba un asunto.

Pasó entonces a hablar del antecedente y fundamento ético y moral que debe tener la Ley y que sirve de basamento a un Estado de Derecho: «Cuando la ley y la ética de la sociedad no coinciden solo hay normativismo, pues el valor ley se separa del valor justicia», sentenció, y la frase se grabó en mi mente para toda la vida. Continuó: «Efectivamente, un abogado no debe hablar con un juez de un caso para interceder o buscar beneficios, pero tú estás estudiando un asunto X, su calificación, y aprecias determinadas circunstancias. Estoy cerca y escucho, no puedo pedirte que salgas de esta casucha, afuera hay mucho más frío y no tendrías luz. ¿Qué debo hacer si escucho contradicciones y puedo ayudarte a salir de ellas? Estás atorado en un sitio, miras a un árbol y no ves el bosque, hay un conjunto de situaciones jurídicas que debes valorar en un caso complicado como el que estoy escuchando. Así no podrás ayudar a los jueces en la búsqueda de la verdad jurídica. Mira, no me hables del caso, solo del tipo penal, de la calificación que discrepas, de la que pretendes, de la supuesta eximente, de tus argumentos, y te diré cómo lo veo».

Hablamos entonces, conté supuestos de hecho, tipo legal y consecuencia jurídica, no se mencionaron lugares, fechas, personas o circunstancias específicas. Me dio una clase magistral, nos dio la madrugada, el frío era intenso, tomamos un «carajillo» y nos fuimos a las literas, él debajo, yo arriba. Apenas tres horas después el Fiscal Jefe de la provincia nos daría el acostumbrado «de pie».

Terminó la jornada de Girón, y a mediados de la semana siguiente llegó el día del juicio. Ya había practicado una y otra vez mi alegato: no plantearía eximente, sencillamente la inexistencia del delito por la poca entidad de la acción:

conducta culpable y punible, pero insignificante al Derecho penal. Cuando llegué a la Sala, él no integraba el tribunal, presidía uno de los magistrados y un suplente ocupó el lugar de este. Ya era miércoles y desde el lunes no había venido a la Audiencia. El juicio se desarrolló como lo había previsto, todo salió a pedir de boca, salvo que mi discurso quedó «embotellado», no pude decir «ni pío»; cuando terminó la práctica de las pruebas y el Presidente preguntó sobre conclusiones, el Fiscal retiró la acusación. Mi representado fue absuelto. Yo no estaba contento, me gustaba el resultado, pero ¿y mi tesis, y todo lo que estudié? ¿Cuándo tendría otra oportunidad de un caso como ese para poder desarrollar una tesis bonita y técnica como la que pude exponer? Me fui con sabor agridulce.

A la semana siguiente le vi en la Audiencia, me preguntó por el caso, le conté y me felicitó. —¿Por qué no vino?, ¿tuvo algún problema?— le pregunté. —Por ética—. Me dijo, y quedé perplejo. —Pero…—. Traté de decir algo. Me dio otra clase, y otra vez de ética… —¿Y por qué me ayudó con el caso?, pregunté cuando terminó, sin reparar en que decía una tontería.

—Yo no te ayudé en ningún caso, hablamos de Derecho penal, de un supuesto teórico, no supe nombres, ni lugar, ni número de la causa, pero me dijiste que esta semana sería el juicio y entonces no vine porque estaba «contaminado», me daría cuenta tan pronto empezaras a hablar. Entones sí entraría en tu caso. Y el juez debe ser imparcial, como te dije aquella noche en el albergue. Además, aproveché para tomar unas vacaciones, me hacía falta un descanso después de 15 días cortando caña. ¿No crees? Yo no tengo tu edad. Sencillamente avisé desde el lunes.

—Pero no me dejaron hablar, no pude desarrollar mi defensa, eso me tiene molesto, le dije soltando lo que tenía por dentro. Y me dio otra lección de ética: «El abogado no trabaja para ganar un caso, ni para lucirse, sino para defender, para alegar a partir de la verdad, validez moral y jurídica todo aquello que pueda ayudar al acusado. Y lo mejor para tu defendido era la absolución porque el hecho no era antijurídico. No importa entonces si fue porque el Fiscal retiró la acusación». Se detuvo, me observó, se dio cuenta de mi avidez por aprender y del maremágnum de confusiones que encuentra un joven estudiante cuando se incorpora a la práctica y se enfrenta con la realidad y con aquellas «fieras» que son los actores de los juzgados. Y continuó hasta terminar su lección: «Debes saber que un juicio no se gana por un buen discurso, sino porque la verdad se abra paso, y porque ha sido bien preparado, se gana en el sumario, en las conclusiones provisionales, en el acto del juicio oral, no solo en el informe final».

Le di las gracias, estreché su mano, retuvo la mía en la suya brevemente y la soltó con suavidad, sentí que aquella mano enorme era amiga. Y, efectivamente, era así. Era el Presidente y, sin embargo amigo. Sí, con respeto y principios, ¡la ética lo permitía!

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sachiel dijo:

11

4 de marzo de 2017

16:52:38


Yo lo que espero es que algún dia sepa qué fue del grosero que le empujó a usted en el agro de 19 y B; ojalá presenciara algun juicio con semejante personaje como acusado.

LLM dijo:

12

6 de marzo de 2017

08:37:14


Excelente artículo. Nunca he tenido el placer de conocerlo Dr. ni de recibir sus enseñanzas directamente. Pero, cuánta sabiduría en sus lecciones. Desgraciadamente, hoy carecen de esa necesaria ética integrantes de todos los sectores que componen el abanico de "expertos en derecho" del país. No quiero generalizar para no heriri sensibilidades pero...Se han dado cuenta de la cantidad de personas que poseen hoy un título universitario en Derecho y no tienen la más mínima idea de lo que es serlo. Realmente estoy espantado. Ojalá, como sugiere uno de los comentaristas, sus lecciones sean parte de la carrera de derecho, digo sus lecciones morales y éticas de este mundo tan apasionante y a la vez contradictorio que es el Derecho.

David dijo:

13

6 de marzo de 2017

10:28:32


Profesor, excelente escrito, solo a mi juicio le faltó algo: mencionar el nombre y apellido de ese Presidente de la Audiencia. Hubiera sido una buena oportunidad reconocer públicamente a ese jurista y aún si ya esta persona no viviera al menos que su familia sintiera públicamente el premio de su virtud. Esas cosas hay que enaltecerlas sin fanfarreas y teques, sino asi como usted lo ha hecho. Le repito, solo creo que le falto el nombre. Muchas gracias

Adolfo dijo:

14

6 de marzo de 2017

10:52:42


Profesor Davalos, me he quedado esperando por algun comentario suyo sobre mi caso, Adolfo Gonzalez Perera, su alumno de Union de Reyes Matanzas, bueno disculpe es posible este buscando informacion.

Yoanny dijo:

15

6 de marzo de 2017

11:33:43


¡Cuánta enseñanza!. Su artículo debería ser objeto de análisis y reflexión por todos los operadores del Derecho. Recuerdo que hace unos años cuando concluyó la práctica de pruebas de un proceso del Tribunal Provincial (en el centro del país) que se había desarrollado en la Sede del Tribunal Municipal, algo avanzada ya la tarde, casi de noche, le comento a la jueza (la que había sido mi alumna en el cuarto año de su carrera) sobre si existía la posibilidad de que me adelantara hasta el pueblo donde yo vivía (quedaba capacidad en el vehículo y era obligatorio pasar por él para llegar a la cabecera provincial). Cuál fue mi sorpresa cuando me contestó que lo sentía, pero al yo ser abogado no podía ir en “su” medio de transporte. Le agradecí por atenderme y le ofrecí disculpas por la molestia que pude haber le causado. Responsabilicé a su juventud (solo dos años menor que yo) por su respuesta. En ese momento me vino a la mente otra jueza, de mucho más experiencia, en ejercicio actualmente y toda una institución en el derecho que cada vez que venía a mi municipio en funciones de trabajo hacía detener el auto y me “daba botella” y muchas veces regresaba con ellos. Con total apego ambos, y los demás jueces que iban en el vehículo, a los principios éticos de nuestra profesión, durante el trayecto nunca se conversó nada que hiciera influir en decisión alguna, cada cual sabía su rol y el respeto que desde nuestras profesiones nos debíamos. Estoy convencido de que LA ÉTICA LO PERMITÍA. ¡Gracias PROFESOR! por esas palabras, muestras de su grandeza, más allá de la profesión, perceptible por los juristas que hemos tenido la oportunidad de leer sus libros, escuchar una conferencia y otros que como yo, aún en silencio o como uno más, hemos sido privilegiados con estrechar su mano.