Cuando más apreciamos una mano amiga es si nos hallamos en medio de una situación traumática, que nos paraliza, ante la cual alguien desde una puerta cercana corre en son de ayuda.
Permítanme una anécdota. Mi padre se jubiló tras sufrir una hemiplejia que imaginó le impediría trabajar, aunque los ejercicios orientados por el médico le devolvieron la movilidad.
Pasados 21 años de aquel episodio, el mal le repitió y fueron los vecinos quienes detuvieron un vehículo que pasaba por el barrio para llevarlo al hospital. No resistió el segundo golpe.
Confieso que sentí emociones encontradas: por no haber estado en casa para auxiliarlo; sin embargo, al mismo tiempo experimenté un profundo agradecimiento hacia los conocidos que lo ayudaron. Nunca será suficiente el reconocimiento a ese gesto solidario en tan triste momento.
En mi barrio, como en muchos otros de nuestro país, el buchito de café suele viajar de una acera a la otra para compartirlo; se juega al dominó a la luz del farol de la esquina, corren los niños por la calle y abundan las discusiones de pelota, sin que la sangre llegue al río, porque los veteranos —igual que los jóvenes a quienes vi nacer— saben del respeto y sus límites.
En mi barrio, como puede acontecer en muchos otros de nuestro país, cualquier situación difícil, de las vividas hoy a diario, ejerce su influencia sobre el equilibrio en la convivencia humana. Una frase mal empleada en el instante equivocado, un gesto, aquella mirada desafiante, si no se frena a tiempo, desencadena pasiones. Aunque luego venga el arrepentimiento, esa reflexión a posteriori es preferible anteponerla para no partir la cuerda de la razón.
Una de esas situaciones complicadas que enfrentamos en la cotidianidad es la reducción del agua que recibimos en el hogar, debido a la sequía confabulada con los salideros (muchos de ellos reportados y no erradicados) causantes de malestar. Quienes han visto extenderse el ciclo del transparente líquido, no contemplan impávidos el desamor de otros si la despilfarran.
El tema del agua pone en primer plano la preocupación porque no se pierda en el barrio esa solidaridad entre vecinos característica de los cubanos. He visto a esos vecinos que cada mañana comparten una taza de café lanzarse frases hirientes, discutir, porque las actuales condiciones han convertido a los motores o “ladrones de agua” en parte de un paisaje donde cada quien trata de almacenar el líquido para solventar sus necesidades. Pero, aquel que “hala” con su motor reduce las posibilidades de otro para acceder al agua, cuando son algunas pocas horas las disponibles en aras de llenar los recipientes a mano. Hasta ahora —según la opinión de inspectores del acueducto consultados en visitas a las barriadas— a esta práctica de la población no le han hallado respuesta, cuando esos pequeños aparatos han proliferado por doquier, en beneficio de unos y en detrimento de otros.
Entonces, ¿la solución es discutir, enfrentarse? Vital es la comprensión del problema y tener una nítida conciencia de que todos tenemos derecho al agua; por lo que es preciso colaborar, compartir, ofrecerle al vecino la posibilidad de que él igualmente acceda al líquido. Es posible hacerlo. También he visto cómo a partir de soluciones locales, en una misma cuadra, los vecinos ponen a la disposición de otros sus recursos (motores) y así logran un paliativo a la situación mientras gana espacio la solidaridad.
El momento no es para rivalizar, sino colaborar. La vida y sus avatares nos enseñan en su día a día. Ella se ha encargado de valorar el viejo refrán: “más vale un vecino cercano que el pariente lejano”.




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la cienfueguera dijo:
1
6 de mayo de 2016
10:44:43
Daniar dijo:
2
6 de mayo de 2016
12:31:30
alfonso nacianceno dijo:
3
6 de mayo de 2016
18:01:35
anibal garcia dijo:
4
7 de mayo de 2016
08:13:43
ELP dijo:
5
7 de mayo de 2016
12:27:06
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